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Me empezó a gustar Goya por mi abuela

Ángel Sáez García 30 Mar 2026 - 14:00 CET
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ME EMPEZÓ A GUSTAR GOYA POR MI ABUELA

¿PINTARÉ CON PALABRAS MIS IDEAS?

Puede que a mí me empezara a gustar Goya (me refiero, por supuesto, a don Francisco de Goya y Lucientes), me entrara por los ojos su trabajo como pintor, por una simple coincidencia fónica, porque ese era, precisamente, el hipocorístico con el que era conocida mi abuela paterna Gregoria, “Goya”. Luego, seguramente, se unieron más paralelismos a la suma, que vinieron a confirmar o ratificar mi predilección por su oficio como original artista con los pinceles, verbigracia, que nací en el mismo día y mes que él, el 30 de marzo, él de 1746 y yo de 1962.

Hoy, que me ha dado por trenzar unos cuantos renglones torcidos, rememorando algunas pinturas del magistral autor zaragozano (mi progenitora se refería a mí con idéntico alias, mote o perfil, “el Zaragozano”; y no le faltaba razón, por haber residido este menda más años allí, en la capital maña, que en mi Tudela natal y navarra, entonces, cuando sostenía dicho parecer), reconozco sin requilorios que lo mismo que hizo Goya con el reparto de los colores sobre el lienzo me gustaría hacer a mí aquí con la distribución o erogación de las palabras; ojalá no diera jamás un trazo que no fuera cabal, atinado. Aunque me enamoré del peculiar arte de don Francisco por “El dos de mayo de 1808 en Madrid” (o “La lucha de los mamelucos”) y “El tres de mayo de 1808 en Madrid” (o “Los fusilamientos en la montaña del Príncipe Pío”), luego fui valorando otras obras suyas, anteriores y posteriores, a las citadas.

No asistí a la misa de funeral de mi abuela Goya, porque la tarde de la víspera de su fallecimiento yo había marchado a Navarrete a pasar allí los doce días de asueto que duró el curso preparatorio o propedéutico, conocido por “cursillo”, para ver si nuestros educadores y evaluadores, los religiosos camilos, advertían en nosotros una vocación evidente o, en su defecto, algún indicio, llamémoslo llama o semilla, que les indicara que en el futuro acaso pudiéramos continuar estudios eclesiásticos. Fue mi difunto hermano José Javier quien me informó del luctuoso suceso, porque fue quien bajó a la estación de autobuses a darme la bienvenida al regreso. Durante el cursillo fui el único aspirante que no recibió una sola carta de mis padres, de riguroso luto. Desde aquellos días, tiendo a pensar que ese vacío, la falta de correspondencia epistolar, me hizo más fuerte, no solo desde el punto de vista físico, sino también del mental, y me preparó para lo que me esperaba, duro, muy duro, la pérdida de mi hermano mayor y mecenas, y luego un cúmulo de contratiempos concernientes a la salud; pero aquí sigo, con mis achaques y “peros”, haciendo cuanto me gusta, intentando pintar con palabras mis pensamientos y sentimientos.

Como no existe el eterno retorno, le añadamos el adjetivo nietzscheano u otro, no existen dos currículos o recorridos vitales idénticos; ahora bien, suelo ver en el de Goya y en el mío varias concomitancias. Sus pinitos o primeros trabajos fueron religiosos, como los míos; luego el desengaño nos llevó por similares derroteros, y ambos transitamos, arriba y abajo, los paseos del escepticismo y el ateísmo. Y así, puedo manifestar y/o escribir sin ambages que me identifico con la estampa 69, de los 82 grabados que forman la serie de “Los desastres de la guerra”, en la que se ve a un cadáver que sale de la tumba y acaba de escribir en la hoja izquierda de una libreta la palabra “Nada”. Eso es lo que para mí encierra la vertiente religiosa de la voz castellana “escatología”, nada.

Para mí fueron fundamentales los tres últimos años de la Educación General Básica, EGB, que estudié en el seminario menor, regentado por los religiosos camilos, donde sigo ubicando mi cielo o edén en el planeta azul, la Tierra. Amén de excelentes personas, fueron los citados clérigos competentes docentes. Nos enseñaron cuanto sabían, y lo hicieron, me consta, de buena fe, sin ser conscientes de que contribuyeron con algunas de sus lecciones a engañarnos, al pensar que, en cuanto nos instruían, cabía hallar una apoyatura real.

Pocos días antes de morir, mi madre me sorprendió al confesarme que había llegado a la conclusión de que esta vida era una gran mentira. La entendí, pues eso llevo pensando más de media vida, pero, qué contradicción, sí, esas mentiras son las que nos ayudan a tirar hacia adelante, para vivir, aunque, a veces, eso se quede o reduzca a sobrevivir.

Las geniales obras de Goya también son mentiras. Algunas nos dan verdadero miedo, aunque nos adviertan de cuanto nos aguarda; otras nos agradan y satisfacen más, y nos ayudan a seguir luchando, en la brecha. La religión es una mentira más. Según algunos estudios científicos recientes, concienzudos, decimos más de cien mentiras al día. Algunos no las decimos, pero las escribimos, pues muchos días no llegamos a cruzar ese centenar de palabras con nuestros congéneres.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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