UN TOGADO A OTRO LE HACE LA PUÑETA
Este es el título de la noticia que acabo de leer en el diario (no le brindo más datos de su mancheta para que usted, atento y desocupado lector, ora sea o se sienta ella, ora sea o se sienta él, de estos renglones torcidos, especule, o sea, haga conjeturas, ateniéndose o no a un “protocoelculo” —a ninguna fémina ni varón, por supuesto, pues eso lo catalogaría servidor como acción violenta, desmán o tropelía—, que es mi manera zumbona de llamar así al protocolo) y, lo reconozco sin ambages ni requilorios, no salgo de mi asombro. Un juez osado, osadísimo (acaso termine asado, asadísimo), ha sentenciado que otro, magistrado del Tribunal Supremo, no puede seguir participando en el concurso televisivo “Bese el pesebre”, de máxima audiencia. “El ejercicio de la judicatura es incompatible con ser un esporádico o diuturno concursante de un programa de televisión, pública o privada”, se lee en los fundamentos de derecho del pronunciamiento adoptado, entre otras lindezas o lanzadas. Al parecer, al que ocupa un lugar más alto en el escalafón (de gustos más exquisitos; a quien le gusta el licor fetén, pues detesta el de garrafón), al verse perjudicado y vetado por su colega, nada más tener conocimiento de dicho fallo (nunca vino mejor, más a propósito, según el fastidiado, y a cuento la citada voz, como alianza al dedo anular) en su contra, se lo ha tomado a guasa, ya que ha declarado, sacando al bromista que acarrea y, salvo entre sus amigos y seres más allegados, no es partidario de exhibir o exponer, esta coña: “A diferencia de los bomberos, que no se suelen pisar la manguera, entre nosotros es costumbre inveterada, que cursa sin mayores problemas, pisarnos las togas”.
A mí no deja de admirarme el manifiesto agravio comparativo que he advertido, porque aquí se puede ser (me consta, de manera fehaciente) maestro y actor protagonista en películas para adultos, adúlteros de ambos sexos incluidos, ciertamente (pues, si un rol lo cumple satisfactoriamente, eso, no implica ni indica, necesariamente, de ninguna de las maneras, que el otro lo vaya a descuidar —“la recompensa del trabajo bien hecho es la oportunidad de hacer más trabajo bien hecho”, sentenció otrora Jonas Edward Salk; bien en su ámbito laboral habitual o en cualesquiera otros, se permite agregar el abajo firmante—; ninguno de esos papeles debe desacreditar, en principio, al otro, salvo que el opinante, ella o él, más censor que crítico, o viceversa, acarree un montón de prejuicios, pues, por la razón que sea, no se los ha conseguido cepillar aún del todo); se puede ser profesor de griego clásico (rara avis, aunque esta expresión sea latina) en el Instituto de Enseñanza Secundaria Obligatoria (IESO) “Juan de Mairena”, de Algaso, y retransmitir los fines de semana partidos de pelota a mano para una televisión pirata; ser bombero e interpretar el papel de un pirómano en una tragicomedia desopilante, absurda, que ha llevado al escenario del teatro “Te ato a la butaca” una compañía amateur; se puede ser secretario de un colegio y jugador de pádel, dentista y jugador de rugby; se puede ser ama de casa y, mientras esta hace su cama o la comida, fingir orgasmos a gogó por teléfono (como eso mismo hace mi vecina, verbigracia, que es un portento como impostora, pues corona o culmina a la perfección su trabajo; a mí me pone a cien en menos que canta un gallo o que este se come un callo; y es que las paredes de los pisos del edificio donde vivo parecen haber sido hechas no con ladrillos, no, sino con papel de fumar, ya que, si dejan pasar el aire frío del invierno, difícilmente pueden impedir que no crucen nítidos los tiernos suspiros, gemidos y ayes, aunque la señora que los emite vaya en bata de guata y los rulos hayan colonizado su cuero cabelludo); se puede ser médico de atención primaria en un ambulatorio y árbitro de balonmano.
Ergo, ¿por qué no se puede ser juez y concursante televisivo en “Bese el pesebre”? Sé de un policía que pudo compatibilizar, sin mayores problemas, ambos roles (esa circunstancia, precisamente, le permitió comprarse, tras salir airoso del laberinto del pesebre, el reloj que le gusta llevar en la muñeca, pero no exhibir, ni fardar que lo porta en tal sitio, de la marca cuyo anagrama corona una ídem de cinco puntas, sí, rolex).
Rememoro otro antecedente. Mi amigo y heterónimo Emilio González, “Metomentodo”, mientras ejercía de inspector de Trabajo, escribía crónicas de carreras de caballos en los hipódromos de La Zarzuela (Madrid), de Lasarte (San Sebastián), de Andalucía Javier Piñar Hafner (Sevilla), para un periódico deportivo madrileño, de tirada nacional. Ganó la querella que le interpuso no sé quién por un presunto caso de incompatibilidad, al argüir su abogado defensor que, si Emilio cumplía con creces las tareas asignadas a dichos puestos de trabajo, pues no había recibido aún ninguna queja al respecto, ¿por qué no podía llevar a cabo ambas profesiones si las realizaba de manera impecable, una, durante la semana, y otra, durante el finde? Como inspector, firmaba las actas que levantaba con su nombre y apellidos reales; como articulista, rubricaba sus crónicas con un acrónimo que había resultado de reunir las primeras sílabas de tres sinónimos de babieca (así define dicho vocablo el Diccionario de la lengua española, DLE, “Persona floja y boba”), usando el apellido de otro, al que solía añadir el alias del famoso caballo del Cid Campeador, “Babieca”: Me(mo)le(lo)pas(marote) Gaznápiro, “Babieca”.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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