Habrá muchos, al menos casi una generación entera, que no sepan quién era Robert Duvall. Tampoco faltarán los que piensen “¿este hombre aún estaba vivo?”, sin falta de fundamento, dada la avanzada edad que tenía. Pero el caso es que, para todos ellos y también para los que lo hemos visto en un sinfín de películas y se nos ha torcido el gesto cuando nos hemos enterado de la noticia, hay que hacerse eco del fallecimiento, en la madrugada del 15 de febrero, de este nombre imprescindible para el cine y atemporal.
A los 95 años, Duvall ha dejado una impresionante trayectoria de actuaciones memorables de esas que aportan vida a una historia, de esas que desde una generosa segunda fila de reparto cobran el protagonismo que te le da la inclemente cámara a la persona de la que se enamora. Porque se trataba de un enorme actor, sencillo, discreto, entregado a su profesión, a la que amaba sin condiciones.
“Ayer nos despedimos de mi amado esposo, querido amigo y uno de los mejores actores de nuestro tiempo”, escribió Luciana Duvall, su esposa, en redes sociales
Su sombra es muy alargada, con tanta longevidad, seis décadas de profesión, y talento al servicio de la causa, y la lista de trabajos es casi interminable, pero sirva a modo de recuerdo decir que fue el actor de títulos como Matar a un ruiseñor, Días de trueno, Un día de furia, Apocalypse Now (el teniente Kilgore que amaba el olor del napalm por las mañanas), Sleepers, El juez, The paper: detrás de la noticia, o su eterno consigliere en las dos primeras entregas de la saga de El Padrino (en la tercera no intervino por diferencias contractuales, y se nota la ausencia de su personaje).
De hasta 7 nominaciones al Oscar, lo ganó al Mejor Intérprete en 1984 con Gracias y favores, un western, el género en el que mejor se desenvolvió, se me viene a la cabeza la impecable Open Range, dirigida por Kevin Kostner. También ganó el premio BAFTA, un Premio Emmy y cuatro premios Globo de Oro, además de otros importantes galardones.
Curiosidad: compartió piso con Gene Hackman y Dustin Hoffman, menudo trío…
La “marca patentada” del trabajo de Duvall fue la economía expresiva y construir sus personajes desde el interior, sin estridencias y con una presencia que llenaba la pantalla. Críticos y colegas lo describieron como un actor capaz de desaparecer tras sus papeles, aportando verosimilitud y una intensidad contenida que convertía cada interpretación en una lección de oficio de la vieja escuela casi de artesano.
Ejemplo de esa contención y naturalidad fue el enfoque del personaje de Tom Hagen, uno de los pilares de la familia, hijo adoptivo de Vito Corleone y contrapunto del temperamento de Sonny para equilibrar la balanza.
Se trataba de un gigante de la interpretación, de esos que igualmente realizaban un estelar papel protagonista que un certero secundario que diese enorme lustre al resultado final de cualquier producción. Tal y como suele decirse, no sin razón, de los que hay pocos y cada vez quedan menos.