CUANDO LA LEY DEVIENE EN UN JUGUETE
POR DOQUIER ACAECEN LOS DESMANES
Hace muchos años, por mediación de Patricia, una alumna mía (a ella le di clases de latín; recuerdo que tuvo la gentileza y/o el gesto —o la gesta— de invitarme a una representación de “La casa de Bernarda Alba”, de Federico García Lorca, en la que ella actuaba; todas las actrices, aficionadas, lo hicieron en aquella ocasión estupendamente), hoy docente, ejercí de profesor de Creación Literaria.
Si no recuerdo mal (sé que de toda comparación que haga esta, esa o aquella persona, sea quien sea, de mí con Ireneo Funes saldré perdiendo; me refiero, por supuesto, al proverbialmente memorioso y memorable personaje literario que salió del magín de Jorge Luis Borges; he querido decir con lo anterior que carezco de su omnímoda memoria, que no llego a sus altas cotas de exactitud ni por el forro, pero acostumbro a defenderme bien, pues con brío he logrado salir airoso, sano y salvo, de un montón de aprietos o bretes), entonces solía leer varios diarios de papel al día y acostumbraba a escoger una columna de opinión, que fotocopiaba, para que mis alumnos escribieran, a su vez, otra (abundando, discrepando, matizando los pareceres que el autor, ella o él, había vertido en ella, o redactando otra que, solo tangencialmente, tuviera una relación, aunque fuera mínima, con la seleccionada), o habláramos sobre ella en clase, guardando el preceptivo turno, sin pisarnos la opinión, por si les servía para iniciarse en el arte y las técnicas del articulismo; pues dicho escrito me había llamado la atención por varias razones, las que fueran, por el “utile”, por el “dulci” o por una mera suma de ambos, que Horacio recogió así, en los versos 343 y 344 de su “Epístola a los Pisones” o “Arte poética”: “omne tulit punctum qui miscuit utile dulci / lectorem delectando pariterque monendo” (“se llevó todo el galardón quien mezcló lo útil con lo dulce, al lector deleitando y, al mismo tiempo, amonestándolo”), ya que lo consideraba mejor que otros, buenos también, y hasta excelentes, pero menos aprovechables, en principio, para y por ellos (ignoro si mi prejuicio me perjudicó más que benefició).
Si aún continuara impartiendo clases de dicha materia, tengo para mí claro, cristalino, qué columna hubiera escogido, sin hesitación, de cuantas leí el pasado fin de semana para dicho menester, la que porta el título de “Así se jodió el Perú” y firma su hacedor, Enric González (EG), en la página 9 del suplemento IDEAS del prestigioso diario EL PAÍS del pasado domingo 11 de diciembre de 2022, difícilmente superable.
Recomiendo encarecidamente al atento y desocupado lector (si usted es asiduo de las urdiduras o “urdiblandas” de servidor, Otramotro, ya sabe qué palabras suelen aparecer entre los signos de apertura y de cierre de este paréntesis) de estos renglones torcidos que, si no la ha leído aún, haga el esfuerzo de hacerse con ella y leerla con pausa, de cabo a rabo, y aun de releerla, porque, mutatis mutandis, lo que cuenta EG de Pedro Castillo en ella puede serle útil, de mucho provecho, a su homólogo y tocayo Pedro Sánchez, que lleva camino de ser conocido por antonomasia en la posteridad, no por cuanto él afirmó ufano cierto día, desenterrar a un dictador muerto, sino porque no me extrañaría que pronto empezara a circular y propagarse, de boca en boca, y, por ende, formar parte del acervo lingüístico normal del español, la expresión “mientes más que Pedro Sánchez” (entre los amigos habituales de cierta cuadrilla, me consta, hay una apuesta en la que el que resulte ganador obtendrá un dineral: se premiará a quien encuentre un asunto o tema en el que el presidente —se cuenta, se dice y se rumorea en cenáculos y mentideros que ha batido todos los récords la colección de embelecos que se le adjudica— Pedro Sánchez no lo haya hecho, mentir como un bellaco).
Hacia la mitad de la citada colaboración dominical, en concreto, en el párrafo quinto de la misma (que, como airea el dicho castellano, al que no le falta aquí razón, no es malo) EG escribe: “¿Cuándo se jodió el Perú? La fecha se ignora. Pero puede afirmarse que eso ocurrió cuando la ley se convirtió en un juguete”.
El párrafo octavo, el no(ve)no y el décimo son de lectura (y aun de relectura) imprescindible, cruciales para inteligir por qué habría seleccionado este menda dicho texto para comentarlo en clase o que hicieran un trabajo sobre él, individual por parejas o en grupos de seis, mis alumnos:
“Supongamos que en España se efectúa finalmente una reforma del Código Penal dirigida a satisfacer las necesidades de un grupo muy concreto de personas: los dirigentes del procés. Primero se les indultó. Ahora conviene modificar los delitos de sedición y malversación, justamente aquellos en que habían incurrido dichos dirigentes y, presuntamente, decenas de sus subordinados. Esto se hace, faltaría más, con las mejores intenciones: pacificar la sociedad catalana, garantizar la estabilidad gubernamental, homologarse con las legislaciones europeas y otros nobles empeños. En este contexto, ya no parece tan execrable (aunque siga siéndolo) que el líder de la oposición presuma de mantener secuestrado el Poder Judicial para evitar que el Gobierno juegue con él.
“Así se convierte la ley en un juguete. Convirtiendo la malversación, o sea, el robo de fondos públicos, en un recurso perfectamente legítimo siempre que el ladrón robe para otros, o por la nación, o por la causa, o por el partido, o por el bien de la humanidad. Ni los gobiernos del PP se atrevieron a tanto. ¿Por qué deberían privarse de hacer en el futuro reformas similares? ¿Por qué no van a efectuar “microrreformas quirúrgicas” para librarse de pasados, presentes y futuros asuntos de corrupción?
“Ojo, porque así se jodió el Perú”.
Conjeturo que, si mis antiguos alumnos tuvieron la oportunidad de leer la columna de EG, abundaron conmigo en el parecer o coincidí con ellos en su criterio. A la susodicha no le sobra ni le falta nada. El uso que hace EG de la ironía al colocar, entre comas, su “faltaría más”, es de una retranca o sorna, amén de inconmensurable e inmarcesible, insuperable.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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