MI HUMOR ES UN RETOÑO DEL DE PIÉROLA
NO HA MUERTO, AUNQUE NO SE HALLE ENTRE NOSOTROS
Como, desde que ingresé en el invierno de mi existencia, pues cumplí, hace más de seis meses, los sesenta años, tengo la impresión renuente de que se me pasa el tiempo volando (no me extraña lo que otrora me resultó cabal, que uno de mis compañeros de curso en Navarrete tradujera la frase latina “tempus currit ut volet” como correspondía, “el tiempo corre que —parece que— vuela”), no sabría decir, a ciencia cierta, la fecha exacta en la que expiró Pedro María Piérola García (pero le he pedido a Google, el “espabilaburros”, que me sacara de dudas, y como el citado buscador es, amén de competente y útil, tan bien mandado, lo ha hecho en un santiamén, como el rayo, 26 de agosto de 2011; hoy, viernes, se cumplen once años justos de su óbito). Estoy plenamente convencido de que, mientras no me visite y se apropie de mis recuerdos el contemporáneo hombre del saco o sacamantecas, el alzhéimer, siempre rememoraré que fue mi amigo Pío Fraguas, exestudiante camilo también, con quien sigo cerveceando y conversando los sábados (en la grata compañía de su esposa Diana), quien me comunicó por teléfono la triste nueva y que le escribí una décima en un pispás, en la que destaqué el oficio que mejor ejerció, a lo ancho y a lo largo de su existencia, el de pontífice, pues construía y no dejaba de erigir o levantar puentes entre sus congéneres por donde pasaba, labor grata para él, pues no le pesaba.
Me cuesta Dios y ayuda mantener la coherencia, la consecutio temporum, a la hora de escribir sobre mi maestro preferido, predilecto, porque muchas de sus enseñanzas, si no todas, gozan de plena actualidad y observancia, siguen estando para mí vigentes. Quien conoció y trató a Piérola y no fue enriquecido por su amor a espuertas y su humor a raudales es porque no se dejó iluminar por su luz, la de un faro o foco inmarchitable.
He hablado varias veces con diversos excompañeros de los camilos y he llegado o sacado la misma conclusión, tras departir con ellos a propósito de Piérola; es verdadera y generalizada la devoción que le profesamos (otrora y ahora). No tuvo hijos (al menos, a mí no me consta que los tuviera), pero muchos de nosotros lo llamábamos antaño padre, porque fungió de tal cuando el real no lo teníamos cerca, a mano. Hoy muchos de los que fuimos educados y formados como protociudadanos por él, lo consideramos un padre entre los que no fueron progenitores, pero se comportaron como tales. Así que me confieso hijo de Piérola en varios aspectos de mi ser. Un día soñé que a Piérola lo perseguían por bueno. Y, cuando el sabueso agente, que le seguía e iba tras sus talones, entró en una estación de trenes y, ayudado de un megáfono, preguntó a los allí presentes quién era Piérola, a fin de facilitarle la escapatoria, me salió del alma contestar, a voz en cuello: “Piérola soy yo”. Puede que esa noche hubiera visto “Espartaco”, la película que dirigió Stanley Kubrick en 1960.
Recuerdo, como si hubiera sido ayer, un ensayo del sainete “La bolsa o la vida”, de Joaquín Castro Les. La versión que repetíamos sobre las tablas, a fin de adquirir soltura y aprendérnosla correctamente, tenía varias gordillas ideadas, a propósito, por Piérola, el director. Me rogó encarecidamente que no añadiera nada al texto bendecido por él, pero a mí me brotaba, nacía o surgía, una y otra vez, la obligación de agregarle lo pergeñado por mí, que se me imponía y me quemaba en la mui y no dejaba de hacerlo hasta que lo aireaba o profería.
En el último ensayo propiamente dicho, el general, antes del estreno, volví a ser tentado por el demonio de la improvisación (ciertamente, no repentizada) y caí en el pecado habitual de sumar lo que me censuraba, un día sí y otro también de ensayo, Piérola, pero en esta ocasión no me criticó. Me extrañó sobremanera el hecho y, a renglón seguido, le comenté que esa misma noche, se me había presentado en uno de mis sueños el autor del sainete y me adujo que no me cortara y sumara lo que solía añadir. Piérola me replicó: “—La razón por la que hoy no te he corregido ha sido un sueño que he tenido, complementario del tuyo, en el que el susodicho Joaquín Castro se me ha aparecido para persuadirme de que te dejara libertad para agregar, concediéndote el mismo derecho o privilegio que me había otorgado a mí, proponiéndote que añadieras cuanto consideraras oportuno”.
A quien sea lector asiduo (ella o él) de las urdiduras o “urdiblandas” de Otramotro, le consta, de manera fehaciente, por salir la referencia en sus textos con machacona frecuencia o regularidad, que el abajo firmante estudió siete inolvidables años, siete, interno con los religiosos camilos (tres años en Navarrete, La Rioja, su cielo en el planeta Tierra; y cuatro en Zaragoza, capital, los tres cursos del Bachillerato Unificado Polivalente, BUP, en el seminario metropolitano, y el COU en las teresianas, en el colegio “Enrique de Ossó”).
Aunque muchos cervantistas lo sospechan, se desconoce si Cervantes estudió en un colegio de jesuitas; no es improbable que lo hiciera y se basara en sus propios recuerdos de discente para describir el colegio que de tales religiosos evoca en su novela ejemplar “El coloquio de los perros”, donde le hace decir a Berganza, uno de los canes, lo siguiente a Cipión: “(…) No sé qué tiene la virtud, que, con alcanzárseme a mí tan poco o nada della, luego recibí gusto de ver el amor, el término, la solicitud y la industria con que aquellos benditos padres y maestros enseñaban a aquellos niños, enderezando las tiernas varas de su juventud, porque no torciesen ni tomasen mal siniestro en el camino de la virtud, que juntamente con las letras les mostraban. Consideraba cómo los reñían con suavidad, los castigaban con misericordia, los animaban con ejemplos, los incitaban con premios y los sobrellevaban con cordura; y, finalmente, cómo les pintaban la fealdad y horror de los vicios y les dibujaban la hermosura de las virtudes, para que, aborrecidos ellos y amadas ellas, consiguiesen el fin para que fueron criados”.
Las líneas precedentes, agavilladas por Cervantes en la obra citada son tan ajustadas a las que viví yo entre los inmarcesibles religiosos camilos que he preferido volver a releerlas y dejar aquí apunte expreso de las suyas, a la alternativa que me había planteado, que aparecieran las que yo hubiera conseguido reunir, infinitamente peores.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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