UN LANZADOR DE PESO SOY SIN BOLA
QUE ARROJAR EN NINGUNA DIRECCIÓN
Una tarde que Lorenzo lucía todo su esplendor (no sé exactamente hace cuánto tiempo, de veras, en una de nuestras numerosas charlas, por lo general, entreveradas de guasa y prudencia, zumba y seriedad), mi amigo y guía y mentor fray Ejemplo me preguntó, sin el ánimo de pillarme (como eso había barruntado, al principio), cómo me veía yo, como escritor (deduje que se refería a con qué otro oficio o profesión comparaba el mío), y reconozco que no supe qué contestarle.
Sin embargo, si hoy, o mañana, o pasado, ese ser de ficción que logré crear a partir de dos seres reales, de carne y hueso, Jesús Arteaga Romero y Pedro María Piérola García —ya finados, pero que siguen viviendo en mis textos, fundidos en un solo ente, Eusebio Arteaga Piérola, pues concluí que era pertinente y relevante conceder al personaje susodicho el nombre de mi piadoso progenitor, Eusebio—, que fueron educadores míos en el seminario menor navarretano, donde tiendo a ubicar mi edén en el planeta azul, la Tierra; dos estupendos e inmortales (ruego, con especial encarecimiento, que se lea la sexta letra, la te, de dicho vocablo de diez, no sin ella, inmorales) congéneres (aunque no soy notario, doy fe de que se puede ser religioso y una estupenda persona, como fue el doble caso de marras; ese es mi criterio, al menos, una vez me conseguí cepillar el perjuicio que acostumbra a acarrear todo prejuicio o juicio a priori), sacerdotes camilos (nacidos ambos en el pequeño enclave navarro de Ázqueta), de los que aprendí, amén de conceptos diversos, actitudes ejemplares o comportamientos modélicos; itero, si me volviera a plantear la misma cuestión, no me quedaría callado, porque, hace tres meses largos, tras disfrutar y regresar de mis vacaciones estivales en el Puerto de la Cruz, Tenerife, cogí el toro por los cuernos y me puse a escribir al respecto; y me salió el texto (que contiene dos párrafos apenas) que el atento y desocupado lector, ora sea o se sienta ella, él o no binario, de estos renglones torcidos puede llevarse a los ojos y leer a continuación, si esa es su decisión personal; y es que, seguramente, como quedé conforme y satisfecho con los dos mencionados parágrafos que logré agavillar, le podría contestar así:
“Mutatis mutandis, este menda, como hacedor, se asemeja o encuentra un símil que cuadra o encaja con el lanzador de peso, eso sí, sin bola que lanzar. Como él (en realidad, servidor se inició, por recomendación de Piérola, que intentaba sacar de nosotros, los colegiales o postulantes puestos bajo su égida, a su cargo, lo mejor que anidaba dentro de cada uno, nuestros peculiares talentos, en otro tipo de lanzamiento, el de disco —ni sé las veces que arrojé los dos prototipos, uno de goma dura negra y otro reglamentario, para ejercitarme en dicho menester—, y hubiera batido la plusmarca de categoría cadete, si hubiera salido del redondel de manera preceptiva o reglada, pero el abajo firmante, como no había sido iniciado en dicho procedimiento con la debida profusión de detalles, era un espontáneo o maletilla más que un torero, falto de los rudimentos o conocimientos imprescindibles, necesarios, para poder salir airoso, por la puerta grande y a hombros, tras superar semejante aprieto o brete) se ha pasado años y más años, más de dos terceras partes de su vida, perfeccionando la técnica del susodicho lanzamiento, otro tanto he hecho con la escritura, aunque mi bola sea párvula, muy pequeña, la de la punta el bolígrafo BIC azul que uso regularmente para que el papel gualdo sobre el que escribo se entinte con letras que portan enjundia.
“El autor, quien firma abajo la presente pieza literaria, conoce todo el proceso del trenzado de la misma, esto es, qué tuvo que corregir y mejorar para que la urdidura o ‘urdiblanda’ resultante le dijera ‘bien, bien’, casi le aplaudiera, tras cada una de las enmiendas que llevó a cabo; y solía corresponder a cada nuevo embellecimiento del texto con otro sonoro chapó; pero el lector tiende a fijarse y quedarse solo con lo que hay y leen sus ojos, la versión definitiva del texto, o sea, a qué distancia mandó el peso, tras salir la bola impulsada por todo el cuerpo de la mano del lanzador”.
Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com
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