¿DE QUÉ SIRVE SER UN INTELECTUAL,
SI NO EJERCE DE TAL EL SUSODICHO?
Además del sentido (o sentidos, si son varios) recto, normalizado, general, correcto, que cabe leer en el Diccionario de la lengua española (DLE), de cada una de las palabras que usamos, uno es el que es (si funge, no si finge de tal), dependiendo del significado que concedamos a esas dicciones de más. Y, así las cosas, acaso no sobre agregar que no me duelen prendas reconocer lo obvio, que en diversas ocasiones de mi vida no he estado a la altura de las circunstancias, quiero decir que no he sido el héroe que deseé, esperé y hubiera preferido ser, en lugar del cobarde que fui, esto es, que he fungido de camaleón, porque me he mimetizado con el medio, entorno o ambiente. Pero si, amén de dicha acepción, que tiene que ver con el cambio de color, para pasar inadvertido (¿por miedo a los depredadores?), le damos la mera y nueva de ser un lector de cama, por ejemplo, o sea, de gustar leer en la cama, tumbado (mejor, apoyada la espalda sobre el almohadón, doblado o sin doblar) en el lecho, antes de dormir, queremos decir cosa distinta a la canónica o archiconocida, la restringida o tasada.
Como al lector habitual de Otramotro le consta, de manera fehaciente, pues lo ha leído varias veces (cuando doy con o hallo una idea completa, infinita y/u omnímoda, hago como el bebé o recién nacido con el pezón de la teta de su madre o la tetina del biberón, que lo succiona hasta quedar harto o dejarlo exhausto) en mis urdiduras o “urdiblandas”, en el prólogo que antepuso Truman Capote a su obra “Música para camaleones” (1980), la última que publicó en vida, se lee que “cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo; y el látigo es únicamente para autoflagelarse”. ¿Qué quiso decir Capote con ello? Muchas cosas y todas ellas importantes, interesantes, que no tienen por qué ser excluyentes.
¿De qué sirve ser un intelectual, si el mencionado no ejerce de tal? Se empezó a hablar de intelectuales en Europa cuando el novelista francés Émile Zola escribió y publicó el 13 de enero de 1898 su famosa carta “Yo acuso” en el periódico La Aurora, haciendo estallar o saltar por los aires el affaire Dreyfus.
Bueno, pues, mutatis mutandis, eso es lo que, velis nolis, ha venido a hacer Antonio Muñoz Molina (AMM) en la tribuna de Opinión titulada “Los malversadores”, que apareció publicada en la página 15 del prestigioso diario EL PAÍS del sábado 17 de diciembre de 2022.
El atento y desocupado lector (bien sea o se sienta ella, bien sea o se sienta él) de estos renglones torcidos dará de lleno en el blanco o centro de la diana con los dardos de sus ojos, esto es, su mirada y perspectiva, si la lee con pausa y de cabo a rabo (como acostumbro a recomendar que se haga, de continuo u ordinario, con cualesquiera textos). Le aconsejo que ahorre la tinta azul de su BIC, si suele usar la misma herramienta que servidor, porque la subrayará enteramente, pues toda ella es resaltable. No obstante, a fin de no plagiarla, me he decantado por destacar estas líneas inmarcesibles del segundo de sus párrafos: “(…) la malversación concierne al uso del dinero público, y eso provoca un rechazo muy hondo que va más allá de las consideraciones y las preferencias políticas. Cuando la vida es tan difícil para casi todo el mundo, cuando hay tantas necesidades prioritarias que no se pueden atender, el espectáculo de la malversación es tan ofensivo como el del robo descarado, y no es menos grave el perjuicio del bien común. Es sin duda un delito muy serio destinar a una conspiración secesionista fondos públicos que vienen de los impuestos de todos nosotros. Pero el delito cobra su dimensión completa cuando pensamos no ya en qué se gastó, sino en qué podría haberse gastado: cuántas camas de hospital, cuántos puestos de atención primaria, cuántas plazas de profesores, cuántos fondos destinados a la investigación científica y no a la propaganda”.
Que sean bendecidos los azotes que en el citado artículo se ha dado quien se halla tras el trío de estas letras (AMM); ojalá hayan dañado algunos de ellos a quien acreedor se ha hecho a más de uno.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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