Periodistadigital América Home
3 segundos 3 segundos
Coronavirus Coronavirus La segunda dosis La segunda dosis Noticias Blogs Videos Temas Personajes Organismos Lugares Autores hemeroteca Enlaces Medios Más servicios Aviso legal Política de Privacidad Política de cookies
-

¿Réquiem por mi difunta musa, Amanda?

Ángel Sáez García 23 Nov 2021 - 14:00 CET
Archivado en:

¿RÉQUIEM POR MI DIFUNTA MUSA, AMANDA?

   Como cualquier lector asiduo mío (ella o él) sabe, poco importa cuál sea su identidad, inclinación u orientación sexual, durante mi última estancia “estiotoñal” en el Puerto de la Cruz (Tenerife), decidí crucificar a mi amada musa chicharrera Iris y, por ende, que no volviera a protagonizar ni fuera destinataria señera nunca más de uno de mis textos, fuera escrito por mí en prosa o en verso. Vano intento.

   En teoría, parecía una tarea fácil de conseguir o cumplir, pues, en principio, dicho propósito no entrañaba problemas mayores, pero, en la práctica, qué ardua ha resultado la empresa, a qué montón de aprietos, bretes y cerrojos me he tenido que enfrentar, sorteando unos, superando o abriendo otros, para quedarme (a veces me parecía que cerca y a veces me parecía que lejos) sin alcanzar el reto, la cota, ya que, teniendo empuñado el bolígrafo con mi diestra, apuntando con su punta a la diana, el papel, y escudriñando servidor el folio en blanco (que, en puridad, en mi caso, es medio y amarillo), la intención ha devenido compleja, dificultosa, amén de por la inercia, la costumbre, por el apego (en el supuesto de que Amanda me diera el pego, cómo me engañé o qué despistado estaba para no ver el tal); que se lo pregunten al jilguero que fue cazado con liga, y con su canto melodioso, que no odioso, no es consciente de las consecuencias de sus actos, o sea, ignora que funge (pues él sabe que no finge) ahora de señuelo para sus congéneres y otras aves canoras.

   Aunque Iris tuvo un modelo femenino vivo, una persona de carne y hueso, que le legó, de buen grado, su verdadera gracia de pila, su identidad literaria, su personaje, puede que dure y dure y dure y perdure (como la marca de las pilas que promocionaba antaño cierto anuncio publicitario de televisión, hecho con conejos de pega) más en el tiempo que su dechado humano, y tal vez cuanto le acontezca a su personalidad literaria sirva de consuelo, enseñanza y/o entretenimiento a otras criaturas lectoras; y, siguiendo el ejemplo de la legendaria fénix, que renació de sus propias cenizas, en el caso de que a Amanda le ocurra lo que a la fabulosa ave citada, que muera en su propia hoguera y devenga polvo, ella misma se espabile de su corto o largo letargo y vuelva a brillar y vibrar.

   Quizá cometí un error de bulto y este estuvo en no fijarme ni constatar ni considerar lo obvio: qué acaece en la naturaleza, porque, cuando llueve, suele aparecer en el horizonte el arcoíris. Mutatis mutandis, cuando alguien lea alguno de los textos que le escribí y dirigí a ella o de los que Iris es protagonista o destinataria exclusiva y llore, ella llenará su aljaba o carcaj de flechas y con la ayuda de su arco las disparará, coloreando el ámbito donde ella se halle entonces de distintas tonalidades, según sean los aromas que despidan las dianas, heridas o impactadas todas ellas por sus proyectiles en el mismo centro.

   Así las cosas, a nadie le extrañará que me diga a mí mismo lo que sigue: Pero, alma de cántaro (que, cuanto más vacío estás, más ruido haces, como adujo el sabio Alfonso X), sin duda has tenido que perder el juicio. ¡Cómo puedes estar dispuesto a tirar piedras contra tu propio tejado, a acabar nada menos que con tu gallina de los huevos de oro! Ciertamente, tus manos modelaron el barro del que está hecha Amanda y tú le has dado vida literaria, ficticia, pero ¿acaso no has recibido tú, a cambio, como recompensa, por su parte más y mejor vida? Está claro que, antes de conocer a Iris, la fémina real, estabas, si no muerto, moribundo; ¿no te dio ella un soplo y otro y otro, Otramotro, gratis, de lo que da vida si no se olvida? Sé decente, humilde y sensato y, si te ves incapaz de resucitarla, al menos, ten el brío o valor de reconocerlo sin echar mano de ambages y remite a tu atento y desocupado lector (hembra o varón) a la “Rima VII” de Gustavo Adolfo Bécquer y recomiéndale que vea en el arpa del poeta sevillano a tu Amanda rediviva, tras escuchar esta las mismas palabras imperativas que oyó Lázaro, “¡Lázaro, ven afuera!”, las que le adujo Jesús de Nazaret, según se narra en el evangelio de Juan 11: 43, cambiando el nombre, por supuesto: “¡Amanda, ven afuera!”, o las becquerianas: “¡Levántate y anda!”.

   ¿El rostro que irradiaba bonhomía dio el pego por su impar fisonomía?

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

Más en El blog de Otramotro

Mobile Version Powered by