Soraya Sáenz de Santamaría debe de estar impresionada con el revuelo que ha levantado su nombramiento como vicepresidenta de la Comisión Delegada de Asuntos Económicos.
A la número dos del Gobierno le sorprendió -me consta- el inesperado impacto de una simple formalidad que venía a solventar vía BOE un error de redacción anterior.
Hasta la fecha, Sáenz de Santamaría era miembro de facto de dicho sanedrín como ministra portavoz, pero faltaba incluir su condición de vicepresidenta.
Es más, y como es lógico, ya se ha venido encargando de dirigir, en ausencia de Mariano Rajoy, el despacho que reúne los jueves al núcleo económico del Gabinete.
Es decir, a Cristóbal Montoro, Luis de Guindos, Ana Pastor, Fátima Báñez, José Manuel Soria, Miguel Arias Cañete y Álvaro Nadal. Y por añadidura, la participación de José Manuel García-Margallo cuando así es requerida.
Tanto bullicio ante la visualización de la realidad del estatus de Soraya Sáenz de Santamaría ha resultado, cuanto menos, llamativo.
Como hubiese escrito en su día Luis María Anson, las centralitas de La Moncloa se han colapsado y no se ha hablado de otra cosa en el seno del Gobierno y del PP en la última semana.
Hasta el mismísimo Mariano Rajoy se ha hecho eco del griterío informativo ante sus compañeros de partido. Ni el show íntimo, estilo Sálvame, que tiene montado José Ignacio Wert en la calle de Alcalá ha sido capaz de eclipsarlo.
En fin, más de un ministro pensará que mientras los periodistas roemos este hueso dejamos de morder en otras cuestiones que realmente sí les consumen.
Ciertamente, los análisis internos se han convertido en manufactura de especulaciones. Todas ellas en clave de poder. De entrada, los ministros con más ambiciones se han sentido «rancho aparte» en los planes de futuro del presidente del Gobierno.
Y es que Guindos, Montoro e incluso García-Margallo habrían entendido el reforzado protagonismo de Sáenz de Santamaría como un muro de contención, a modo de aviso marianista, a sus opciones de ocupar una hipotética vicepresidencia económica.
La lucha telúrica entre Luis de Guindos y Cristóbal Montoro, tan desmentida como palpable, continuará. Sin duda. Pese a que el pulso sea como el juego de las tres en raya: sin vencedor ni vencido y que desgasta por igual a ambos contendientes.
El ministro de Economía, según insisten en su entorno, anda algo «frustrado» estos días y se muestra especialmente «escéptico» sobre su porvenir en la política.
Y el titular de Hacienda ha tenido que salir a desmentir otra vez su presunta intención de jubilarse al final de la presente legislatura.
A estas asiduidades hay que sumar la renovada rumorología sobre una remodelación del Ejecutivo. Las perspectivas de mejora de la economía generan por sí mismas -en la medida en que se confirmen- habladurías sobre ministros que salen y entran.
La bajada del paro en casi 100.000 personas en mayo y la subida de cotizantes a la Seguridad Social, aunque no son motivo suficiente para lanzar las campanas al vuelo, han servido al Gobierno para presentar las cifras como resultado de su propia acción, lo cual le ha permitido pasar de estar a la defensiva a sembrar, al menos, cierta esperanza.
Lo ha hecho Rajoy en público, pero también por debajo de la faldilla de la mesa el responsable de la Oficina Económica de La Moncloa, Álvaro Nadal, en discretos encuentros con periodistas que están dando buenos resultados.
El cambio de ciclo, se dice, conllevaría mudanzas ministeriales para concentrarse en la recuperación económica sin el lastre de ministros achicharrados por la crisis.
En este sentido, la consolidación de los galones de Sáenz de Santamaría reabre en el imaginario popular el morbo de un pistoletazo de salida hacia cambios gubernamentales.
Tal percepción se extiende como una mancha de aceite entre las filas del PP, sobre todo entre quienes más desean creerse que Rajoy querrá afrontar la nueva etapa con otro equipo.
Sólo faltaría ponerle fecha, privilegio que corresponde en exclusiva al presidente.
Ajena a dimes y diretes, cuentan fuentes cercanas a Soraya Sáenz de Santamaría, la vicepresidenta se dedica «todas las horas y muchas más» a mantener en marcha la maquinaria del Gobierno: «Es de hierro», señalan desde Presidencia.
Además de ser una mujer de su tiempo, joven madre, preparada, rigurosa, responsable y que sabe la importancia que tiene en la política comunicar bien.


