Por José María Arévalo

(La reina Isabel de Farnesio, detalle, de Louis-Michel van Loo Óleo sobre lienzo, 150 × 110 cm h. 1739 Planta 1. Sala 17)
Tras comprobar la decisiva aportación de las mujeres de las casas reales europeas de los siglos XVI y XVII, en esta tercera edición del itinerario “El Prado en femenino” nos adentramos en el siglo XVIII para explorar el legado de la promotora artística que más significativamente ha contribuido a la formación de las colecciones del Museo del Prado: la reina Isabel de Farnesio (1692-1766).
El recorrido reúne cuarenta y cinco obras distribuidas en tres secciones, situadas en distintas salas de la colección permanente. La primera analiza la creación y evolución de la imagen de Isabel de Farnesio, explorando las distintas estrategias iconográficas utilizadas por una reina consorte en el ejercicio del poder. Las secciones segunda y tercera, dedicadas a la pintura y a la escultura, profundizan en el decisivo papel que su mecenazgo artístico desempeñó en la formación de las colecciones del Prado. De hecho, más de un tercio de las cerca de mil pinturas reunidas por la reina forman hoy parte esencial del patrimonio del Museo. Estas trescientas cincuenta y ocho obras nos acercan a los principales representantes de las grandes escuelas pictóricas de la Edad Moderna europea, con artistas tan destacados como Diego Velázquez, José de Ribera, Bartolomé Esteban Murillo, David Teniers, Correggio, Pedro Pablo Rubens, Guido Reni, Anton van Dyck, Pieter Brueghel el Joven, Clara Peeters, Parmigianino o Jean-Antoine Watteau, entre otros.
Asimismo, una de las iniciativas más relevantes del coleccionismo artístico de Isabel de Farnesio fue la adquisición del conjunto de esculturas reunidas por la reina Cristina de Suecia. Aunque se trató de un proyecto conjunto con su esposo, el rey Felipe V, fue la reina quien tomó la decisión de la compra y asumió la responsabilidad del encargo, seleccionando las piezas y reservando para sí las más valiosas, con ejemplos tan significativos como el Orestes y Pílades, El fauno del cabrito, las Musas, la Clitia o el Diadúmeno.

(San Juan Bautista niño, detalle, óleo de Bartolomé Esteban Murillo. Sala 17)
Con el propósito de recuperar y poner en valor este extraodinario legado, el itinerario va acompañado de un libro, una pieza audiovisual y un amplio programa de actividades complementarias, entre ellas un simposio, un ciclo de conferencias, visitas con la comisaria del recorrido, creación de recursos de contenido digital, un curso de formación para el profesorado, conciertos o una nueva editatona—, además de la incorporación de la flor de lis en todas las cartelas de las obras que pertenecieron a la reina y hoy forman parte de la colección permanente del Museo del Prado.
El legado de Isabel de Farnesio
El Museo Nacional del Prado retoma su reflexión sobre la presencia femenina en la historia del arte -recoge hoyesarte.com- con la tercera entrega de su itinerario expositivo “El Prado en femenino”. Tras revisar en ediciones anteriores el papel determinante que desempeñaron las mujeres de las cortes europeas de los siglos XVI y XVII, el proyecto se adentra ahora en el siglo XVIII para iluminar la figura de una de las grandes artífices del crecimiento de la antigua Colección Real: la reina Isabel de Farnesio (1692–1766), promotora cultural cuyo influjo aún atraviesa buena parte de sus salas.
Su legado, del que proceden aproximadamente quinientas piezas hoy custodiadas por la institución, transformó de forma decisiva el perfil de la colección. A ella se debe la llegada de obras maestras como el Apostolado de Rubens, el San Sebastián de Guido Reni, la Virgen con el Niño y san Juan de Correggio, la enigmática Sibila de Velázquez o el Sueño de Jacob de José de Ribera.

(Sibila, detalle, óleo de Diego Velázquez. Sala 14)
También impulsó la formación del más sobresaliente conjunto de escultura clásica del Museo, donde figuran piezas capitales como el Grupo de San Ildefonso o el célebre Fauno del cabrito, y favoreció la incorporación de Murillo a la Colección Real. De hecho, el boceto de Santa Ana dando una lección a la Virgen —localizado recientemente en el Museo de Pau durante un inventario— se presenta ahora al público por primera vez.
Los itinerarios propuestos por el Prado buscan interpelar al visitante desde ángulos poco frecuentes, por lo que se desarrollan con la colaboración de especialistas externos que aportan perspectivas alejadas de los enfoques habituales del Museo. El propósito es reorientar la mirada: invitar a descubrir otros relatos, atender a cuestiones que suelen quedar en sombra y, en esta ocasión, devolver a las mujeres el lugar central que tuvieron en la gestación de las colecciones. Como en las ediciones previas, el proyecto cuenta con el apoyo del Instituto de las Mujeres, que acompaña este esfuerzo por ampliar las narrativas históricas e impulsar la investigación con perspectiva de género.

(El sueño de Jacob, José de Ribera. Sala 9)
Bajo la dirección científica de la profesora Noelia García Pérez, esta tercera edición reúne cuarenta y cinco obras —incluidas varias que permanecían en almacén, dos que estaban en depósito en Zaragoza y en la embajada de Londres, y la pintura de Murillo recuperada en Francia— para reconstruir los múltiples hilos que conforman el mecenazgo de Isabel de Farnesio, una de las grandes impulsoras artísticas del siglo XVIII europeo.
Desde su llegada a España en 1714, con motivo de su matrimonio con Felipe V, y a lo largo de más de medio siglo, la reina ejerció un patronazgo constante, nutrido tanto por su sólida formación como por la influencia de su linaje. Gestionó sus adquisiciones a través del llamado bolsillo de la reina, un recurso privado que le garantizaba plena autonomía a la hora de elegir artistas y obras. Con la ayuda de una extensa red de agentes —entre artesanos, nobles y diplomáticos— reunió cerca de un millar de pinturas donde se reconoce su inclinación por las escuelas flamenca e italiana y su predilección por Murillo, Teniers y Brueghel el Viejo.
Su mecenazgo alcanzó también la escultura: una de sus operaciones más ambiciosas fue la compra de una parte sustancial de la colección de Cristina de Suecia, uno de los conjuntos de antigüedades más codiciados de la época. Aunque Felipe V participó en la iniciativa, fue su esposa quien tomó la decisión y supervisó la selección, reservando para su colección personal piezas extraordinarias como el Diadúmeno o el Sátiro en reposo. Más que la cantidad, fue la calidad excepcional de estas esculturas lo que aseguró su lugar en la historia del Museo. En 1829, una cuidada selección de ese conjunto ingresó en el entonces recién renombrado Real Museo de Pintura y Escultura, donde se conserva hasta hoy.

(Paisaje nevado con patinadores y trampa para pájaros, Pieter Brueghel el Joven. Sala 55A)
La huella de Isabel de Farnesio en el Prado es innegable. Cerca de un tercio de las pinturas que reunió —358 piezas— forman parte de los fondos del Museo, con obras de Velázquez, Ribera, Murillo, Correggio, Rubens, Luca Giordano, Reni, Veronés, Tintoretto, Van Dyck, Clara Peeters, Parmigianino o Watteau, entre muchos otros. Su pasión por Murillo, en particular, configuró el núcleo más numeroso y relevante del artista sevillano que hoy se expone en la institución. En total, la presencia de sus adquisiciones es tan amplia que casi la mitad de las salas del Prado alberga alguna obra que perteneció a la reina, fácilmente reconocible en ciertos casos por la flor de lis que marcaba su propiedad.
La nueva edición de “El Prado en femenino” se acompaña de un libro dedicado a las protagonistas de la muestra, una pieza audiovisual coproducida con CaixaForum y un extenso programa de actividades. Con esta propuesta, el Museo del Prado y el Instituto de las Mujeres refuerzan su compromiso con una relectura crítica del pasado y con la construcción de narrativas más inclusivas. La convergencia entre historia, conocimiento y mirada contemporánea abre la posibilidad de un futuro museístico más igualitario, en el que la aportación de las mujeres no solo se recupere, sino que vuelva a ocupar el lugar que siempre le correspondió.