MISIVA A QUIEN VA A SER CHANTAJEADO
Querido excompañero de colegio:
Déjame darte, primero, la enhorabuena, por la nueva dignidad que has alcanzado; e, inmediatamente después, recordarte, por si lo habías echado en saco roto, qué nos aconsejó que hiciéramos otrora, en clase de Lengua Castellana y Literatura, en el supuesto de que se dieran unas circunstancias espaciotemporales semejantes, quien fue profesor de dicha materia de ambos en la misma aula, que tuviéramos cuidado con cuanto dijéramos o escribiésemos, porque el día menos pensado, el de nuestra mayor gloria y prestigio, verbigracia, podía convertirse o devenir, apenas unas horas más tarde, sin que mediara o, tal vez, mediando arte de birlibirloque o magia negra, nigérrima, en el de nuestro más ínfimo infierno, ya que dicha jornada podía comenzar con el todo, un galardón inesperado, un triunfo total, y venir acompañado, emparejado, inopinadamente, con o por la nada, una bajeza o mezquindad de nuestra persona, nuestro fracaso más estrepitoso. Como yo no he olvidado la citada recomendación, me permito recordártela, y, asimismo, rememorarte lo que nos adujo otro profesor en clase de Latín, en el mismo colegio, donde ambos cursamos estudios varios años, qué hacían los generales victoriosos que llegaban a Roma en loor (o su anagrama, olor) de multitud, que se hacían acompañar, detrás de ellos, subido al mismo carro de cuadrigas que ellos conducían, mientras recorrían las calles de la Ciudad Eterna, entre vítores, por un esclavo o siervo que les recordaba que no debían endiosarse, como acaso hacía el césar o emperador, porque ellos eran solo hombres, esto es, el memento mori (“recuerda que morirás”): “No olvides que eres mortal”.
El susodicho consejo (conjeturo, especulo) le había brotado, nacido o surgido, de manera natural, sin haberlo leído en los libros, a los que era tan adicto o aficionado, y lo había extraído de su propia experiencia como asiduo confesor, o sea, del conjunto de conocimientos que había acopiado o adquirido por sí mismo, tras escuchar atentamente las faltas narradas por un pecador (hembra o varón), y por otro, y por otro…, imponer la pena y dar la absolución, culminando, de modo sutil, o dando oportuno remate al sacramento de la penitencia. Ese consejo contenía o encerraba (eso colegí yo, al menos) otro en su interior, que haríamos bien, lo correcto, si no nos plegábamos, aveníamos, amoldábamos o ajustábamos a la amenaza de escándalo público u otro tipo de perjuicio que alguien, quizá un enemigo acérrimo oculto y silente hasta entonces, le había formulado a él, a fin de obtener dinero, provecho o ventaja, es decir, de sacar tajada del jaez que fuera, porque, como dijera amén, que sí, al primer chantaje, a este le seguiría otra extorsión y a esta otra, y otra, y otra…
Haber asumido pronto lo obvio, que en ese poliedro que es el alma humana hay tantas habilidades como defectos, tantas facetas dignas de admiración como de desprecio o rechazo (brindando una visión y/o una opinión peor, más pesimista, que la que había salido de la boca y/o de la pluma de Albert Camus sobre el mismo asunto, más optimista), ayuda a adquirir tablas, y a salir airoso, ileso, de cualquier laberinto, brete o aprieto. En los tiempos que corren y las aguas que fluyen por el río de la vida, en los/as que la maldad y la futilidad o inanidad suelen formar tándem y remar juntas en las mismas canoa, dirección y meta, conviene tener presente el pasado, lo vivido, para evitar que en el futuro choquemos, de nuevo, con la misma piedra o tronco, y, de resultas de todo ello, volvamos a volcar y llevarnos, amén de otro chapuzón, otro sofoco, ambos involuntarios.
A Lázaro González Pérez (nombre y apellidos fingidos, ideados por el autor anónimo, lógicos, pues ¿a qué marido manifiestamente cornudo le apetecería cantar y contar una existencia como la protagonizada por Lázaro de Tormes?) no le molestó narrar su vida desde el inicio porque esta es apócrifa, falsa, una divertida añagaza (¿haber sido maltratado y hasta vilipendiado toda su vida por unos y por otros —las excepciones a la norma en el librito se pueden contar con los dedos de una mano, diría mi maestro Unamuno—, le había abocado o condenado a serlo durante el resto de los días de la misma, cuando ahora, por fin, había conseguido salir a flote y levantar cabeza, tras tantos años de naufragio?). Respetando la ortografía original de la época, esto cabe leer al final del prólogo: “Y pues vuestra merced escribe se le escriba y relate el caso muy por extenso, parecióme no tomalle por el medio, sino del principio, porque se tenga a noticia de mi persona; y tambien porque consideren los que heredaron nobles estados, cuan poco se les debe, pues fortuna fue con ellos parcial; y cuanto mas hicieron los que, siéndoles contraria, con fuerza y maña remando salieron á buen puerto”.
Así pues, insisto, déjame que te recuerde qué le dijo el arcipreste de Sant Salvador (está claro, cristalino qué dejó escrito en letras de molde José Ortega y Gasset, “yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo”; ahora bien, ¿salvó este, de verdad, a su presunto beneficiado o lo perjudicó, si consideramos la circunstancia agravante añadida de que solo el demonio tiene el defecto o vicio impar o “contradón” de condenar y condenarse?) a Lázaro: “Lázaro de Tormes, quien ha de mirar a dichos de malas lenguas, nunca medrará. (…) Por tanto, no mires a lo que pueden decir, sino a lo que te toca, digo a tu provecho”.
Y qué le replica presto Lázaro al arcipreste: “Señor —le dije—, yo determiné de arrimarme a los buenos”. ¿Se ha utilizado la ironía con más y mejor fundamento? Puede que no; con igual tal vez.
Así sea; pues me consta, porque me lo han certificado, que no siempre fuiste el santo varón que eres hoy, pero ¿quién vive sin pecar?, ¿quién?
Epístola con rúbrica ilegible (¿cabe que califique alguien de anónima?).
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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