EPÍSTOLA A JESÚS, UN EPÍGONO DE OTRAMOTRO (XXV)
Dilecto Jesús (ese que yo sé), epígono de este aprendiz de ruiseñor:
Pues acaso cumplan buena parte de tus expectativas y contengan el grueso de las sales que reclamas (advertirás que en ninguna de las dos falta la sal irónica) las siguientes frases de, precisamente, san Francisco de Sales: “La prueba de un predicador es cuando su congregación no sale diciendo ‘qué sermón más bonito’, sino ‘haré algo’”. “La ciencia que sirve para hacernos orgullosos y que degenera en pedantería no vale más que para deshonrarnos”.
Bien (y hasta notable) por tu poema.
Urge una ley consensuada de Educación que, de una vez por todas, eduque, o sea, que haga de los estudiantes españoles ciudadanos libres, con criterio (ergo, críticos con la situación que viven ahora o vivan en el futuro).
Estupendo actor don Alfredo Landa (que Dios lo haya recibido con los brazos abiertos en el cielo y el navarro haya hallado la paz perpetua), sin duda, en muchas (no en todas) de las películas en las que participó. En “Los santos inocentes”, por ejemplo, interpretando el papel de Paco, el Bajo, estuvo alto, altísimo, superior.
En el primero de tus escolios yo hablaría antes de sinalefa atrevida que de triptongo difícil. Si acudes al DRAE y consultas en el mismo ambos vocablos, entenderás las palabras que ha urdido para ti y para el resto de las/os probables lectoras/es (sean estas/os habituales o esporádicas/os) el menda lerenda, Otramotro. Y, asimismo, de falta tras falta tras falta… (o si lo prefieres, de delito tras delito tras delito…), o sea, una cadena de las o los tales, porque las pruebas son abrumadoras; quiero decir que no le faltan (aunque sí lo hacen, por supuesto, al resto de la ciudadanía y al grueso del ordenamiento jurídico), sino que le sobran eslabones a la mentada cadena.
En el segundo de tus escolios sobre mi décima hodierna pareces haber seguido o tenido en cuenta dos de las lecciones más imperecederas (inmarcesibles o inmarchitables) para el abajo firmante, una de Confucio (“Quien comete un error y no lo corrige incurre en otro aún mayor”), y otra del santo mencionado arriba, amén de Doctor de la iglesia, titular y patrono de la Familia Salesiana y, además, de los escritores y periodistas (“No debemos corregir nunca dejándonos llevar por nuestros sentimientos, sino únicamente por nuestra caridad”). Y es que, como años más tarde adujo Concepción Arenal, “hay tanta justicia en la caridad y tanta caridad en la justicia que no parece loca la esperanza de que llegue el día en que se confundan”.
Y, por seguir con la línea con la que has comenzado tu apostilla (a la que contesto), a la doctora y a la enfermera que acaban de atenderme en el servicio de urgencias del algasiano (tudelano) Centro de Salud “Santa Ana” (adonde he acudido por una persistente molestia, mas banal —he alargado el viaje hasta la biblioteca pública por si tenía que responderte—, en el bajo vientre), mi gratitud y predicamento por su atenta y presta atención. Porque he de reconocer que el proceso ha sido exhaustivo y se me ha hecho breve.
De doña Concha, si no lo impide el alzhéimer, siempre recordaré, entre otras celebérrimas frases suyas, esta: “Sustituir el amor propio por el amor a los demás es cambiar un tirano insufrible por un buen amigo”.
Te agradece los piropos, por si un día se hace digno merecedor de ellos, quien te saluda, aprecia y abraza,
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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