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Aunque repugne el medio, fue efectivo

Ángel Sáez García 02 Sep 2026 - 14:00 CET
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AUNQUE REPUGNE EL MEDIO, FUE EFECTIVO

QUÉ INGRATA FUE LA REINA CON LEMUEL

¿PEREZA DA TRENZAR TODOS LOS DÍAS?

¡Qué pereza iterar esa rutina, jornada tras jornada, sin descanso! Eso me comentó un excompañero de piso y facultad cuando le aduje que escribir a diario era mi costumbre, y que a ella no renunciaría nunca, mientras fuera la fuente que saciara mi de satisfacción carpanta y sed.

Un buen asunto de tribuna o pieza es el que percibimos de una vez (se haya cazado al vuelo o sin anzuelo pescado en río dulce o mar salada). Esa idea matriz alumbrará las demás, las que sean necesarias; y, a lo largo del texto, esparcirás, a fin de que demuestren lo que quieres que digan e interpreten tus lectores, aunque deduzcan ellos lo contrario.

El artista o escritor ha de esforzarse en descubrir cuánta beldad oculta el orbe tras sus varias “velablandas”, que capas otras/os llaman, veladuras.

Tu prosa ha de alcanzar del verso el ritmo. Tu empeño debe ser lograr la boda entre palabra y nota musical, que ese enlace culmine o se remate. De ahí tu recitado rutinario en voz alta, que atrae a los curiosos, extasiados viandantes que ovacionan, tras oír declamar tu último texto.

La caza o pesca puede suceder mientras lees un libro o dos artículos de EL PAÍS, el Periódico Global.

En la contraportada del diario de PRISA del sábado 29 de agosto de 2026, en la tribuna que firma Javier Rodríguez Marcos, titulada “Ganar el debate después de muerto” (anda, como le ocurrió, según narra la leyenda, al Cid Campeador en una batalla, y en un espectáculo del parque temático toledano Puy du fou, “El último cantar”, se cuenta y representa en varios escenarios ante una tribuna que gira sobre su propio eje), al que anteceden dos marbetes, Disputas colosales (en azul) y Jean-Paul Sartre contra Albert Camus, su séptimo párrafo (aunque recomiendo con encarecimiento que se lea entera, para sacarle todo el jugo o provecho) dice así:

“Para Sartre, el compromiso era con la causa comunista, sin fisuras, costase los sacrificios (ajenos) que costase (tengo la sensación refractaria de que lo propio acaece ahora, en la actual realidad española, con la causa socialista, donde algún cargo orgánico del PSOE amenaza a quienes osan discrepar de la opinión de la cúpula o dirigencia y defienden y sostienen su propio criterio, verbigracia, el vicepresidente de la Asamblea ceutí Melchor León, y el alcalde de León José Antonio Diez, que se han hecho merecedores de sendos dieces o matrículas de honor, entre leones o leoneses anda el juego; evidentemente, cuanto aparece trenzado entre los signos de apertura y cierre de este paréntesis no es de Rodríguez, sino que pertenece a servidor). Todo anticomunista (aquí, todo disidente; ídem) era ‘un perro’, llegará a decir. Para Camus, con la causa de la verdad y del respeto a la vida, estuvieran en el bando que estuviera(n). A Sartre no le gustaba, por supuesto, el Gulag, pero lo colocaba en la balanza con la pena de muerte en Estados Unidos. Además, justificaba así la violencia contra las ‘opresivas’ democracias occidentales: el descontento debía a veces ‘transformarse en huelga, la huelga en reyerta y la reyerta en asesinato’. Para Camus, el fin nunca justifica los medios y ni una sola vida debe sacrificarse en el altar de la Historia. Ni víctimas ni verdugos: ‘Rusia es hoy una tierra de esclavos rodeada de torres de vigilancia. Que ese régimen concentracionario sea adorado como instrumento de liberación y como una escuela de felicidad futura es lo que combatiré hasta el fin’”.

En la tribuna libre que fue rotulada de esta guisa, “Swift: Trescientos años molestando”, que apareció publicada en la página 15 del suplemento Babelia de dicho número, el 17.923, que firma su autor, Daniel Gascón, se lee que “en uno de los numerosos episodios escatológicos del libro, Gulliver apaga un incendio en palacio orinando sobre el fuego: salva a la reina, pero ella no le perdona el procedimiento”.

Tal vez el fin jamás justifique los medios, pero, en este caso concreto, ficticio, que lleva las cosas hasta el límite o precipicio, no hallando más a mano un medio o remedio alternativo para solventar el problema, por seguir por la misma senda que transitó Swift, es decir, tratando de molestar más que de divertir, ¿la lluvia amarilla no sofocó el incendio de palacio y salvó a la reina de una muerte segura?

Sé, a ciencia cierta, por qué la proverbial frase del sistema raciovitalista de José Ortega y Gasset, “yo soy yo y mi circunstancia; y si no la salvo a ella no me salvo yo”, sigue bullendo en mi cacumen.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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