séptimo arte

Fallece a los 70 años el director Béla Tarr, último bastión del cine eterno y cronista de un mundo en extinción

El cineasta húngaro, maestro de planos interminables y colaborador del Nobel Krasznahorkai, ha fallecido en Budapest tras una larga enfermedad

Béla Tarr
Béla Tarr. PD

Béla Tarr ha dejado una huella imborrable en el panorama cinematográfico europeo.

Este director húngaro, célebre por su mirada incisiva sobre la descomposición humana, falleció este martes en Budapest a los 70 años, según informó el realizador Bence Fliegauf a la agencia MTI en nombre de la familia.

Su muerte pone fin a una época de cine radical, contemplativo y profundamente político, donde cada plano secuencia era un acto de resistencia frente al olvido y a la superficialidad.

En un entorno cinematográfico marcado por montajes veloces, Tarr eligió la eternidad que ofrecen los tiempos dilatados.

Sus obras, siempre en blanco y negro, retrataban la lluvia constante, el fango moral y la lucha por sobrevivir en desoladores paisajes húngaros. Junto a su inseparable colaborador László Krasznahorkai, reciente Nobel de Literatura 2025, adaptó sus novelas en filmes que trascendían la mera proyección para convertirse en experiencias vitales. Juntos construyeron un universo donde el colapso del comunismo se convertía no solo en un hecho histórico, sino también existencial.

Aunque Krasznahorkai inicialmente rechazó a Tarr, su tenacidad –incluso golpeando una ventana iluminada– consolidó su fructífera alianza creativa.

El surgimiento de un cronista austero

Nacido en Pécs (Hungría) en 1955, Béla Tarr creció bajo el régimen comunista. Comenzó su formación en el Balázs Béla Stúdió, núcleo del cine experimental húngaro, donde filmó sus primeras obras con tan solo 23 años. Su ópera prima, Nido de familia (1979), ya evidenciaba un agudo sentido crítico hacia la sociedad obrera, explorando la alienación familiar y el desmoronamiento de las estructuras cotidianas. A esta le siguieron títulos como El outsider (1981), Gente prefabricada (1982) y Almanaque de otoño (1984), filmes que absorbían influencias de contemporáneos como Miklós Jancsó, alzando su voz contra la censura del régimen mediante un realismo crudo casi documental.

Sus primeros trabajos ofrecían una perspectiva desde los ojos de los oprimidos, sin ofrecer consuelos fáciles. Tarr no solo retrataba realidades; las impregnaba de subjetividad, insuflando vida a cada escena. Influenciado por maestros como Andréi Tarkovski y Theo Angelopoulos, desechaba el montaje típico de Hollywood: «La longitud depende de lo que quieras expresar. No me interesa lo que sea aceptable», afirmaba. Su esposa y editora, Ágnes Hranitzky, fue fundamental en este «cine colectivo», junto al director de fotografía Fred Kelemen y el compositor Mihály Víg, quien también participaba como actor en sus películas.

La trilogía de la descomposición: eternidad entre el fango

A finales de los años 80, Tarr cimentó su ideario eterno con la conocida trilogía de la descomposición, escrita por Krasznahorkai. La primera entrega, La condena (1988), es una fábula claustrofóbica que explora soledad, celos y traición mediante laberintos cerrados y movimientos pausados. Culminó con Sátántangó (1994), una odisea que se extiende a lo largo de siete horas y media –con 439 minutos distribuidos en 143 tomas– narrando el colapso de una cooperativa agrícola al compás de un tango lúgubre.

Prohibida inicialmente por el régimen comunista, tuvo que esperar siete años hasta la caída del Muro de Berlín para ser filmada en 120 días en Örség. Abre con ocho minutos dedicados a vacas pastando e impone un ritmo hipnótico gracias al uso del steadicam. Los acontecimientos se repiten desde diferentes ángulos, revelando traiciones dentro de un fresco cargado de nihilismo y desesperación: una niña llamada Estike, tras envenenar a su gato, se suicida simbolizando una inocencia corrompida; un baile colectivo se convierte en frenesí etílico que se perpetúa. Estrenada en Berlín, pasó rápidamente de ser una curiosidad a convertirse en un clásico venerado por muchos foros como Letterboxd como «rito iniciático contra el cine comercial».

Armonías de Werckmeister (2000), adaptación del libro Melancolía de la resistencia, evoca un apocalipsis dentro de una Hungría comunista con un circo donde aparece una ballena y disturbios sociales. Esta obra sombría celebra el caos social con planos que giran como constelaciones perdidas. En 2007 llegó El hombre de Londres, nominada a la Palma de Oro en Cannes; aquí experimenta con narrativas temporales fragmentadas tras el suicidio del productor Humbert Balsan. Su testamento cinematográfico, titulado El caballo de Turín (2011), recibió el Oso de Plata en Berlín: narra cómo un padre y su hija resisten viento, hambre y sequedad tras el colapso del mundo ante un caballo golpeado. Tras esta obra, Tarr juró no volver a dirigir más.

Impacto y resonancias del legado político

El cine creado por Tarr explora temáticas como el miedo, las durezas del día a día y abismos beckettianos. Las gotas caen sin cesar; cada gota crea mundos efímeros; un aliento humano lucha por resistir ante el desmoronamiento generalizado. Comparado con figuras como Michelangelo Antonioni, desechaba Hollywood debido a su falta de autenticidad: «Es necesario representar personas reales y sinceras». Su obra es poética pero pesimista; lleva consigo una carga política fuerte contra totalitarismos al mostrar las heridas dejadas por el comunismo sobre clases trabajadoras alienadas.

Sus colegas lamentan su pérdida. La European Film Academy lo despide como «un director excepcional con una voz política potente», reconocido mundialmente. Para Pere Alberó, director de la ECIB-Escuela de Cine de Barcelona, quien le otorgó el Premio Honorífico 2025 del D’A-Festival, Tarr fue «el cineasta vivo más importante», describiendo su obra como «un misterio». Por su parte, László Krasznahorkai, su musa creativa, transforma sus novelas sobre decadencia en rituales visuales cautivadores.

Hitos y reconocimientos destacados

Para rendir homenaje a su trayectoria artística:

  • Un debut precoz: Con Nido de familia (1979), realizó una crítica social desde Balázs Béla Stúdió.
  • Una trilogía fundamental: Incluye La condena (1988), Sátántangó (1994) y Armonías de Werckmeister (2000).
  • Reconocimientos: El hombre de Londres fue nominada en Cannes 2007; El caballo de Turín recibió el Oso de Plata en Berlín 2011.
  • Honores recientes: Premio Honorífico D’A Barcelona 2025.
  • Familia creativa: Su esposa es Ágnes Hranitzky (editora); trabajó junto a Kelemen y Víg.

Aún no se han anunciado actos conmemorativos para honrar su legado artístico. Sin embargo, cabe mencionar que su retiro definitivo tuvo lugar en 2011 e incluyó videoinstalaciones y teatro independiente. Durante sus últimos años residió junto a su esposa en Budapest; poco se sabe sobre otros aspectos familiares más allá este núcleo artístico compartido.

Su filmografía abarca once largometrajes donde priorizó calidad sobre cantidad. En Sátántangó, el mesiánico personaje llamado Irimías promete salvación entre las miserias del fango; aunque hay destellos luminosos al final. En Werckmeister, todo gira dentro un cosmos perturbado; mientras que Turín presenta agujeros negros existenciales ineludibles. Estas obras maestras perdurarán durante siglos: hipnóticas, magnéticas e incluso abominables.

Béla Tarr no realizaba películas solo para ser vistas; creaba espacios para ser habitados. En tiempos donde todo avanza rápidamente hacia lo efímero, su legado permanece vivo recordándonos que bajo cada gota cae humanidad frágil pero indomable.

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Autor

Fernando Veloz

Economista, comunicador, experto en televisión y creador de formatos y contenidos.

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