CASUALIDAD PROPICIA O SERENDIPIA
DEL DE SÍSIFO MITO DOS VERSIONES
El otro día (hace ocho o diez jornadas como mucho, no más), de madrugada, después de darle mil y una vueltas al tarro de las quintaesencias (así llamo al caletre, estando el asunto, causa recurrente de la proyectada consulta, dentro del tal, a punto de ser combatido y, de resultas de ello, batido, en más de un sentido), tomé la determinación que llevaba procrastinando un día y otro y otro; y, a las siete y media de la mañana, después de desayunar, salí de casa, antes de que abrieran el centro de salud (ya había gente esperando, haciendo cola, cuando arribé a su puerta). Quería que me dieran cita a primera hora (siempre dejan un par de huecos para casos perentorios). Subí satisfecho a la segunda planta, donde tiene su consulta mi médica de atención primaria, Carmen, un sol. En veinte minutos me atendería la doctora Lápiz. Tomé asiento en uno de la sala de espera, y volví a lo asiduo, al cielo endemoniado, al inicio cervantino y al final borgiano.
A los pocos minutos, menos de tres, llegó otro paciente, que, educadamente, me dio los buenos días y yo le devolví el saludo (en puridad, me quedé con el suyo, que había llegado a mis oídos, y él hizo lo propio con el mío). Me brotó preguntarle a qué hora estaba citado, y me llevé una lógica sorpresa cuando me contestó, qué casualidad, a las ocho y veinte, la mía. Reconozco que fui poco original, pues le comenté y aduje la razón usual en estos casos: ¡A ver si alguien ha metido la pata y nos ha citado a usted o a mí para otro día!
Como detesto los silencios, tan incómodos, debe ser por mor de mi horror vacui, horror al vacío, que no me he logrado cepillar o deshacerme de él, le seguí preguntando: ¿Qué le pasa a usted, si puede saberse? Que, desde hace más de un mes, se me está repitiendo el mismo sueño; y, cuando me despierto, tengo la sensación refractaria de que me han dado una tunda de palos. ¿Qué sueña? He insistido en interrogarle. No soy fiscal, no, le he confesado, por si lo había pensado. Pues que me subo a un corcel blanco, precioso, con media docena de rayas negras en su anca o grupa derecha (no, no es una cebra), que parece que está domado, pero resulta que no. Me doy cuenta de que sigue sin domeñar del todo, una vez me he subido a la silla. Bueno, pues, este, aunque soy un jinete avezado, no se cansa de hacer cabriolas, como el “Trueno” de “Horizontes de grandeza” (“The Big Country”, la película dirigida por William Wyler en 1958), hasta que me descabalga y lanza al suelo. Cuando me ve que he mordido el polvo, tras hacerme pasar por las horcas caudinas, parece que se mofa o ríe de mí con un relincho zumbón y sale abanto, espantadizo. Claro, lo entiendo, le dije; usted se levanta con los huesos y los músculos molidos, como si hubiera sido cierto cuanto sueña. Eso es que toma el suceso onírico por auténtico y luego lo somatiza. Seguramente, usted desea que la galena le dé un volante para el psicólogo o el psiquiatra. Eso, me confirmó o ratificó. Por cierto, me nació seguir preguntándole: ¿Ha probado a no montar en dicho corcel, a ver qué pasa? Puede que identifique esa palabra, corcel, con una paronomasia suya, cárcel, y eso contribuya a que no pueda desprenderse de las seis rayas negras del caballo, pues acaso vea en ellas los barrotes de una trena, una mera versión del eterno retorno nietzscheano. Seguiré al pie de la letra su recomendación y probaré a no montarlo, me retrucó.
¿Y a usted qué le pasa?, me preguntó él, a su vez. Que no puedo echar en saco roto, expulsar de mi memoria u olvidarme el primer capítulo del “Quijote”, que me acabé de aprender de memoria hace un mes, ni tampoco el último párrafo del Epílogo de “El hacedor” (ídem). Esté donde esté, menos ahora, qué raro, en su compañía, ¡a ver si va a ser usted para mí mano de santo!, recuerdo el uno y el otro, o el otro y el uno, uno detrás del otro, o viceversa. Menos ahora, insisto, mientras dialogo con usted. ¡A ver si la solución va a radicar en hacerse a la idea o imaginar que estamos departiendo, incluso del tema en cuestión! ¡Tendría tres bemoles la cosa!
Al rato, pasadas las ocho y cuarenta minutos, vino una enfermera, que no era la nuestra, que nos avisó de que la doctora había tenido que desplazarse a un domicilio para atender una urgencia. Ambos, si no curados del todo, medio sanados de nuestros achaques, por arte de birlibirloque, o vete tú a saber cuál fue la concreta e ignota causa de la causa del bien causado, ¿la chiripa o serendipia?, tal vez, decidimos, conforme se iba llenando la sala de espera con otros pacientes citados, de mancomún, marcharnos a casa.
Desde entonces, lo que me ocurría no me acaece. Confío, deseo y espero que otro tanto le suceda a mi benefactor, que el caballo con rayas negras no lo descabalgue nunca más de la silla.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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