Fermín Bocos – No es país para viejos.


MADRID, 12 (OTR/PRESS)

A juzgar por lo que se ha dicho y escrito desde que trascendió que Alberto Oliart será el nuevo presidente de RTVE, su único defecto es la edad: ha cumplido ochenta años. Vamos, que es un viejo. Como si la experiencia, el temple y la cordura que le caracterizan no fueran valores a tener en cuente en un mundo -el de la radio y la televisión- en el que acampa la histeria. En una sociedad paidocratica como la española en la que la televisión tanto ha contribuido a entronizar el culto a la imagen por encima del ser, las críticas con las que ha sido recibido Oliart son de una puerilidad que tumba de espaldas.

Que un ciudadano honrado, culto y equilibrado esté dispuesto a sacrificar su tranquilidad personal para intentar organizar una televisión más serena, menos entregada a las banalidades, cuando no directamente al más degradante de los chafardeos sociales, me parece encomiable. La RTVE que recibirá Oliart es una corporación que en los últimos años ha tenido que completar sus ingresos publicitarios con fuertes ayudas estatales. A partir de ahora, tras renunciar a la publicidad, dependerá exclusivamente de la financiación publica. Hay quien ve esta novedad como un drama.

Otros pensamos que es la gran oportunidad para que RTVE intente hacer de verdad una radio y una televisión capaces de informar, formar y entretener. Al servicio de la sociedad y con programas capaces de transmitir los valores esenciales que mejoran la convivencia en las sociedades democráticas. Con nuevos programas y nuevos formatos ajenos a la telebasura y con informativos alejados de la tentación partidista. Una programación sin publicidad, capaz de conseguir el respaldo de las audiencias tanto en la televisión como en la radio. Una programación atenta al interés del público pero no sometida a la histeria del «share».

Si Oliart puede formar un equipo de profesionales dispuestos a demostrar que la radio y la televisión públicas encuentran su razón de ser precisamente como contrapunto del circo en el que ha devenido la industria del entretenimiento, rendirá un gran servicio al país. Un país en el que, por cierto, aunque la moda y la bulimia consumista haya acuñado la idea de que España ya no es un país para viejos, resulta que más de un tercio de la población que ve la televisión y escucha la radio pasa de los sesenta y camina con paso firme y muchas ganas de vivir hacia el areopago en el que ya se encuentra Alberto Oliart. Atenas fue grande cuando sus ciudadanos respetaban y escuchaban a sus mayores.

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