¿SOBRA CON QUE UNOS REQUISITOS CUMPLAS
PARA QUE SI ERES ÍNTEGRO SE PRUEBE?
Pues, en un principio, aunque esto te cueste creerlo o pueda sorprenderte, sí. Basta con que cumplas media docena de condiciones imprescindibles o más, de requisitos necesarios (que seas una persona de carne y hueso y viva, que no estés en coma ni hagas vida de anacoreta o ermitaño; que seas, amén de mayor de edad, un adulto, ora hembra, ora varón, hecho y derecho; que tengas conciencia social y compromiso humanitario, solidario; y que pienses, como mi amigo y heterónimo Emilio González, “Metomentodo”, que “cuando una ley es inicua, el desacato se impone, pues este deviene una obligación”), para que tu propia existencia, sin que le hayas pedido nada, te abastezca o suministre un número indeterminado de momentos cruciales, que vengan a poner a prueba tu integridad moral y tú veas, en esas situaciones o tesituras, que te empujan a implicarte en el asunto o quid de la cuestión y a tomar partido, espejos donde mirarte, sin portar máscara ni mascarilla y, en el supuesto de que haya o hubiera donde te encuentres o hallaras pintores expertos en hacer retratos, reproduzcan o pintaran fielmente las imágenes que desvelen o reflejaran, tus rostros respectivos.
Está claro, cristalino, que muchas personas nos confesamos o reconocemos, en soledad y en compañía o sociedad, contrarios a llevar a cabo o participar, como cómplices, en acciones o hechos injustos, inmorales, delictivos, pero llegado el caso, el momento decisivo, concreto, desconocemos cómo actuaremos. Como solo tenemos una vida, nuestro bien más preciado y precioso, no como los gatos, pues de estos, los felinos, se airea que algunos gastan o tienen siete, habrá quien afronte la situación a pecho descubierto y dé un paso al frente y habrá quien no lo dé, sobre todo, si advierte, barrunta o intuye que el paso que se dispone a dar entraña un riesgo que pueda poner su vida en serio peligro. A mí, si me da tiempo a pensar qué voy a hacer, que procuraré que lo haya, que no me falte, por la cuenta que me trae, seguramente, me venga a la mente y recuerde algo que aprendí de mi propia experiencia o de mis lecturas, por ejemplo, mientras leía la novela “El guardián entre el centeno” (1951), de Jerome David Salinger, donde se hace referencia a cierto pensamiento de un psiquiatra austriaco, Wilhelm Stekel, que le sirvió al susodicho especialista en la psique humana para distinguir la actitud de un hombre insensato del proceder opuesto o contrario de un congénere sensato, de esta guisa: mientras el primero ansía morir orgullosamente por una causa, el segundo aspira a vivir humildemente por ella.
Siempre habrá quienes (fieles testigos presenciales de los hechos acaecidos o no), tras conocer nuestros actos, interpreten nuestras gestas o gestos, sean estas/os las/os que sean, según sus perspectivas o puntos de vista personales, particulares. Uno, servidor, este menda, quien firma abajo estos renglones torcidos, llegó a dicha conclusión hace muchos años, cuando leyó, procurando aprender y disfrutar, al alimón, los ejemplos proverbiales que incluyó en “El conde Lucanor” (1335) el infante Don Juan Manuel, pues ya sabe a qué atenerse y que, haga lo que haga, será criticado por ello. Basta con leer el segundo apólogo de dicha colección (que porta el título “De lo que aconteció a un hombre bueno con su hijo”) para darse cuenta de lo que le espera, que acaso unos le aplaudan o elogien por esto y otros, tal vez, abucheen, denuesten u oprobien por lo mismo, o por eso o aquello.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
Home