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Necesito ocho versos octosílabos

Ángel Sáez García 05 Jun 2024 - 14:00 CET
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NECESITO OCHO VERSOS OCTOSÍLABOS

Aunque hoy no deseaba echar la siesta, porque los quehaceres abundaban, como estaba cansado, he claudicado, y, lector, me he inclinado por dormirla. Te confieso que ha sido provechosa, pues he tenido en ese cuarto de hora, que la misma ha durado, como mucho, dos sueños (quizá ha sido alguno más), pero los dichos son los que recuerdo.

Durante el primero, una cantante conocida, de la que no diré su nombre, para que no se moleste conmigo (no es un requisito imprescindible brindar ese dato para narrar cuanto he soñado con ella), ha llamado a la puerta de mi casa y, como ya nos conocíamos previa y mutuamente, nos han sobrado sendos holas para presentarnos. Me he hecho o echado a un lado y he dejado el quicio expedito para que ella entrara y se dirigiera al lugar acostumbrado, al salón; cuando ha tomado asiento (yo la seguía detrás, cual perro faldero, por el pasillo) en el sofá, me ha soltado:

—Necesito ocho versos octosílabos para conformar con ellos un estribillo picante. Son los que le faltan a la canción que he compuesto para que sea el éxito musical del próximo verano. Y son tan perentorios para mí, que los necesito ya.

—¡Qué sorpresa!

—Te consta que no soy una monja cautiva, aunque puede que lo haya sido o lo sea en una vida pretérita o futura, pues sabes que creo en la metempsicosis o transmigración de las almas.

Do ut des. Necesito ocho polvos contigo, bombón o pibón, elige. Y los necesito ya. Son urgentísimos.

—Primero los versos.

—¡Naranjas de la China! Primero los polvos, que te conozco, como si te hubiera parido, y ya no me fío de ti. No ocurrirá cuanto sucedió la última vez que apareciste por estos lares, que me dejaste o me quedé a dos velas.

—Eso no es del todo cierto. Te envié a casa dos prostitutas, para que pudieras optar. Les di un cheque al portador con cuatro cifras ¡por no hacer nada!

—Sabes que detesto a las putas, aunque me pirran o privan los sonetos en las que aparecen las tales. Yo siempre te preferiré a ti.

—Pues, venga, ocho “cochinadas” seguidas. Por cierto, ¿no serán muchas? Mira, que te veo mayor para tanta juerga.

No había acabado de decir la última frase y ya había empezado a quitarse la ropa. A lo que yo le repuse:

—Pero, reina, ¿sin habernos duchado antes?

—Yo ya lo he hecho hace unas horas. Te aviso que, salada, gano enteros en encanto o morbo, como lo propio le sucedía a Josefina con Napoleón, que le solía mandar oportuno recado de que regresaba a París, cuando estaba en campaña, guerreando, para que no cometiera el desliz o la torpeza de bañarse y dejarle al emperador sin saborear su “asco rico”.

—Pues dicho y hecho. Al lío.

En este punto culminante o apoteósico del sueño, el clímax, sin duda (siento dejarle al atento y desocupado lector, ora sea o se sienta ella, él o no binario, con las ganas de saber más), el sueño se terminó.

Durante el segundo, servidor se hallaba sentado en una butaca del cine “Moncayo”, de Tudela. Me había invitado a ver una película tierna XXXXXX (habrá comprobado el lector que son seis las equis, pero podría haber nueve). Tras cada una de esas equis se esconde una letra; el total de ellas conforman un nombre de mujer; solo adelantaré que entre ellas hay una a y una e, por lo menos.

A mitad de emisión de la cinta, ella ha colocado su diestra sobre mi muslo izquierdo y yo, como mero acto reflejo, he hecho lo mismo con mi zurda sobre su derecho. Como, tanto su mano como la mía, quemaban recíprocamente nuestros muslos, nos hemos mirado en la penumbra y hemos advertido en las pupilas del otro el deseo de besarnos y nos hemos dado uno de tornillo o morreo. Luego ha venido el segundo. Más tarde el tercero, tan certero como los anteriores. Y…

Yo quise, quiero y querré a XXXXXX desde que la vi la primera vez, pero nunca, hasta el sueño que relato, había cruzado más de un hola con ella, porque entonces tenía novio y luego marido. La causa acaso esté en que me he enterado de que hace pocos meses se ha divorciado. No me ha importado esperar cuarenta años, porque sus labios y su lengua me han sabido a ambrosía y a néctar, comida y bebida de dioses.

Sin saber por qué, mientras besaba por enésima vez a XXXXXX, he compuesto estos ocho versos (¿habrá sido XXXXXX mi musa desde aquellas fechas y acabo de enterarme de ello ahora, cuando he probado su saliva, que sabe a aceite de oliva?): “Dame, dame, dame, dame, / dame, que me gusta mucho, / cómo entras y cómo sales / de mí con tu cucurucho. // Dame, dame, dame, dame, / que disfruto un montón, mucho, / cuando vas y cuando vienes, / manejando tu serrucho”.

   Nota bene

He de reconocer sin ambages, requilorios ni tapujos que mi musa es generosa, pero hoy ha decidido mostrarse, además de poliédrica, espléndida, pues a los ocho versos que le he solicitado de manera sui géneris, una vez concedidos estos en un santiamén, por su cuenta y riesgo, como chorretada, gratis et amore, ha agregado otros cuatro. Le he rogado que me adujera la razón y me ha dicho que eran por si los necesitaba de repuesto o como alternativa, por si alguna de las dos cuartetas (no “curatetas”, como había escrito al principio; en qué estaría pensando servidor) sugeridas no terminaba de convencerme del todo o me daba grima: “Dama, mil morreos dame, / fuerza y valor cuando lucho; / da curso a cuanto te pido, / como hago con lo que escucho”.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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