EN ESTA VIDA HAY GENTE PARA TODO
En esta vida hay gente para todo; por ejemplo, para pensar y escribir esto, la perogrullada que acaba de leer el atento y desocupado lector (ora sea o se sienta ella, él o no binario), o eso, o aquello, o lo que queda más allá. Yo, por ejemplo, ahora, aquí, a continuación, sostengo la tesis de que hay que ser osado (y no solo porque haya un latinajo que así lo afirme y corrobore, que “Fortuna iuvat audaces”, o sea, que la diosa Fortuna ayuda a los audaces), pero no temerario. ¿Por qué? Porque solo disponemos de una, no como se suele predicar de los gatos, sean estos domésticos o montaraces, a los que se les adjudican proverbialmente siete. Y es que, si uno lleva hasta el último límite la defensa de una causa, puede perderla en el proceso. Y, si la pierde, ya no será capaz de defender otras causas tan encomiables como la primera, en el hipotético caso de que ese fuera el motivo de su óbito.
Así que, en esta única vida que tenemos los seres humanos (y que debemos conservar como oro en paño, porque nos va la vida en ello), uno tiene que ser razonablemente prudente y, por ende, estrujarse sus propias meninges, o sea, discurrir y hacer un uso correcto y debido del amplio y abierto abanico de oportunidades que le ofrece su cacumen para intentar poner en práctica el imperativo categórico de Immanuel Kant, que yo, in illo tempore, estando estudiando COU, en la celebérrima clase de filosofía que nos impartió el profesor Francisco Pérez en el zaragozano colegio “Enrique de Ossó”, las Teresianas, me lo aprendí así: Obra de tal manera que tu particular forma de actuar se convierta en general, al ser adoptada como dechado o modelo a seguir por los demás, el resto del grupo. Y es que la vagancia y la pusilanimidad, por separado, siempre fueron improductivas, pero, cuando se aliaron, de mancomún, formaron un binomio o tándem que fue la repanocha, esto es, el quid de que el grueso de un colectivo, el que fuera, en un momento dado de la historia, viviera plácidamente siendo sumiso, sintiéndose gustosamente vasallo y hasta algo peor, esclavo.
Quien haya leído de cabo a rabo la novela (porque el dato interesante que deseo destacar aparece en el capítulo 24) “El guardián entre el centeno” (1951), de David Jerome Salinger, habrá tenido la ocasión de ponderar el argumento del psicólogo y psiquiatra austríaco Wilhelm Stekel, al que yo, al menos, no le pude poner objeción alguna la primera vez que me lo llevé a los ojos: “Lo que distingue al hombre insensato del sensato es que el primero ansía morir orgullosamente por una causa, mientras que el segundo aspira a vivir humildemente por ella”.
A ti, amable lector, a mí y a un montón de nuestros congéneres, nos consta que la muerte acaba con todo anhelo, ilusión o sueño. ¿¡Cuántas veces habré aseverado que una persona sin sueños que convertir en realidad, sin ilusiones que culminar, está muerta, pues es un muerto en vida!? Ahora bien, como entre el color blanco y el negro cabe advertir una inmensa gama de grises (los esquimales, por ejemplo, diferencian entre un montón de matices o tonos blancos), quiero decir, la verdad es provisional, pues permanece en pie, sobre su peana, mientras no es abatida por otra, que, si logra derribarla, viene a ocupar en ese mismo instante el pedestal donde la anterior se exhibía, como adujo y sostuvo el filósofo y politólogo austríaco Karl Raimund Popper, no puedo olvidar lo que arguye el cardenal Altamirano (Ray McAnally) al final de la película “La misión” (1986), dirigida por Roland Joffé, que “el espíritu de los muertos sobrevive en la memoria de los vivos”.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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