Oh, la nube. Para muchos de nosotros, es la solución ideal para nuestros dispositivos. El concepto de almacenamiento físico va perdiendo fuerza poco a poco, siendo sustituido por el guardado etéreo de nuestros archivos; allá, lejos, en algún lugar que desconocemos pero que, en el momento en que lo queramos, podemos acceder a él. Quizá por eso la nube es la alegoría ideal: en nuestra mente, los documentos están suspendidos en algún sitio remoto.
La realidad es que guardar algo en la nube implica solamente tenerlo en otra parte; probablemente, un servidor remoto dentro de un gran centro de datos. Para nosotros, es de lo más práctico: nos olvidamos de cargar con soportes físicos, con almacenar en el ordenador o con tener innumerables memorias USB. Sólo requerimos de una conexión a Internet y listo, la fantasía se vuelve realidad: los archivos son omnipresentes siempre y cuando podamos colgarnos a la web.
Pero, del lado oscuro -ese que a veces nos negamos a ver por no sacrificar la comodidad-, el alojamiento en la nube es uno de los triunfos de una sociedad que confía demasiado en la tercerización de servicios -el mentado outsourcing-.
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