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Estupenda herramienta educativa

Ángel Sáez García 22 Oct 2026 - 14:00 CET
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ESTUPENDA HERRAMIENTA EDUCATIVA

CONSIDERO, SIN DUDA, EL DICCIONARIO

A fin de que mis alumnas/os se aficionaran a manejar con frecuencia y soltura el diccionario, el que fuera, por ser una estupenda herramienta educativa, hace tres décadas, cuando este menda ejercía de decente docente en potencia (que, para que las/os suspicaces no le saquen más punta de la necesaria a lo que acaba de urdir servidor, jamás de los jamases pretendió serlo indecente en acto), reservaba los quince últimos minutos de la clase de los viernes para leerles tres o cuatro definiciones con el objeto de que ellas/os se esforzaran (y es que este menda, desde que empezó a fungir de profesor, siempre estuvo completamente convencido de que el DES, acrónimo y terno de dedicación, esfuerzo y sacrificio, es la base y el fundamento de cualquier éxito, salvo el logrado por chiripa, claro) en averiguar a qué vocablos correspondían.

De la susodicha argucia, práctica o treta didáctica, que no carecía de vertiente lúdica, el ideador fue el abajo firmante de estos renglones torcidos; y reconoce que la pergeñó y proyectó intentando desentrañar qué le había beneficiado y servido a él como discente (por si eso era aplicable y aprovechable también por sus alumnas/os), en su estancia en el seminario menor de Navarrete (La Rioja), durante los tres cursos académicos que estudió allí, aleccionado y desasnado, si no del todo, casi, gracias al tenaz empeño que pusieron y al concienzudo trabajo que realizaron y culminaron los religiosos camilos, espléndidas personas y exquisitos educadores, de Sexto a Octavo de la extinta Educación General Básica, EGB.

Si hoy discurro o diserto sobre ello, es por esta mera serendipia. Ayer, por la tarde, mientras me hallaba moviendo cajas que contenían material didascálico, mientras coronaba la tarea de quitar de un sitio y poner en otro lugar recipientes de cartón, buscando otra cosa, dentro de una caja de transparente plástico duro, que antaño llamaba este fulano naveta, por tener la forma de ese monumento megalítico balear, encontré las fichas con las definiciones que les leía los viernes a mis discentes para tratar de inculcarles el utile dulci horaciano, y, asimismo, para que comprobaran cuánta satisfacción personal producía consultar, por el poso prolífico que dejaban, los volúmenes de una enciclopedia y los diccionarios. A mí, en Navarrete, mis compañeros me pusieron el mote de “el Espasa”, por las veces que pasaba mi vista por las páginas de algunos de los pesados, numerosos y gruesos mamotretos de la Enciclopedia Espasa-Calpe, tochos que estaban colocados ordenadamente, exhibiendo sus respectivos lomos, en una estantería de metal que estaba situada al fondo de la sala de profesores del colegio.

Ahora, tras culminar el tercer parágrafo de este texto, me ha dado por leer cuanto había escrito, y he de admitir, sin ambages, lo que he advertido, que acaso haya pecado en el primer párrafo de más que un ápice o pizca de arrogancia; puede que mi juego fuera más que un simple renuevo o retoño de las charadas que ideaba un perito en ellas, el religioso azquetano Pedro María Piérola García, que las escribía con cierta regularidad, y aparecía una, original, con cada nuevo número de la revistilla que editábamos allí, que unos llamaban “Navarrete”, sic, como la localidad riojana donde estaba ubicado el inolvidable colegio, y otros usábamos el diminutivo, “Navarretillo”, para no fardar o darnos pisto, y que algunos postulantes ayudábamos a componer con nuestras colaboraciones y trabajo manual.

La primera, de las más de 750 fichas que confeccioné otrora, recogía la siguiente definición. La reproduzco tal cual, para que algún alumno de Esther, exalumna mía, se atreva a pesquisar a qué dicción corresponde: “Pieza cilíndrica de metal cuya superficie tiene un resalte en espiral; uno de sus extremos suele terminar en una cabeza con ranura, y el otro en punta”. ¡Eureka! Así es, esa descripción denota la voz “tornillo”.

Ayer, tras remedar a fray Ejemplo, o sea, tras poner un ejemplo clarificador, que evidenciara y explicitara la tesis mantenida y reforzada previamente por este menda, pensé que la urdidura la había terminado y la firmé. No intuí que hoy, tras levantarme de la cama, la continuaría. Me he visto en la obligación de hacerlo porque he soñado con un tornillo que aparecía solo, señero, dentro de una urna de cristal. Y, a renglón seguido, con un beso de tornillo que me daba una desconocida.

He acudido a la nutrida y variopinta recopilación que llevo haciendo, desde ni se sabe, de los sueños que he tenido y sus posibles exégesis. Y esto es lo que he colegido o inferido de ambos, lo que he sacado en claro. Del primero, del tornillo único, enjaulado, la explicación está chupada; quiere decir, grosso modo, que servidor había extraviado o perdido un tornillo, si pensaba que el texto estaba finiquitado. Y del segundo, del beso de tornillo, que me ha resultado desagradable, que tenga sumo cuidado con una fémina que no conozca de nada, porque puede ser la parca, y el beso que ella me dé con su lengua, que meneará a modo de un ventilador, acaso sea el último.

Y ahora sí que cabe colocar el finis coronat opus, porque el fin corona la obra.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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