Periodistadigital América Home
3 segundos 3 segundos
Coronavirus Coronavirus La segunda dosis La segunda dosis Noticias Blogs Videos Temas Personajes Organismos Lugares Autores hemeroteca Enlaces Medios Más servicios Aviso legal Política de Privacidad Política de cookies
-

Que acepte tu verdad aquí es lo urgente

Ángel Sáez García 17 Abr 2022 - 14:00 CET
Archivado en:

QUE ACEPTE TU VERDAD AQUÍ ES LO URGENTE

SI CONSIDERO QUE ES LO COHERENTE

Cuando me hallo en medio de una agrupación o conjunto humano (con ello no quiero decir que yo sea el centro de la reunión, sino solo que me muevo sin ataduras o, si se prefiere, con soltura, de aquí para allá, entre sus subgrupos) formado por amigos (hembras y varones, más o menos íntimos) y conocidos (de mayor o menor recorrido), a veces, tiendo a aducir un pensamiento que acarreo o viaja conmigo desde que lo ideé otrora (pues lo tengo por verdad radical, la fetén, mientras no suceda este supuesto, que alguien me demuestre, de manera fehaciente, que merece la pena aceptar y adoptar el que ella/él mantiene y sostiene, porque la verdad que contiene y portea ha conseguido noquear en el cuadrilátero del método científico mi prueba o ensayo, que ha dado error, esto es, ha abatido del pedestal en el que se había instalado la mía), este, en concreto, que prefiero reír a llorar; y, si he de hacer esto último, que sea como consecuencia o corolario de haberme reído a carcajada tendida, a mandíbula batiente.

El sábado pasado volví a quedar con mis amigos Diana y Pío en el bar de costumbre (si, cuando llegamos, tenemos mesa y sillas disponibles a cuyo alrededor podamos permanecer sentados la hora y media, aproximadamente, en la que nos solemos tomar las dos cañas de rigor, ya que, si no es así, nos largamos a otro sitio donde llevar a cabo lo referido, dicho menester, mientras conversamos de esto, eso o aquello, claro), a las asiduas ocho menos cuarto de la tarde. Noté que Pío había venido con tensión (no aludo, por supuesto, a la arterial, alta, baja o normal, compensada o descompensada), o sea, con una pregunta para mí preparada desde casa, porque, nada más saludarnos y tomar asiento, sin más trámites, la formuló:

—Ángel, ¿crees que la realidad, lo que nos pasa, mutatis mutandis (no te extrañes; desde que me enseñaste lo que significa dicho latinajo, “cambiando lo que debe ser cambiado”, lo uso a menudo, pero no para darme importancia, postín o pote; si hoy he echado mano del tal ha sido, única y exclusivamente, por esto: me he empeñado —que lo haya conseguido o no, eso será harina de otro costal— en hacerte un guiño), se parece al cerdo (animal), del que airea el dicho que conviene aprovechar todo, hasta sus andares?

Tras pensar unos segundos la respuesta que le iba a dar, le contesté:

—José Ortega y Gasset dijo lo que, al alimón, es y no es un retruécano o juego de palabras, que “no sabemos lo que nos pasa y eso es precisamente lo que nos pasa”. Solo, cuando llegamos a atisbar o avistar algo de lo que nos pasa, sin entender del todo por qué nos pesa tanto, la realidad, lo que una/o ve y oye, huele, gusta y toca, presiente o barrunta, desea y sueña, empieza a ser tomada como la materia prima con la que intenta trenzar sus urdiduras o “urdiblandas”, sean estas en prosa o en verso, como la arcilla o el barro es la materia que el alfarero maneja, a su libre albedrío, con la imprescindible ayuda de su torno y la fértil imaginación de los dedos duchos de sus peritas manos. Creo que fue Camilo José Cela (proseguí) quien afirmó que una novela era como un saco en el que cabía todo (de todo lo habido y por haber). Estuve de acuerdo con el Premio Nobel en esto, aunque en otros asuntos discrepé.

Como es habitual mi afán de ser didáctico, decidí que, si le ponía un ejemplo clarificador, él lo entendería mejor, y procedí a ello, alegando esto:

—Te pondré, Pío, un ejemplo (que son palabras que podría haber pronunciado antaño Jesús Arteaga o, en su defecto, Pedro María Piérola). Esta mañana he acudido a la farmacia que regenta Mercedes Pascual, “Mertxe”, en la acera de los pares de la avenida de Santa Ana, a retirar los medicamentos del mes. Como se les había estropeado la persiana (que, a la hora de la apertura, se sube; y, cuando le llega al local la de cierre, se baja), previa a la puerta de entrada, atendían por la ventanilla que usan por la noche, cuando la botica está de guardia. He llamado al timbre y al momento ha aparecido el semblante risueño de quien ha sido mamá hace pocos meses. Le he entregado la tarjeta sanitaria y he estado esperando unos minutos, pocos, hasta que la afable Raquel ha culminado el proceso. Cuando ha venido con la bolsa que contenía las medicinas, le he soltado, poco más o menos, esta gracia: “Qué razón abrigaba el Premio Nobel Rudyard Kipling cuando aseveró que ‘la intuición de una mujer es más precisa que la certeza de un hombre’. Tú, cual aventajada sacerdotisa, nada más arribar a la ventanilla, me has mirado a la cara; y, como el rostro es el espejo del alma, has sabido, ¿por ciencia infusa?, que la ristra de pecados que había ido ensartando servidor en la espetera eran bastantes; así que, mientras se los confesaba a Dios, te has ausentado a fin de coronar otros quehaceres, y me has dado tiempo de que se los narrara todos al Omnipotente. Nada más acabar mi confesión, has regresado a la ventanilla para darme la absolución, por delegación divina, y otra solución, gratis et amore, la bolsa con los medicamentos mensuales”.

Nota bene

Seguramente, al lector (ella o él) habitual de las urdiduras (o “urdiblandas”) de servidor le habrá resultado extraño que hoy, domingo, haya publicado en mi bitácora de Periodista Digital, el blog de Otramotro, un texto en prosa, y se habrá preguntado por el porqué. Le brindo la razón, de buen grado, a continuación. Hoy, Domingo de Pascua o Resurrección, se ha celebrado en la capital de la Ribera (de) Navarra el acto tradicional que corona la Semana Santa tudelana, la “Bajada del Ángel”, y eso, precisamente, es lo que quien firma estos renglones torcidos abajo tenía la intención de hacer, bajar al huerto de sus amigos Diana y Pío para almorzar con ellos y demás invitados; y, previa petición y ausencia de objeción, cuando este menda viera la ocasión más oportuna o propicia, leerles a los concurrentes el presente texto, con el que pretendía decirle a mi dilecto amigo Pío Fraguas ¡muchas felicidades!, en su quincuagésimo nono cumpleaños, y ¡muchas gracias!, por el convite.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

Más en El blog de Otramotro

Mobile Version Powered by