HACE HONOR A SU NOMBRE Y DEJA ESTELA
Halladas, ¿qué ha de hacerse con las fuentes de más de siete caños y agua fresca? “Pregonar el hallazgo, sin reparos, por donde peregrinos caminemos, de su ubicación dando pormenores, aireando a los cuatro vientos eso, cuanto ha dejado de ser un secreto, por a voces haberlo propalado”, me acaba de chivar mi musa, Estela, que a su gracia hace honor y deja la ídem.
Fernando Aramburu, en el arranque del cuarto párrafo de su pieza literaria titulada “Y de pronto Rosa Berbel” (el abajo firmante se está refiriendo, por supuesto, a la página 247 de su volumen plurinspirador rotulado “Utilidad de las desgracias y otros textos”, publicado por Tusquets Editores en 2020), asevera que “no cerrarse a las obras de los autores jóvenes puede depararnos sorpresas agradables”, una verdad como un templo, inobjetable, apodíctica, que puede servirnos, asimismo, para cualesquiera autores, no solo para los jóvenes (ellas, ellos o no binarios).
Servidor un día procedió a cepillarse cuantos prejuicios acarreaba o portaba y traía prendidos, como pines, de la ropa y complementos que vestía y llevaba; desde entonces, ha acostumbrado a su paladar a no hacer necios distingos, sandias restricciones de diverso jaez, como, verbigracia, este/a, si los gratos sabores que dejaban en su boca los textos (escritos en prosa, en verso o en ambos) leídos procedían de un autor joven, maduro o veterano. La cuestión de la edad del hacedor nada le dice a este menda; sí que lo que está leyendo o ha leído es bueno o, aún mejor, óptimo, le haya concedido la crítica o el público el marchamo merecido de clásico o no ganado todavía.
Con mayor o menor conciencia del hecho en sí, como todos los seres humanos nos comportamos, si no de igual, de parecida manera (puede que haya, como eso mismo se predica de las reglas de ortografía, algunas excepciones, pero estas vendrán a confirmar la vigencia de dicha norma), tendemos a catalogar a nuestros semejantes y a colocarlos dentro de cajones o compartimentos estancos. Solo quienes, decentes u honestos a rajatabla, advierten el yerro en el que incurrieron por proceder así, y tienen como norte actuar con justeza, se empeñan en no volver a cometer el mismo fallo. Porque lo cierto y verdad es que hay congéneres nuestros (nosotros, por ejemplo, sin ir más lejos) que, porque el día que conocieron a una persona vieron en ella (ora hembra, ora varón) un gesto egoísta, lo será para siempre, sin remisión ni revisión. “Remataperros” se queja, con razón, de que sigan llamándole así, porque, en un despiste que tuvo otrora, pasó con su tractor por encima de un can que había muerto (aunque pregunté a varios lugareños al respecto, nadie supo darme cuenta del verdadero motivo del fin de sus días) y nadie había procedido a quitarlo del camino por el que pasó Gervasio, “el Remataperros”. A “el Barbas”, en otro pueblo, le sigue llamando todo quisque de esa misma guisa, porque hace la tira de años se la dejó. Hace aún más años que no la lleva y que se afeita a diario, bueno, pues, que si quieres arroz, Catalina, por esa razón de peso no le han cambiado el mote y mudado por “el Afeitado”, por ejemplo, no, pues sigue siendo (y lo seguirá, me temo, hasta que fallezca y aparezca dicho alias en su esquela mortuoria) “el Barbas”. Así las cosas, otro tanto acaece u ocurre con los escritores. Un crítico de renombre o un colega de prestigio, académico, verbigracia, dijo esto, eso o aquello sobre un literato y ya no pudo quitarle nadie el sambenito que el uno o el otro le colgaron. Que se lo digan a Benito Pérez Galdós, a quien Ramón Valle Peña, Valle-Inclán, en su “Luces de bohemia”, por boca de su personaje Dorio de Gadex, lo tildó con la nota denigrativa de “Don Benito el Garbancero”.
Entiendes ahora, Estela, ¿por qué prefiero que me conozcan los demás con el seudónimo literario que escogí para mí, Otramotro, a que me llamen con la mancha ajena que alguien puede derramar involuntariamente sobre mí o echarme aposta, de mala fe?
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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