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¿Qué es para mí un coloquio de besugos?

Ángel Sáez García 11 Oct 2022 - 14:00 CET
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¿QUÉ ES PARA MÍ UN COLOQUIO DE BESUGOS?

Acaso convendría que hiciera aquí una consideración previa, o sea, aclarara el asunto en cuestión, esto es, dejara constancia y, por ende, no diera por obvio que a mí uno de mis primeros maestros de escuela, en concreto, el que tuve en segundo curso de la extinta Educación General Básica, EGB, me motejó, tachó o tildó un día en clase (callo su nombre y dos apellidos para que no pueda ser identificado por mis fieles epígonos y estos, en el supuesto de que los tenga, no puedan hacer con él lo que llevaron a cabo mis compañeros conmigo, arremeter violentamente, cuales morlacos) con el sustantivo despectivo de “besugo” (el diccionario de la lengua española, DLE, en su segunda acepción, define dicho vocablo así: “Persona torpe o necia”). Ese fue el prístino apodo o mote que empecé a padecer en sociedad entre mis colegas, unos críos (los tales pueden ser crudelísimos) de mi edad, pues, al usarlo de continuo, lo cierto y verdad es que, lo quisieran o no, con él me lapidaban o martirizaban; hoy, sin embargo, habiendo transcurrido la friolera de más de medio siglo de aquel episodio mortificante (he usado la susodicha voz y no “zahiriente”, porque este término, aunque a alguien más que a este menda le pueda resultar extraño, todavía no ha sido admitido en el DLE) oír el susodicho remoquete, sencilla y simplemente, una de dos, o me la refanfinfla, es decir, me es indiferente, o me hace reír a carcajada tendida, a mandíbula batiente, pues asumo y/o no niego que servidor fuera otrora un sandio, un zote, pero también tuve la fortuna de cara, pues a los doce años fui a estudiar al seminario menor que los religiosos camilos regentaban entonces en Navarrete (La Rioja), y allí, el selecto elenco de excelentes educadores y maestros que me tocaron en suerte y aleccionaron, lograron, si no íntegramente, lo insólito, desasnarme (como lo propio hicieron con el resto de mis condiscípulos, siempre que todos hiciéramos el esfuerzo inexcusable de estar atentos a sus explicaciones y fuéramos coherentes, consecuentes, es decir, pusiéramos un gramo o grano de arena intelectual, un día sí y otro también, de nuestra parte en nuestros respectivos caletres, claro) en la mayor parte.

Como la mejor manera de hacer explícita cualquier enseñanza es poner un ejemplo clarificador, que haga las veces de un espejo donde poder mirar y remirar (y aun admirarse), me dispongo a coronar o culminar dicha tarea. Así que le pido, con especial encarecimiento, a usted, atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, ora sea o se sienta él) de estos renglones torcidos que imagine la circunstancia, escena o situación, en la que dos jóvenes varones, de unas veintipocas primaveras, acuden a una misma dirección y oficina con el propósito de mantener sendas entrevistas de trabajo. Ambos aspiran al mismo puesto, el de mozo de almacén. Ninguno de los dos tiene experiencia previa en dicho menester.

Como a los dos les ha dicho la recepcionista lo mismo, que debían esperar a ser llamados en una sala aneja, donde solo hay un espejo, una mesa de cristal y media docena de sillas, deciden tomar asiento y entablar conversación:

—Hola, ¿cómo te llamas?

—Jonathan.

—¿Nathan es un nombre de pila? Si es así, lo ignoraba, de veras.

—No, majo, no; no te equivoques. Me llamo Jonathan.

—Yo También.

—¿También te llamas Jonathan?

—No; me llamo También.

—¿¡Me estás intentando tomar impunemente el pelo!?

—Lo mismo que tú, pero déjame decirte que solo eres un peluquero aficionado.

—No te he querido tomar el pelo. “También” es un adverbio afirmativo. Por ejemplo, se usa en frases de este jaez: Si tú quieres tomar café, nosotros también; se echa mano de él con el propósito de aseverar la conformidad, igualdad o relación de una cosa con otra mencionada antes en la conversación o el texto. Asimismo, sirve para significar “además”: Fue abogado penalista, y también un político de la Transición, pero como la copa de un pino, y una excelente persona.

—Anda, como mi padre.

—¿Quién fue tu padre?

—No lo sé. Antes de que yo naciera, se marchó de casa y aún no ha vuelto; pero, siempre que le pregunto a mi madre por él, suele soltarme el mismo rollo, que fue “una excelente persona”; pero yo no la creo, ni me creo que él lo fuera.

—Vaya, qué casualidad o puñetera coincidencia, pues como el mío, que salió un lunes de casa, a mediodía, para comprar una cajetilla de tabaco en el estanco de la esquina, según me ha contado mil veces mi progenitora, siendo yo un bebé, hace más de dos décadas de ello, y nada más hemos sabido de él.

—No sé si, de camino a esta oficina, tú has tenido la misma corazonada o pálpito que yo, Jonathan, pero me ha dado en la nariz el tufo de que mi padre tal vez sea el jefe que me contrate.

—No, no la/o he tenido, También; ahora bien, puede que mi padre sea también el tuyo, y, por tanto, que los dos seamos hijos de nuestro próximo jefe.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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