CUANDO los informativos del tiempo (en puridad del clima, que el tiempo es la dimensión que nos mata en su rutina de silencio) duraban tres minutos y no quince, esta trascendente masa de aire siberiano no era más que un episodio de lo que conocíamos simplemente como invierno.
El duro invierno de las mesetas, las sierras y los Pirineos, el del gélido viento aragonés y la escarcha de los olivares andaluces; el invierno friolento de la España de los sabañones.
Sucede que igual que existe la política-espectáculo, el debate-espectáculo y hasta la ciencia-espectáculo, ha llegado a la posmodernidad la meteorología-espectáculo, capaz de convertir la simple fenomenología cotidiana en una narcisista exhibición de hipérbole narrativa. Sin perspectiva, sin contextos, sin análisis: el asombroso prodigio del frío invernal y del caluroso estío.
Este relato sensacionalista y novelero que descubre en cada amanecer -y lo divulga en las redes- el acontecimiento de un mundo recién inventado cuenta con el interés cómplice de unas autoridades acostumbradas al alarmismo preventivo para escapar de las responsabilidades que suele descargar sobre ellas la generalizada cultura de la queja.
También de una sociedad que quiere ser segura, indolora y climatizada; sin riesgo, sin sufrimiento, sin frío ni calor. Pero el periodismo tiene la obligación de ir más allá de las obvias evidencias para interpretar los hechos dentro de un proceso lógico de datos y secuencias históricas.
Lo evidente es que estos días hace en España mucho frío. Lo importante es que esas olas son cada vez menos frecuentes y más cortas.
Hace sólo quince días, los habitantes de muchas localidades españolas recibieron a las Cabalgatas de Reyes a más de veinte grados y en manga corta. Ésa es la cuestión sobre la que debería centrarse un cierto debate social y periodístico: la del encogimiento de las estaciones, la de las floraciones de otoño, la de la reducción pluviométrica, la de los diciembres primaverales.
La de la tropicalización progresiva que el pensamiento urbanita llama con complaciente inconsciencia «buen tiempo» porque permite a la gente salir de paseo mientras los campos se agostan y las cosechas se desacompasan de sus ciclos naturales.
La del cambio climático, sí. La que ha hecho oficialmente de 2016 el año más cálido desde que existen registros fiables de mediciones térmicas.
Pero quién quiere leer tablas estadísticas cuando puede subir a internet una foto de su pueblo con nieve y verla reproducida a gran formato en la tele.
La sociedad de lo subjetivo vive al día, colgada de su momentánea autocontemplación, reflejada en el espejo sin azogue de la trivialidad mediática, desinteresada del sentido de la historicidad o de la memoria comprensiva.
A quién le van a interesar las reflexiones de fondo o de alcance mientras pueda transformar en espectáculo el panorama que tiene delante.
