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Una contradicción insuperable…

Ángel Sáez García 04 Dic 2024 - 06:00 CET
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UNA CONTRADICCIÓN INSUPERABLE

ME NARRÓ AYER UN ASESINO INSOMNE

Desconozco si al atento y desocupado lector, ora sea o se sienta ella, él o no binario, de estos renglones torcidos le ha ocurrido alguna vez algo parecido a lo que me pasó ayer a mí, que, de regreso de la capital en tren, tras acudir a Madrid a firmar un contrato de edición para que viera la luz mi primera obra en prosa en solitario, en el Alvia de las 18 horas, compartí asiento (es una forma de escribirlo, porque cada uno fue sentado en el suyo) con un semejante extraño. En el supuesto de que le hubiera formulado el contenido susodicho en una pregunta y su respuesta hubiera sido afirmativa, seguramente usted entendería el desasosiego o inquietud que sentí a su lado y, asimismo, mi proceder, tras contarme cuanto sucedió (según él, claro).

Luis (qué pocas afinidades o concomitancias advertí entre él y sus tocayos, mis queridos amigos “los Luises”, Calvo Iriarte y de Pablo Jiménez, que irradian, como soles que son, estupendas vibraciones, mientras que él, nada más fijar mi mirada en sus ojos, me dio mala espina, mal fario; pero, como las primeras impresiones no siempre son certeras, pasé por alto esa negativa y prístina sensación; hice mal, al echarla en saco roto, como luego se verá), que así dijo llamarse la persona que el azar me deparó como compañero, me pidió educadamente, si no tenía inconveniente, que intercambiáramos el asiento, y, como, de veras, no lo tenía, procedimos a la muda, quedando él colocado junto a la ventana y este menda al lado del pasillo.

Al poco rato, después de presentarnos y dar cuenta del destino de cada uno, me confesó que se le había abierto el cielo cuando constató la suerte que había tenido al tocarle yo de compañero. Me dijo que llevaba dos meses sin apenas pegar ojo, desde que había matado, por un arrebato de locura, a los dos vecinos que vivían en el piso inmediatamente superior al suyo, el de arriba, porque no le dejaban descansar, dormir. Y añadió: ya sé que es una contradicción, pero esta vida está repleta de ellas. Basta con mirar alrededor, o leer regularmente, o haber vivido dos décadas, para hacer un relato fidedigno en las que ellas aparezcan, velis nolis, a mares, a porrillo. Y prosiguió así: le he confesado a usted los dos asesinatos que he cometido, porque he reparado en su alzacuello o realzacuello, o como se llame esa tira blanca y rígida, ya que me he dicho: hazlo sin temor, pues la ocasión la pintan calva y él está obligado a guardar secreto de confesión.

Nada más escuchar lo proferido por él, deduje, una de dos, o está como un cencerro, mochales perdido, o me está tratando de tomar impunemente el pelo. Así que, sin querer queriendo, expresión que solía tener de ordinario en la mui o sinhueso el chavo del Ocho/8, disimuladamente me palpé el cuello, para constatar si tenía visos de verosimilitud cuanto él me había dicho y, a fin de comprobar, de manera fehaciente, si el hecho era cierto, extraje de mi chistera el conejo de la urgente necesidad de ir al lavabo, como así le aduje e hice.

Al poco rato de entrar en el estrecho habitáculo, saqué la cartera de mi bolsillo izquierdo y de ella, a su vez, el espejo pequeño, que obra y porto allí, para poder verme reflejado en él, y casi me da un patatús, síncope o soponcio, porque me quedé estupefacto, patidifuso, pues vi que yo era yo, es decir, que no había acaecido un cambio de cerebro, ni de personalidad, pero sí de aspecto, cara y atuendo o vestimenta, ya que en el espejo vi al religioso camilo Pedro María Piérola García, y tal y como me lo eché a los ojos la última vez que lo atisbé vivo en mi existencia, en la tudelana Plaza de los Fueros. Me pellizqué para cerciorarme de si estaba despierto o dormido, y ese gesto fue definitivo, mano de santo, porque, sobresaltado por la pesadilla que estaba teniendo (tan desagradable como otra que se me suele iterar, en la que estoy a una gran profundidad, dentro del agua, y, a pesar de mis insistentes brazadas para ascender rápidamente a la superficie, no logro mi propósito), menos mal, me desperté casi sin aliento.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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