La tendencia a favorecer la mano derecha tiene profundas implicaciones culturales y biológicas, y ha sido interpretada de diversas maneras a lo largo de la historia.
Culturalmente, lo «derecho» ha sido asociado con la habilidad y la rectitud, mientras que lo «izquierdo» ha cargado con una serie de connotaciones negativas. Esto no es casual. De hecho, el propio término «siniestro», utilizado como sinónimo de «zurdo», tiene connotaciones de maldad o amenaza, según la Real Academia Española.
Estas ideas han perdurado a lo largo de los siglos, desde las representaciones del Juicio Final en el cristianismo hasta las costumbres en culturas orientales y el mundo islámico, donde la mano izquierda está reservada para funciones impuras.
Este estigma hacia los zurdos, similar al rechazo que sufren personas con ciertas «anomalías» como el albinismo en algunas partes del mundo, no solo tiene raíces culturales, sino también biológicas.
Los estudios muestran que los zurdos tienen una ligera desventaja en cuanto a esperanza de vida y enfrentan mayores riesgos de desarrollar enfermedades inmunes y desórdenes cognitivos. Pero, ¿qué papel juega la genética en esta predisposición?
Al contrario de lo que podría pensarse, el hecho de ser zurdo no parece estar codificado en los cromosomas sexuales de manera sencilla. La hipótesis de que podría estar ligado al cromosoma X no es del todo convincente, ya que no explica la mayor prevalencia de zurdos en mellizos o en individuos expuestos a estrés prenatal, como los neonatos prematuros. Además, los chimpancés, nuestros parientes más cercanos, también muestran una mayor tendencia a ser zurdos en condiciones similares, lo que sugiere que puede haber factores biológicos comunes.
Esta complejidad biológica se refleja también en la estructura del cuerpo humano. Desde el desarrollo embrionario, el cuerpo muestra una asimetría natural, desde el corazón ubicado hacia el lado izquierdo hasta la configuración de los pulmones. En términos evolutivos, esta disposición anatómica ha llevado a que los humanos instintivamente protejan su lado izquierdo, más vulnerable, usando su mano derecha, una explicación que algunos argumentan como una razón adaptativa para la predominancia diestra.
Los ejércitos, a lo largo de la historia, han capitalizado esta tendencia, diseñando escudos que protegen el lado izquierdo del cuerpo, mientras que el brazo derecho queda libre para atacar.
Sin embargo, esta teoría no puede ser aplicada fácilmente a toda la humanidad, ya que no todos los zurdos han sido guerreros o han tenido que participar en combates.
Un dato curioso es que los primeros indicios de esta inclinación hacia la diestralidad se encuentran en pinturas rupestres de hace miles de años. Las huellas de manos izquierdas, usadas para estampar las derechas en las paredes de cuevas, revelan que ya en épocas prehistóricas la mayoría de los humanos eran diestros. Esto sugiere que esta preferencia no es un fenómeno reciente, sino que tiene raíces muy antiguas en nuestra especie y en otras especies humanas como los neandertales.
A pesar de todo lo que sabemos, el misterio de por qué la mayoría de los humanos son diestros sigue sin resolverse del todo. Aunque los zurdos han sido vistos históricamente con desconfianza y, en muchos casos, han enfrentado dificultades adicionales, lo cierto es que ser zurdo no debería considerarse una «mala suerte» en pleno siglo XXI. Al contrario, la diversidad en nuestras habilidades y formas de ver el mundo debería ser valorada, sin importar con qué mano prefiramos sostener el lápiz.
