PADILLA PADECIÓ UNA PESADILLA
De la entrevista que le hizo Íñigo de Barrón a Rodrigo Rato y apareció publicada en la página 53 del prestigioso diario EL PAÍS del pasado domingo 4 de junio de 2023 subrayé estas líneas que pone De Barrón en boca de Rato: “Uno se acostumbra a todo, pero en prisión cada día pesa, por eso se tachan”. Bueno, pues reconozco que me he propuesto tirar de ese hilo para ver adónde me lleva.
Está claro, cristalino, que el hombre, en genérico, es un animal de costumbres. Pero se acostumbra mejor, infinitamente mejor, a vivir de manera holgada que de forma estrecha. Lo trenzaré, al menos, de otro modo, en una democracia que en una autocracia o dictadura, para que el atento y desocupado lector (ella, él o no binario) de estos renglones torcidos pueda optar por otro dilema, quiero decir, decantarse por la alternativa que más le guste o por la opción que más le satisfaga. Es evidente que prefiere que sus hábitos sean elegidos por él a impuestos por otro u otros.
La cárcel (lo itera el grueso de quienes la frecuentaron y no eran funcionarios de prisiones) no es un plato de buen gusto. Y este, además, sabe a demonios, si a los barrotes les acompañan o se le suman las torturas y las vejaciones sin testigos (salvo las víctimas y los verdugos). Que se lo pregunten a Heberto Padilla (bueno, ahora no, que lleva más de dos décadas criando malvas; que se lo hubieran preguntado a Padilla cuando aún vivía). El sábado 3 de los corrientes mes y año, en la página 11 de EL PAÍS, leí la tribuna excelente (impecable, salvo por un adverbio, hoy, que es un verbo, hay) de Antonio Muñoz Molina, “El sudor en la cara de Heberto Padilla”, sobre el premiado documental “El caso Padilla”, que realizó el cineasta cubano Pavel Giroud sobre el malogrado poeta en 2022.
Las tres horas que duró la retractación de Padilla aquel 27 de abril, de infausto recuerdo, de 1971, le hicieron sudar gota gorda, no solo a quien estaba en el uso de la palabra y fue obligado a desdecirse, sino también a cuantos asistieron a dicho espectáculo bochornoso, en el que el espíritu del vate había decidido desertar o abandonar el cuerpo del pelele.
El último párrafo de “El arte de injuriar”, opúsculo con el que Jorge Luis Borges dio estupendo remate a su “Historia de la eternidad” (1936) dice así: “Una tradición oral, que recogí en Ginebra durante los últimos años de la primera guerra mundial, refiere que Miguel Servet dijo a los jueces que lo habían condenado a la hoguera: ‘Arderé, pero ello no es otra cosa que un hecho. Ya seguiremos discutiendo en la eternidad’”.
Está claro que el oscense (o navarro y hasta tudelano; pues no falta la tesis que así lo conjetura o especula, verbos que otros mudan por acredita y asevera) Servet era creyente. Ignoro si lo fue Heberto Padilla (hay que reconocer sin ambages que las iniciales de su gracia de pila y primer apellido no se brindaban, ni inclinaban, ni ofrecían, ni prestaban, no, al ditirambo, al encomio excesivo). Como el abajo firmante, con el lento paso del tiempo, de creyente a machamartillo ha devenido en ateo a ultranza, juzga que hubiera hecho, en el supuesto de que las circunstancias que sufrió Padilla se hubieran iterado en su caso, tres cuartos de lo propio que coronó él, cantar la palinodia, cuantas veces hubiera hecho falta, al amanecer y al atardecer, si fuera necesario. ¿Cuántos años hubiera vivido encarcelado, siendo torturado cada dos por tres, un día sí y otro también, uno, dos, tal vez tres? Con esa añagaza, subterfugio o treta (indigna, sí, pero entendible por cualquier persona sensata, justa, con dos dedos de frente) pudo disfrutar casi de tres décadas más de vida.
Servidor, a ojos cerrados, hubiera optado por el derrotero que le impusieron (más que escogió Padilla). Desconozco si el poeta había leído la novela “El guardián entre el centeno” (1951), de Jerome David Salinger. En el capítulo antepenúltimo, el 24, de dicha obra su autor recuerda el argumento irrefutable del psiquiatra austriaco Wilhelm Stekel: “Lo que distingue al hombre insensato del sensato es que el primero ansía morir orgullosamente por una causa, mientras que el segundo aspira a vivir humildemente por ella”.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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