AUN CUANTO NARRE AQUÍ AL ORBE LE ESTORBE
Quien hoy hace el mal y, además, le parece normal que disfrutase un montón conforme lo ideaba y otro tanto mientras lo realiza, ¿pagará algún día su proceder? Depende de si hay testigo/s del hecho reprensible, más o menos digno de castigo, punible, que lo denuncie, y/o cámaras que hayan grabado, desde el orto hasta el ocaso, el atropello, desmán o fechoría llevada a cabo por un individuo, grupo o manada; y si de esos relatos y esas imágenes, argumentos incontrovertibles, tiene conocimiento un juez incorruptible y/o ecuánime (hembra, varón o no binario), pues vendrán a confirmar (o no), a ratificar (o rectificar, o matizar) lo declarado por el o los testigos presenciales. Si no los/as hay, puede que, salvo su conciencia (a la que su altiva presunción o ufanía suele doblarle el brazo mientras transcurre el primer asalto, intentona o tirada de pulso, en un santiamén), nadie más le afeará ni culpará de cuanto hoy ha coronado.
Quien hoy hace el bien a sus semejantes ¿será recompensado por la sociedad con un galardón (impecune o dinerario), una medalla o presea, una estatua en una glorieta, parque o paseo? ¿No es premio preferible, mejor, mayor, que le concedan al benefactor comunitario, si es insolvente, ora sea o se sienta ella, ora sea o se sienta él, una pensión vitalicia a que le erijan un monumento o una estatua (que lo deje frío, como una tal) de mármol o un busto de bronce? ¿Una efigie o una esfinge? ¿Para qué? ¿Para ser la superficie donde, como sabes, se acumulan las heces de las aves? ¿Para que se me caguen encima cien mil y una palomas y sus hijas/os y las/os hijas/os de sus hijas/os, por los siglos de los siglos, deshonrando y desluciendo mi bien peinada cabellera?
Ese viejo pensamiento cristiano que dice que la justicia humana siempre llega, unas veces antes y otras después, como así lo hace (o hará) la divina (que nadie adivinó nunca cuándo acaecerá, en el supuesto de que eso sea posible y alguna vez en el planeta Tierra un milagro de esas proporciones suceda), esa idea que nos contagiaron, inocularon o metieron en el caletre otrora quienes nos educaron, hemos podido comprobar, de manera fehaciente, un día sí y otro también, que es falsa, mendaz. Eso ocurrió, ocurre y ocurrirá mientras el mundo siga siendo inmundo, que aquí equivale, significa o vale lo mismo que si servidor hubiera escrito otro adjetivo calificativo, verbigracia, inicuo o injusto.
Aun cuanto narre aquí al orbe le estorbe, se continúa cantando y sigue contando que aparentes ser buena persona y que, aunque sea de manera oscura, sibilina, sigues haciendo el bien… con el único objeto o fin de aprovecharte de ello, de la coyuntura; ahora bien, el poder que hoy tienes, realmente, ¿lo mereces ostentar?
Si me preguntaran a mí, que fui testigo de los años cruciales, fundamentales, de tu formación, sujeto poderoso, hoy diría, de modo taxativo, que no. Hay quien, como tú, desempeña u ocupa un cargo, pero no lo ve como el atento y desocupado lector, sea ella o él, atisba ni como lo avista servidor, el abajo firmante de estos renglones torcidos, como un honor, privilegio y/o responsabilidad, sino como un tributo, un mero corolario de tu orgullo insatisfecho, inmoderado, acaparador, semejante al de un ogro glotón.
Me apuesto doble contra sencillo a que hay más de un sujeto al que le cuadra mi crítica hacia ti y, asimismo, itero la misma apuesta a que unos atribuyen mi censura a otros y otros a unos, y ninguno de los “hunos” ni nadie de los “hotros” la dirige hacia sí. ¿A que sí?
De ambulante abanico de secretos a de arcanos repleta caja fuerte.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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