La ciudad de Lugo no optará a ser sede de la eliminatoria de la Copa Davis entre España y Austria. Esta tragedia lúdico-deportiva ha herido la sensibilidad de algunos lucenses, que se rasgaban sus vestiduras en múltiples comentarios digitales: esos nuevos muros virtuales de las lamentaciones.
Por lo visto la ciudad está desolada, los responsables provinciales y municipales deprimidos y el periódico El Progreso, uno de los pocos medios gallegos sostenido y sostenible, lo suficientemente abatido como para titular a toda plana en su sección de deportes: «Una ilusión hecha añicos».
Con todos los respetos a todos los afectados: ciudadanos, autoridades políticas, responsables deportivos y medios de comunicación, nunca como en esta ocasión ha sido más oportuna la socorrida frase no hay mal que por bien no venga.
Puede ser comprensible que al alcalde socialista Xosé López Orozco, a su socio nacionalista de coalición Xosé Antón Bao, al presidente de la Diputación Gómez Besteiro, les hiciese mucha ilusión una foto junto a Rafa Nadal, que por lo visto podría jugar esta ronda.
Pero, hombre: no a esos precios. No soltando por adelantado medio millón de euros del ala (entre el canon que exige la Federación Española y el presupuesto para acondicionar una pista para sólo una semana), apelando a unos oráculos de Delfos que profetizaban el diluvió de un maná de euros sobre la ciudad.
En la última sede de la Davis, la hermosa ciudad de Oviedo, no queda ni rastro del milagro que produjo el evento en la restauración, en los comercios y en el inmediato porvenir de los ovetenses.
Ese viejo reclamo que utilizan los «pescadores», ante el que suelen picar ciudadanos y medios de comunicación locales, era una maniobra de picaresca en tiempos de vacas gordas, pero es una estafa, por lo menos moral, en estos tiempos de vacas flacas y cifras tercermundistas de desempleo.
Es una lástima que la disculpa hayan sido problemas técnicos, complicaciones con el parqué del Palacio de Deportes o trastornos para equipos de la ciudad que utilizan esas instalaciones.
Habría sido un consuelo para muchos gallegos, para muchos españoles, que las autoridades políticas de la provincia y de la ciudad, con la complicidad de los medios de comunicación, se hubiesen presentado ante la opinión pública exclamando: «no traemos la Copa Davis a la ciudad por sentido de la responsabilidad, por respeto a los desempleados, por acatamiento a las nuevas reglas de juego presupuestario. En una palabra: porque se nos caería, después, la cara de vergüenza»
Este país, España, sus comunidades autónomas, sus municipios, es que no tiene remedio. Todavía no ha caído de la burra. Aún convierte en una tragedia política, mediática y social, lo que debería ser una gran noticia: Lugo no ha caído en la tentación de optar a ser sede de la Copa Davis.

