¿ENSALZAR A UNA/O IMPLICA AFEAR A OTRA/O?
No necesariamente. Ahora bien, lo que sí he constatado, de manera fidedigna, es que elogiar es una tarea difícil, complicada; y, si lo es para duchos o peritos en dicha materia encomiástica, infiero, por lógica, que aún lo será más para noveles o pipiolos, porque, para salir ileso, indemne, sano y salvo de ese aprieto o brete, hay que hacer encaje de bolillos, labor de pasamanería, para que quien alaba no caiga en la trampa que suele llevar aparejada la loa de una persona, la censura de otra u otras.
Quien haya acudido a un tanatorio a dar el pésame a los familiares y amigos de un difunto (ora fuera o se sintiera ella, él o no binario) y haya prestado atención a cuanto se dice/oye del óbito dentro y fuera del mismo, no me motejará mendaz si sigue leyendo lo que continúa, que, en España, aunque luego uno se entere de que los restos mortales del finado, tras ser o no incinerados, no vayan a parar a un lugar bajo tierra, sino a un columbario o nicho, se entierra estupendamente, a las mil maravillas.
Como en nuestro país se acostumbra a decir que hombre (en genérico) precavido, prevenido o previsor vale por dos, hay escritores que tienen amigos, escriban regularmente o no, a los que les ven un día en la calle con una cara desencajada o mala, pálida o amarilla, y, nada más llegar a casa, salvo que hayan cazado al vuelo o pescado sin anzuelo una idea en su paseo, más o menos largo, sobre la que discurrir o disertar, se pone a escribir una elegía o elogioso obituario del presunto moribundo, por si acaso.
He comprobado, de modo fehaciente, que eso es así, porque, como dijo y dejó escrito el comediógrafo latino Publio Terencio Africano, en concreto, en su obra “Heautontimorumenos” (“El hombre que se castiga a sí mismo”), en boca de su personaje Cremes, “homo sum, humani nihil a me alienum puto”, es decir, “hombre soy; considero que nada de lo humano me es ajeno”. Y, por si no se ha entendido bien lo anterior, pondré un ejemplo clarificador, y lo referiré a la pata la llana, en plana, yo mismo he culminado ese menester más de una vez.
Ha quedado público, patente y notorio que cada quien que ha escrito en EL PAÍS los últimos días sobre Soledad Gallego-Díaz, Sol, la primera directora del diario de PRISA, con ocasión de la triste nueva de su muerte, lo ha hecho desde su perspectiva particular, prisma peculiar o punto de vista personal. Me parece bien que eso se haya hecho y aún mejor que se haya llevado a cabo con sincero agradecimiento, pues de bien nacido es ser agradecido, demostrarlo sin ambages, testimoniarlo sin requilorios.
Sin embargo, me ha brotado rememorar la pregunta que solía formular Federico Cuadrado, personaje literario salido del magín prolífico de Miguel de Unamuno, en “Abel Sánchez”, cada vez que escuchaba proferir la alabanza de alguien: “¿Contra quién va ese elogio?”. Porque, ciertamente, hay que ser dicaz y perspicaz a la hora de coronar dicho proceso, para que nadie resulte perjudicado por los posibles efectos colaterales, indeseados, del mismo.
Y es que la interrogación del ente unamuniano me ha nacido o surgido al terminar de leer, en la página 8 del suplemento IDEAS de EL PAÍS, del domingo 10 de mayo de 2026, la columna de un coñón de marca mayor, Íñigo Domínguez, titulada “Domingos sin Sol” (que juega con el rótulo que le puso a una de sus películas el director Fernando León de Aranoa, “Los lunes al sol”): “Para mí fue un orgullo compartir con ella las páginas de los domingos, ayudaba a pensar. Teníamos que habernos visto un domingo más, el otro día, en un acto de la fiesta del periódico, junto a Julio Núñez. Era para hablar de la investigación sobre los abusos de menores en la Iglesia, que fue idea suya y ella puso en marcha, también esto le debemos. Quiso asistir hasta el final, pero no pudo ser. Tuvimos que hacerlo sin ella, aunque aquello sin ella nunca lo habríamos hecho (que es frase que merece eviterno aplauso; ¡chapó!, Íñigo, de veras). Los domingos sin Sol ya no son lo mismo”.
Para no molestar a nadie (que no digo que Domínguez lo haga adrede, aposta, a sabiendas; a Inma Carretero, verbigracia, que ocupa el lugar de Sol, por la cercanía), yo hubiera optado por acabarla así: Pero, quién sabe, acaso sean, inesperadamente, mejores; aunque, como sentencia muy a propósito, en su columna dominical de la página 7 del suplemento citado arriba, “Guía práctica: disfrute de una vida sin futuro”, Nuria Labari (un lujo, cada domingo me gusta más lo que escribe y cómo escribe, el fondo y la forma, ojalá escuche, si lee esto, la ovación que ahora le tributo), “el sentimiento de que nos roban el tiempo es tan generalizado que todos los futuros imaginados son distopías porque, si el tiempo ha dejado de ser nuestro, entonces el futuro ya no nos pertenece”.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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