En un pueblo perdido en la costa irlandesa donde nunca pasaba nada llegó una noche a la taberna, el único lugar de reunión del pueblo, un joven forastero que despues de entablar conversación con los allí presentes y, sin tiempo para emborracharse, ante la sorpresa de los clientes, confesó haber matado a su padre y ser un huído de la justicia.
Tras la conmoción inicial, aquellos lugareños deseosos de historias y sucesos nuevos quedaron cautivados por la confesión de aquel convicto que, a medida que iba precisando los hechos con todo lujo de detalles, comenzó a contar con la complicidad de unos vecinos que no escuchaban narraciones y novedades desde hacía mucho tiempo y que, desde aquella noche, le ofrecieron su comprensión y protección, incluso acogida en sus hogares.
A pesar de aquellos inquietantes antecedentes aquel forastero se integró perfectamente en la vida del pueblo donde se quedó temporalmente, hasta que, pasado un tiempo, una noche apareció en la taberna un hombre mayor que, despues de revelar su procedencia, e intercambiar unas rondas con los presentes, preguntó si había posada. Sorprendido enormemente ante la noticia de la presencia en el pueblo de un supuesto convicto al que parecía conocer, finalmente confesó, ante la estupefacción de los parroquianos, ser el padre, supuestamente muerto, de aquel hombre.
Tras la perplejidad inicial de todos, se sucedieron los gestos de incredulidad, rumores y comentarios de los lugareños sin soltar sus jarras de cerveza. Una hora después de aquel reconocimiento de paternidad, en medio del intercambio de pareceres y peleas que aquella confesión había producido, apareció por la puerta de la taberna el supuesto convicto, que durante unos segundos no se percató de la presencia de su padre. Hasta que se dió cuenta. En ese momento, tras un silencio sepulcral inicial seguido de reproches y vanos intentos de explicaciones por parte del forastero ante los lugareños con la intención de salvar su vergüenza o su mentira, ante el asombro impávido de los vecinos, el joven se dirigió al cuarto contiguo de los aperos de labranza donde agarró un hacha que sostuvo con fuerza como poseso, volvió al bar con el rostro congestionado, y ante la conmoción pasmada de todos los lugareños, asestó varios machetazos a su padre hasta matarlo.
A partir de aquel dia la consideración del pueblo cambió por completo. Una cosa era el relato del convicto y otra muy diferente, contemplar la muerte de aquel hombre en directo ante sus propios ojos.
Como en «El farsante más grande del mundo», la obra del dramaturgo irlandés John M.Singe, los españoles se han tragado las mentiras y bravatas de taberna de un gobernante convicto, obsceno y perverso que en su huida hacia delante ante sus procedimientos familiares, apoyado en un fiscal general del Estado de sonrisa pintada y la sumisión de serviles mascotas, no ha dado más que hachazos a la ley y la libertad única y exclusivamente para comprar el poder y aumentar los impuestos en un país donde está imputada la parentela entera del presidente del gobierno.
Pero sólo cuando llegue la desesperación económica y habitacional de un país que vive abúlico en la mentira y cuyo gobierno, más tonto que Abundio, vende la moto para comprar gasolina, y más traidor que Judas, vende la nación para comprar su poder, acuciados por la inflación, la falta de vivienda, los escándalos y el hedor insoportable de la justicia, este país responsable y cómplice de silbar y esconder a prófugos de la justicia como los lugareños de esta historia. Sólo entonces reparará por fin en los peligros de ser gobernados por «el farsante más grande del mundo», un hombre capaz de todo con tal de acomodar la realidad a su relato.
Victor Entrialgo
