EL PADRE DE ISABEL SE LLAMÓ HOMERO
DE LA “ODISEA” ES HIJO EL “LAZARILLO”
Aunque, a la hora de urdir de mi actual y amada musa Isabel, me resulta meramente imposible no repetir alguno de los juicios que he expresado o vertido antes, oralmente o por escrito, sobre otras que la precedieron, en lo concerniente a mi presente estro por antonomasia (servidor, al menos, hace el esfuerzo de ser original, lo intenta; que lo consiga o no, eso, ya es harina de otro costal), reconozco que en algunas ocasiones, pocas, como soy un zumbón de marca mayor y asiduo a lo lúdico, para probarme y llevarme a mí mismo la contraria (además de por otras razones de peso que callo o, mejor, dejo en el tintero), contradecirme, sí, objetarme, sobre todo, que es lo que pretendo, salgo airoso del brete y lo logro.
Mi propósito, en cualesquiera pareceres que emito, sobre los asuntos que tienen que ver o tocan a Isabel, también, por supuesto, es ser cabal, ecuánime, justo, pero, como tengo debilidad por ella, y en mi caja de herramientas literarias nunca falta la figura o el recurso de la hipérbole, debo confesar y confieso, sin ambages, que exagero, pero, acaso le sorprenda al atento y desocupado lector, ella o él, pasar su vista por lo que sigue, porque suelo quedarme corto, escaso, en la alabanza encarecida, el encomio.
Aunque a algunos (hembras y varones) pueda parecerles lo que voy a aseverar a continuación una barbaridad, un exabrupto, el póquer de Isabel, tantas veces ponderado por el abajo firmante, los cuatro venerados e inolvidables besos que sus labios estamparon en los carrillos de mi cara, han significado para mí, durante la semieternidad que ha semejado la perdurable plaga de precaria salud mental que ha seguido a la diuturna peste de la covid-19, el mejor antídoto del mercado contra la sandez, que pulula por doquier, y el miedo, ídem.
En los acelerados tiempos actuales que corren o discurren (sin pararse a discurrir) por este mundo con prisa, se necesitan muchas Isabeles para calmar los nervios, cepillarse los prejuicios que cada quien acarrea y contrarrestar esa indócil y necia sensación apocalíptica que se ha instalado a nuestro lado o vera con la pretenciosa y perversa intención de arraigar.
Isabel es el ingrediente fundamental, el elemento básico, para no tomarse en broma la vida en serio, y sus casos y sus cosas con la pausa debida (como esta coma), requisito imprescindible para reflexionar con detenimiento y argumentar los pros y los contras.
En esta vida ha habido, hay y habrá excelentes bululús (ellas y ellos), extraordinarios cuentacuentos (hembras y varones); Isabel es, sin duda, una sin par de los susodichos. El día que me narró, por extenso, varias anécdotas de su adolescencia, verbigracia, escuchándola con atención, me reí a mandíbula batiente; tanto que llegué a llorar y hasta mearme de la irrisión. Así que cabe decir y escribir, sin temor a marrar, que no le fue a la zaga, no, del ciego de “El Lazarillo de Tormes”, que, si hacemos caso al fingido autor anónimo de su supuesta autobiografía, una inmortal ficción, demostró ser otro digno tal:
“Contaba el mal ciego a todos cuantos allí se allegaban mis desastres, y dábales cuenta una y otra vez, así de la del jarro como de la del racimo, y agora de lo presente. Era la risa de todos tan grande, que toda la gente que por la calle pasaba entraba a ver la fiesta; mas con tanta gracia y donaire contaba el ciego mis hazañas, que, aunque yo estaba tan maltratado y llorando, me parecía que hacía sinjusticia en no reírselas”.
¿Acaso hay quien no ve el hilo que aúna al ciego que fue Homero con el otro?
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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