EPÍSTOLA A JESÚS, UN EPÍGONO DE OTRAMOTRO (CCCV)
Dilecto Jesús (ese que yo sé), epígono de este aprendiz de ruiseñor:
Los dos párrafos que he usado como cita o exergo para mi décima hodierna pueden concentrarse y resumirse en otra/o célebre del mismo genio, que he visto (con la palabra “imaginación” escrita en rojo —el resto lo está en negro— y boca abajo) en la cristalera del despacho (que yo suelo llamar “pecera”) donde si usted, lector (sea ella o él), acude al Centro Cívico “Lourdes”, de Tudela, podrá hallar a las responsables del mismo: Eva, Maialen, Merce(des), Pilar, Raquel,…: “En los momentos de crisis, solo la imaginación es más importante que el conocimiento”.
Vivan los muchos Einstein que hay por ahí y que, como son humildes, no saben que lo son, pero lo son.
Celebro que disfrutaras sobremanera, un montón, de lo lindo, haciendo lo que por otros sé que te gusta realizar y aciertas a coronar con gusto, cantar (me consta que estuviste durante el año que pasaste en Navarrete, con los Camilos, en el coro que dirigía el padre Jesús Arteaga y esa condición, por lo que ha ocurrido a otros que vivieron casos similares, colijo que te marcó e imprimió carácter) y extraer notas del pozo de viento de tu guitarra. Mientras posabas las yemas de los dedos de tu mano izquierda sobre las cuerdas y el mástil de tu instrumento (que, por cierto, tan bien tocaba también mi padre, aunque nunca supe, de veras, a ciencia cierta, quién le enseñó a llevar a cabo dicha labor o tarea —acaso su padre, mi abuelo José, que tocaba el violín, según dicen quienes lo vieron y escucharon hacer tal cosa, estupendamente—) y las rasgabas con los dígitos de tu diestra, entonabas canciones en francés. Y me alegro de que, emulando de forma voluntaria o involuntaria a Marcel Proust y su inmarcesible recuerdo del gusto que le dejaron en su boca las magdalenas, no hayas olvidado el sabor, que aún permanece en tu paladar y en tus papilas gustativas, de la dulce y cremosa tarta de queso y fresa con la que premiaron tus buenas maneras e interpretaciones.
Mientras tú hacías las delicias de tu público, yo andaba releyendo por enésima vez el prólogo que escribió Cervantes para la primera parte de su inmortal novela, intentando sacarle, si no todo, opción acaso jactanciosa, presuntuosa, vanidosa, el grueso del jugo irónico que, sin duda, atesora el susodicho.
Como todos los casos de corrupción que salen a relucir un día sí y otro también en los mass media de la piel de toro, el asunto de Rita huele muy mal. Hiede tanto como la herida de Filoctetes, el arquero, pero tal vez la puntería de Rita no sea la del mentado y no haya Troya a la que vencer y destruir ni Paris a quien disparar.
Te saluda, aprecia, agradece y abraza
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
Home