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¿Las píldoras ajenas no te salvan?

Ángel Sáez García 21 Ago 2024 - 14:00 CET
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¿LAS PÍLDORAS AJENAS NO TE SALVAN?

“Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo”.

José Ortega y Gasset, en “Meditaciones del Quijote” (1914).

A mí, más de una vez, me han amparado. Y, como en el convento no hay docente que en formación supere a fray Ejemplo, pondré uno, cristalino, educativo, que facilite que huyas de la quema.

Anteayer un comunicante espontáneo (puede que el tal sea tan guasón como yo, o incluso más zumbón todavía; me da en la nariz el tufo de que en otras ocasiones ha usado diferentes nombres y apellidos, o sea, que hace, queriendo o sin querer, o una mera fusión o confusión de ambos, “sin querer queriendo”, como solía proferir el Chavo del Ocho, papel interpretado por el finado actor humorista y director mexicano Roberto Gómez Bolaños, lo mismo que este menda, pero carezco del dato o documento fehaciente que me permita poder acreditar o certificar el hecho, tan solo conjeturarlo) me mandó a la dirección de correo electrónico que más uso en Gmail esta pregunta: “¿De dónde te nace o viene la manía de inventarte personajes, tus heterónimos?”. Ayer, por la mañana, en un ordenador de la biblioteca pública “Yanguas y Miranda”, de Tudela, nada más leer su interrogación, le respondí esto: “Sobre todo, de Fernando Pessoa, Antonio Machado y, por supuesto, de Miguel de Unamuno y Jugo (razón por la que escogí, precisamente para mí, como heterónimo por antonomasia o excelencia, Otramotro; pues, de una mera descomposición de su primer apellido, Una-m-uno, nace Otra-m-otro).

Ayer, por la tarde, tras darme las gracias por mi pronta contestación (cosa que no había hecho hasta entonces; por tanto, bienvenida sea la muestra de gratitud, si es sincera, venga de donde venga) volvió a preguntarme: “¿Por qué un autor, en concreto, un poeta, se tiene que inventar otros, masculinos y femeninos, como haces tú o es tu caso?”. Por si te sirven, le he contestado esta mañana, nada más llevarme a los ojos su cuestión, pues no mejorarán las mías, te mando las palabras que le he pedido prestadas a Antonio Machado, que cabe leerlas en su “Juan de Mairena: sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo” (1936): “¿Pensáis que un hombre no puede llevar dentro de sí más que un poeta? Lo difícil sería lo contrario, que no llevase más que uno”.

A la hora, poco más o menos, de haberle respondido, el inquisidor o maletilla literario ha vuelto por sus fueros y ha insistido en preguntarme: “¿No crees que sería bueno que indicaras o señalaras a tus lectores, en una advertencia preliminar o nota aclaratoria, que muchas personas que mencionas en tus textos son irreales?”. Reconozco sin ambages, que me ha venido que ni pintado, pintiparado, como anillo al dedo anular, recordar qué dejó escrito en letras de molde Fernando Pessoa en su “Esbozo de un prefacio para el cancionero de Álvaro de Campos”: “El único prefacio a una obra es el cerebro de quien la lee”.

¿Volverá a interrogarme algo hoy o mañana el espontáneo? Echo mano esta vez de Cervantes, quien, al final del capítulo XXV de la Segunda parte de su imperecedera obra, “El Quijote”, por boca del manchego caballero andante, adujo: “—Los sucesos lo dirán, Sancho —respondió don Quijote—; que el tiempo, descubridor de todas las cosas, no se deja ninguna que no la saque a la luz del sol, aunque esté escondida en los senos de la tierra”.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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