MISIVA A UN BALADRÓN Y A UN MENTIROSO
En esta vida, querido amigo (¿acaso un autor no puede serlo de uno o de varios de los personajes literarios creados por él?), le referí el pasado jueves 1 de diciembre de 2022, media hora antes de que hiciera silbar el árbitro del encuentro el pitido inicial del partido que disputaron las selecciones de Japón y España en el Mundial de Fútbol de Catar, a uno de mis heterónimos habituales y preferidos, Emilio González, “Metomentodo”, si no quieres sufrir un chasco morrocotudo, una decepción de padre y muy señor mío, si no deseas sentirte desconsolado, desencantado, desengañado, desilusionado, en un santiamén, te recomiendo, con especial encarecimiento, que no deposites todos tus huevos en un solo recipiente ni, mutatis mutandis, todas tus esperanzas o expectativas en una sola persona, porque puede que esta, por los motivos o razones que sean, no las satisfaga y tú te lleves, de resultas de todo ello, tal sofocón que llegue a peligrar hasta tu existencia.
(Acaso convenga aclarar, entre los signos de apertura y de cierre de este paréntesis, que el abajo firmante, hacedor de su leal Emilio, le concedió al susodicho, además del nombre de pila, otras virtudes que, asimismo, advertí en su tocayo francés y modelo del mismo, Émile Zola.)
En el arranque de esta carta abrigo la intención o el propósito decente de elogiar a Edmond Louis y Jules Alfred Huot de Goncourt, el puente que hermanó dos excelsas riberas literarias, el sutil pesimismo flaubertiano con el naturalismo de Zola, pues en el testamento de Edmond Louis se hablaba de crear un galardón literario, en memoria de su hermano. No me duelen prendas reconocer la verdad, que no he leído ninguna novela del mencionado autor galo, Zola. Otrora tuve en mis manos “Germinal”, pero la deseché cuando mis ojos repararon en la portada de la inolvidable colección de cuentos de Juan Rulfo, “El llano en llamas”, que fue el libro que pagué a quien me atendió y me llevé en tan memorable ocasión de aquella librería zaragozana. Así que “Germinal”, nunca fue lo que, durante unos breves minutos, al menos, preví que fuera, el germen de todo… un castillo de naipes, que se vino abajo en un pispás, o sea, devino en nada, porque no le presté la atención de mis pupilas, que están tan relacionadas con una mera paronomasia suya, mis papilas gustativas. Cuando alguien me pregunta si he leído esta, esa o aquella obra de este, ese o aquel autor (ella o él), suelo echar mano de unas líneas que subrayé la primera vez que leí “Rayuela”, de Julio Cortázar, y luego, al releerlas, me las aprendí de memoria, para epatar al entrevistador (hembra o varón), a la hora de responder alguna cuestión planteada por él del jaez mentado: “La falta de experiencia es inevitable. Si leo a Joyce estoy sacrificando automáticamente otro libro y viceversa, etc.”.
Puede que no sea verdad, es decir, que la realidad no se le parezca ni en un ápice ni en una pizca ni en nada (de nada) a lo que fantaseo, pero es lo que imagino aquí y ahora, que Zola fue, es y (me temo, sin temer nada, de veras) será más conocido por su carta “J´accuse…” (“Yo acuso”), dirigida a Félix Faure, presidente de la República francesa entonces, que fue publicada en el diario L´Aurore (La Aurora) el jueves 13 de enero de 1898, sobre el affaire Alfred Dreyfus, que propició su propio procesamiento (el de Zola), que no miento, y, a la vez, una reacción en cadena en su apoyo en todo el orbe. En esa epístola, que sí leí (seguramente, en la biblioteca de la facultad de Filosofía y Letras, en el Pabellón de Filología, de la Universidad de Zaragoza, y puede que fuera en la revista “Ínsula”), Émile dijo su verdad sobre el citado caso.
Cuando A afirmó cuanto aseveró sobre B (que, implícitamente, dejaba feo a C; y es que así suelen suceder las cosas y los casos; cuando se destaca a una persona, dentro de un grupo humano, el resto de los no elegidos quedan minusvalorados, perjudicados), ¿fue veraz o mintió como un bellaco? Si fue veraz, ¿por qué tuvo que desdecirse, retractarse? Tengo para mí que A fue leal en la primera ocasión, no en la segunda, aunque en esta aludiera, precisamente, a la lealtad.
Si mi tío Jesús, “el Pato” (y “el Vasco”), viviera, si aún se hallara entre los vivos (en mi mente está presente, porque veo su rostro anciano, en una foto suya a diario, nada más levantarme de la cama; y, de cuando en vez o de vez en cuando, me da por rememorar anécdotas que me contó en lo concerniente o tocante a cuánto tuvo que sufrir él y su/mi familia, durante la posguerra y el franquismo), me apuesto doble contra sencillo a que hubiera llamado a A, al baladrón del título, un mero bravucón o fanfarrón, así: “Poquitín” (aunque hubo a alguno al que lo llamó más tarde, también, “Botiquín”; y sobre el particular tengo varias teorías, pero estas me las guardo para mí).
Confío, deseo y espero (no sé si me excedo o extralimito) que no haya nadie, esto es, que no haya ningún atento y desocupado lector (bien sea o se sienta ella, bien sea o se sienta él) de estos renglones torcidos que tenga dificultades especiales, insalvables, para saber discernir qué tres dirigentes políticos están detrás de las letras mayúsculas A, B y C.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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