SON LOS PELOS DEL CULO UNOS ESCLAVOS
Hasta ayer, este menda, su seguro servidor de usted, atento y desocupado lector, creía, a pies juntillas, que la razón que solía venirle, de ordinario, a mi apócrifo amigo, Emilio González, “Metomentodo”, a la mente y, a renglón seguido, a su mui o sinhueso, porque, sin dilapidar un par de segundos apenas, la profería para motejar a un imbécil, era la misma y manifiestamente incuestionable, es decir, iba a misa: “Es más tonto que los pelos del culo, que ven pasar la mierda y no se apartan”. Pero a la susodicha pulla le llegó Paco y, con este, su proverbial rebaja, unas ganas irrefrenables de bajarle los humos.
Ayer los pelos del culo decidieron, de mancomún, y le adujeron a coro a Metomentodo esto: “¿Usted cree, de veras, que, si nosotros pudiéramos llevar a cabo la acción que nos achaca y afea, no la hubiéramos coronado ya? Nos tememos que usted se las da de lo que no es, de listo; se ufana de ser más avispado de lo que es en realidad; acaso porque su soberbia le impide reconocer sin requilorios lo evidente, que es un sandio redomado”.
Metomentodo, tras reflexionar, de manera concienzuda, al respecto, considerando que la reprimenda recibida por parte de los pelos del culo se la había merecido y ganado a pulso, reconoció, cosa que le honra, su inconcusa metedura de pata, y se comprometió a no volver a echar mano de dicha razón, porque era, amén de una impertinencia mayúscula, una meridiana falta de respeto hacia ellos, los pelos del culo, para los que su ubicación jamás de los jamases fue un acto libre, voluntario, sino una imposición en toda la regla.
Hoy, por ejemplo, mi falso amigo recuerda el argumento, que a ambos tanto nos gustó, gusta y gustará, de Karl Raimund Popper, que reputamos y repetimos, al alimón, que es una certeza apodíctica: que la verdad es interina, tiene carácter provisional, pues dura en pie, sobre el pedestal, hasta que es contradicha por otra que, en ese preciso momento, tras derribarla, viene a ocupar su prestigioso lugar.
Y servidor rememora ahora, que está disfrutando de su segundo día de vacaciones estivales, hospedado confortablemente en una habitación del Hotel “Magec”, en la calle Cupido del Puerto de la Cruz (Tenerife), patria chica del fabulista Tomás de Iriarte (en cuya biblioteca, en esta, la presente oportunidad, no he podido usar, durante la acostumbrada hora de años anteriores, uno de los ordenadores que otros septiembres estaban a disposición de los usuarios de la misma por una cuestión que tiene que ver con el Cabildo, según me ha informado uno de los bibliotecarios de la mentada; pues estos renglones torcidos los estoy pasando a una computadora del locutorio que regenta Samba); y, asimismo, los cuatro versos octosílabos que conforman la cuarteta donde cabe leer la moraleja de su fábula literaria titulada “El oso, la mona y el cerdo”: “Guarde para su regalo / esta sentencia el autor. / Si el sabio no aprueba, ¡malo! / Si el necio aplaude, ¡peor!”.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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