El sueño idílico de un zurdo es el de un mundo en el que no hubiera personas diestras. El zurdo desea el mundo a su imagen y semejanza, es decir, desea un mundo zurdo. Al zurdo le molesta mucho que intenten convencerlo de que su proyectado mundo zurdo es un mundo utópico, un mundo que ni siquiera sobre el papel tiene visos de mundo justo, de mundo lógico. Al zurdo lo importunan mucho esos señores ceñudos con toga, esos señores diestros que intentan imponer un criterio de justicia severa. El zurdo no quiere oír hablar de que el mundo es un lugar complejo, caprichoso y caótico, y que no se resuelve únicamente con ideologías zurdas.
Un zurdo con poder ilimitado es esencialmente una persona despótica, una persona sectaria, un tirano, y los ejemplos históricos son abrumadores, pero al zurdo lo incomoda mucho escuchar estas cosas, como lo incomoda que las personas diestras con toga traten de cambiarle el paso. Los amigos importantes del zurdo visitan a señoritas que ejercen la prostitución con un dinero que no es suyo, que es del pueblo. A esas señoritas el zurdo quisiera protegerlas, pero después de que sus amigos sureños se diviertan con ellas, antes no. A esos amigos del zurdo hay que eximirlos hoy de toda culpa, hay que inmacular su dignidad.
Existen problemas que preocupan a la gente más allá de las ideologías. El acusado riesgo de pobreza infantil, por ejemplo, pero el zurdo considera que es un invento de los diestros. Al zurdo le preocupan otras cosas, al zurdo le preocupa mucho, por ejemplo, proteger los derechos de una minoría, de una minoría dictatorial, de una minoría intolerante y ruidosa, no binaria. Esas son las cosas que preocupan al zurdo, son las cosas zurdas que tanto le gustan, como despreciar el principio mayoritario de una democracia. Al zurdo hay conceptos que lo hacen muy feliz: la expropiación, la okupación, la distribución de la riqueza ajena… El esperpéntico lenguaje inclusivo es utilizado por el zurdo como un arma valiosa para obtener votos. Ha convencido a gran parte de la sociedad de que a través de un lenguaje diestro y machista las mujeres viven sometidas, y ha prometido a las mujeres, con la ayuda de un lenguaje pueril e improvisado, rescatarlas del abismo, del infierno diestro. Ha prometido a las mujeres una vida mejor, les ha prometido ser hombres.
El zurdo odia a los empresarios porque los empresarios son diestros, porque los empresarios generan riqueza y empleo y viven en grandes casas diestras. El zurdo nada quiere saber de empresarios, solo quiere saber de su riqueza y de sus grandes casas diestras. Pero sin empresarios no hay riqueza, ni empleo, y el zurdo patalea porque su propia incoherencia lo irrita. Al zurdo no le gusta que la prensa hable de sus zurdeces, ni de su zurda. Lo considera una maldad injusta, una afrenta diestra, una agresión binaria. No le gusta que la prensa llame robo al robo, o delito al delito, o injerencia a la injerencia, o autócrata al autócrata, y señala a los periodistas diestros, y los amenaza, y medita, reunido en su gruta zurda con sus amigos zurdos, cómo silenciar estos ataques tan molestos.
El zurdo, convencido de su grandeza, de su enorme y futuro legado histórico, se va a la cama después de recibir un beso tierno y zurdo en la frente, y duerme, cada noche, el dulce sueño de los zurdos.
