En 1938, bajo la obsesiva mirada de Adolf Hitler y su círculo más cercano, un grupo de científicos alemanes emprendió una expedición al Tíbet con un objetivo que hoy parece salido de una novela fantástica: demostrar los supuestos orígenes “arios” en Asia Central y, de paso, buscar pruebas de la existencia del mítico Yeti —el abominable hombre de las nieves—.
Lo que podría leerse como una anécdota disparatada revela hasta qué punto el régimen nazi mezclaba ciencia, racismo y esoterismo en su ambición por justificar su visión del mundo.
Esta expedición estuvo dirigida por Ernst Schäfer, zoólogo y aventurero, acompañado de un equipo que incluía desde antropólogos hasta fotógrafos.
El encargo era claro: recolectar evidencias biológicas, culturales y arqueológicas que pudieran alimentar la delirante teoría nazi sobre la superioridad aria y sus presuntos orígenes tibetanos.
En el trasfondo, flotaban ideas tan inverosímiles como la existencia de civilizaciones subterráneas (el reino de Agartha) y la famosa “Teoría del Hielo Mundial”, que intentaba explicar la historia humana a través de glaciaciones cósmicas.
Un viaje entre lo científico y lo absurdo
La ruta emprendida por los alemanes atravesó paisajes espectaculares y peligrosos: desde los valles del Himalaya hasta monasterios remotos donde intentaron recabar cráneos, medir huesos e incluso analizar costumbres locales. Su método combinaba técnicas antropológicas modernas con prácticas pseudocientíficas. Por ejemplo:
- Tomaban medidas craneométricas a habitantes tibetanos para compararlas con los estándares arios nazis.
- Recogían artefactos religiosos buscando rastros de simbología germánica.
- Llegaron a analizar leyendas sobre criaturas misteriosas —como el Yeti— pensando que podrían ser “eslabones perdidos” entre humanos modernos y sus supuestos ancestros arios.
Entre los objetos más curiosos que transportaron estaba una máquina para medir el color de ojos (el chromatic eye meter) o instrumentos para analizar la textura del cabello. Incluso recolectaron ejemplares botánicos y zoológicos con fines propagandísticos, intentando demostrar vínculos biogeográficos entre Europa y Asia.
Curiosidades, datos locos y anécdotas insólitas
La expedición al Tíbet no solo fue extravagante por sus fines ideológicos; también está plagada de episodios surrealistas dignos de una película:
- Interrogatorios a monjes budistas: Los científicos preguntaban sin tapujos a monjes locales si conocían a descendientes directos de los “arios primigenios”.
- La caza fallida del Yeti: Aunque no encontraron al legendario ser, sí regresaron con pieles de osos que aseguraron —sin pruebas— pertenecían al mítico animal.
- El mito del “cráneo nazi del Yeti”: Décadas después se descubrió que uno de los supuestos restos del Yeti conservados en museos europeos era simplemente parte de un animal común —un ejemplo más del autoengaño científico que rodeó toda la misión.
- Encuentros diplomáticos tensos: En plena antesala de la Segunda Guerra Mundial, los miembros de la expedición mantuvieron reuniones formales con autoridades tibetanas e incluso con representantes británicos en India, siempre bajo sospecha de espionaje.
Lista breve de datos extravagantes:
- La expedición se financió parcialmente con fondos personales de Himmler, obsesionado con las raíces ocultas del pueblo alemán.
- Llevaron banderas nazis para plantarlas en zonas remotas e inmortalizar así el supuesto “regreso” ario a sus orígenes.
- Schäfer utilizó cámaras Leica para documentar rituales tibetanos… pero buena parte del material nunca se publicó oficialmente.
La ciencia al servicio del mito
Para entender por qué el régimen nazi impulsó semejante misión hay que recordar la influencia creciente del ocultismo y las teorías raciales en las élites alemanas. Himmler creía firmemente en la existencia de una civilización ancestral perdida —ubicada en el Himalaya o en un continente sumergido— cuyos descendientes habrían fundado las grandes culturas europeas. El Tíbet representaba un escenario ideal para proyectar estas fantasías; allí convergían misticismo oriental, aislamiento geográfico e historias milenarias difíciles de verificar.
A pesar del rigor aparente en algunos métodos empleados por Schäfer y su equipo, gran parte del trabajo carecía por completo de base científica real. Las conclusiones se ajustaban a priori a las doctrinas nazis; cualquier hallazgo era reinterpretado para reforzar prejuicios raciales o alimentar relatos épicos sobre “la raza aria”. Lo insólito es que este tipo de expediciones no eran excepcionales: durante aquellos años florecieron otras misiones igualmente excéntricas a lugares como Islandia o Sudamérica.
Secuelas históricas y legado delirante
El viaje nazi al Tíbet terminó dejando más preguntas que respuestas. Ninguno de sus objetivos fundamentales fue alcanzado: ni se probó la existencia del Yeti ni se hallaron pruebas creíbles sobre unos orígenes arios tibetanos. Sin embargo, la aventura sirvió para nutrir el imaginario propagandístico nazi durante los meses previos al estallido global.
Con el paso del tiempo, el episodio ha pasado a engrosar la lista negra de experimentos científicos instrumentalizados por motivos políticos e ideológicos. Hoy resulta casi inconcebible que gobiernos enteros financiaran semejantes cruzadas pseudocientíficas; sin embargo, sirven como advertencia sobre los peligros —muy reales— cuando la ciencia se pliega ante delirios colectivos o intereses totalitarios.
En definitiva, aquel periplo hacia las cumbres tibetanas es uno de los capítulos más rocambolescos —y reveladores— sobre cómo las fronteras entre conocimiento riguroso, mito nacionalista y pura fantasía pueden desdibujarse peligrosamente bajo ciertos contextos históricos.

