Luis Del Val – Presidente del Supremo, incompetente.


MADRID, 25 (OTR/PRESS)

El profesor Laurence J. Peter comenzó a ejercer como maestro en el lejano año de 1941, y llegó a catedrático de Ciencias de la Educación, en la Universidad de California, en 1963. Tuvo el mal gusto de morirse a los setenta años, pero antes de esa desagradable acción, seguramente involuntaria, nos dejó un libro que fue muy popular en todo el mundo, en el decenio de los setenta, y que se titulaba «Los principios de Peter». El libro se escribió a raíz de que el profesor fue trasladado a una universidad diferente, comunicó el traslado, pero durante ¡cinco años! le siguieron llegando las cartas a la antigua dirección. Cuando, tras un lustro, logró convencer a todos sus remitentes del error, volvió a cambiarse de Universidad, y le sucedió lo mismo: la correspondencia llegaba a la Universidad que ya había abandonado. Mosqueado por el hecho, comenzó a investigar por qué, en una sociedad aparentemente eficaz, suceden con asiduidad estos errores, y de ello se produjo el libro, basado en el descubrimiento de la «jerarquiología», y cuyo principio básico reza así: «Toda persona que realiza bien su trabajo es promocionada a puestos de mayor responsabilidad hasta que alcanza su nivel de incompetencia».

Ayer, descubrimos, de manera inopinada, que el presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial, Excelentísimo señor don Gonzalo Moliner Tamborero, ha alcanzado su nivel de incompetencia, y ha demostrado su falta de aptitudes diciendo que los denominados «escraches», ese ejercicio de matonismo domiciliario y extorsión emocional, es una consecuencia de la libertad de manifestación. Una afirmación tan peligrosa como si yo, en aras de mi libertad de expresión, dijera que el presidente del Tribunal Supremo es un tonto contemporáneo, un mentecato, un imbécil y un estúpido, cosa que no pienso afirmar, porque tengo algo de sentido común, cuatro procesos en la Dictadura, y conozco la diferencia que existe entre la opinión y la injuria. El problema es que un escribidor modesto conozca los límites y el Excelentísimo señor don Gonzalo Moliner Tamborero ignore que la presión, el acoso y la coacción son una forma de violencia recogida en el Código Penal, que debería recordar y que, por las pruebas de sus insensatas declaraciones, parece que ha olvidado.

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