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Desconozco por qué los bebés ríen

Ángel Sáez García 27 Jun 2026 - 14:00 CET
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DESCONOZCO POR QUÉ LOS BEBÉS RÍEN;

PUEDE SER POR AQUELLO QUE BARRUNTAN;

ACASO POR LAS CÁBALAS QUE HACEMOS

Hay quien confunde literatura y vida y se queda tan campante, después de haber llevado a cabo dicha fusión o mestizaje. Más tarde, con el cóctel o popurrí resultante hace lo que le viene en gana, y luego, para remate, pasa lo que pasa, que quien tiene el cacumen o cerebro como una pasa o nuez, arrugado y deshidratado, cree que el acto de leer le da derecho a coronar desmanes o tropelías, culminar gestos indigestos, en definitiva, incurrir en un abanico abierto o abigarrada zarzuela de delitos.

Desconozco si al lector habitual de las urdiduras o “urdiblandas” que firma el abajo rubricante de estos renglones torcidos le consta, de manera fehaciente, lo que con seguridad he escrito antes; de lo que no me cabe la menor duda, pues estoy plenamente convencido de ello, es de que lo he proferido en numerosas ocasiones, que tengo un oído finísimo, no precisamente para identificar a quien es el dueño de la voz que desafina dentro de un profuso coro u orfeón, como eso hacía magníficamente mi admirado, finado y recordado religioso camilo Jesús Arteaga Romero, uno de los excelentes docentes y/o educadores que tuve en Navarrete (La Rioja), sino para reconocer sonidos que acarrean estruendo, hechos adrede, aposta.

Ayer, por la tarde, mientras estaba trenzando mi urdidura hodierna en la cocina de mi casa, que, aunque parezca un contrasentido o mentira, es el lugar más silencioso de la misma, siempre que no haya en el piso de arriba uno o dos sujetos, voluntarios o impuestos, con la diáfana intención de desbaratar el silencio a sabiendas, ora al alimón, ora por separado, antes de colocar el punto final al parágrafo que estaba escribiendo, empecé a escuchar un sonido extraño, por desconocido y original, que mi tímpano aún no había catalogado. Como la fuente alimentadora del mismo procedía del rellano, abrí la puerta y allí estaba el causante natural del mismo, un bebé, dentro de su canastillo, que sonreía y reía a gusto mirando el techo, hasta que mi cabeza se interpuso entre sus ojos y el susodicho, pero él no dejó de sonreír ni reír por ello.

¿Dónde estaba la madre? ¿Quién lo había dejado delante de la puerta de mi piso? Me hice un montón de preguntas más. Y, entonces, caí en la cuenta de que, recientemente, había publicado en mi bitácora de Periodista Digital, el blog de Otramotro, un texto en prosa, en el que contaba que había recibido una misiva de Raquel, una madre con la que tuve otrora un casual encuentro carnal, un affaire o apaño, hace la friolera de quince años, tres lustros, y resultó que yo era el padre de la criatura, Cristina. Seguí narrando que, a la progenitora, enferma terminal de un cáncer metastásico, le quedaba, como mucho, medio año de vida, y yo, tras hacernos los tres los preceptivos análisis de ADN, era al 99, 9 por ciento el padre de la nínfula o quinceañera.

Así que deduje o inferí lo oportuno; una de dos, o alguien me había querido tomar impunemente el pelo (cosa que había hecho Paula, mi estilista, hace pocos días; y, por ese motivo, todavía lo llevo corto), o deseaba encasquetarme otro churumbel, por haberme tomado el caso anterior, descrito someramente arriba, de una manera tan circunspecta o sensata.

Estaba claro, cristalino, que el lactante, que seguía sonriendo y riendo, acaso buscaba visiblemente mi complicidad, que mi rostro lo secundara, haciendo las veces de un espejo, que lo acompañara en esos menesteres, pero a mí, lo reconozco, darme de bruces con el neonato no me hizo ninguna gracia, aunque él, sensu stricto, no fuera el culpable de mi incipiente indignación, más que enfado.

La explicación se impuso paulatinamente. Todo acaeció en menos de tres minutos. La madre iba, además, con otra niña. Era mi nueva vecina y entró en el piso que había alquilado, el de al lado, y se fue directa al baño con su otro retoño (de dos años y medio), porque la nena se iba a mear encima; y, cuando su renuevo acabó de hacer el pis, salió a por el bebé sonriente y riente del capazo. Su progenitora no se había olvidado de él. He aquí, grosso modo, la exégesis correcta del suceso.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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