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¿A qué extrajo Unamuno todo el jugo?

Ángel Sáez García 25 Feb 2025 - 14:00 CET
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¿A QUÉ EXTRAJO UNAMUNO TODO EL JUGO?

QUE TU VOLUNTAD SE HAGA, NO LA MÍA

Friedrich Nietzsche, en el prólogo que antepuso a su obra “Ecce homo. Cómo se llega a ser lo que se es” (1888), sutil retrato autobiográfico, dejó escritas en letras de molde estas sensatas palabras: “Recompensa mal a su maestro quien quiere seguir siendo siempre su discípulo”. Hasta hoy, cuantas veces había pasado mi vista por el apotegma susodicho, siempre lo había hecho del mismo modo o en idéntico sentido, por el lado bueno, desde el prisma positivo, o sea, sobreentendiendo que lo que el filósofo alemán quería defender y/o sostener, a machamartillo y aun a ultranza, con el mencionado epígrafe era que el alumno tiene la obligación intelectual de prestar la máxima atención a cuanto arguye y discurre su docente, guía o mentor, y asimilar las mejores lecciones que recibió de quien se las impartió, a fin de aventajarlo y superarlo en conocimiento; y, tras la correspondiente dialéctica (tesis, antítesis, síntesis), formular uno o varios pensamientos nuevos, distintos de los que fueron argumentados y propuestos por quien lo educó, por quienes lo desasnaron.

Ahora bien, es evidente que cabe leer la cita también desde el lado malo, desde el punto de vista negativo, esto es, dejando en feo y sacando los colores a quien le abrió la mente y, al cepillarle el cúmulo de prejuicios que acarreaba consigo el discente, que le impedían a este pensar con libertad, le ayudó a contemplar la realidad con otros ojos, como ese fue el comportamiento que Judas Iscariote, verbigracia, según narran las sagradas escrituras (para los creyentes), tuvo con Jesús de Nazaret.

Como nuestra memoria es selectiva (tendemos a olvidar lo malo, peor o pésimo, tanto el que nos hicieron como el que hicimos), ya que todos tenemos algo que penar o purgar, no hagamos recuerdo a diario de aquello que avergonzó a otros para que, sin usar una doble vara de medir, sin echar mano de la imagen del embudo (sensu stricto, de su ley: la parte estrecha para los demás, la ancha para nosotros o uno), siendo justos, no nos veamos en la tesitura de sonrojarnos por el judas que otrora también fuimos o del hombre alevoso que fungimos o interpretamos en la tragicomedia de la vida.

Hoy me nace preguntarme si, en el supuesto de que Jesús de Nazaret fuera Dios Hijo, como eso aseveran los escritos del Nuevo Testamento, este era consciente de que elegía como apóstol a quien le iba a traicionar y vender por treinta monedas o piezas de plata, según el Evangelio de san Mateo. Si Jesús supo en ese preciso instante que Judas lo iba a entregar con un beso en la mejilla, gesto de cariño, me pregunto: ¿Puede achacársele a Judas que fuera malo? ¿Fue libre, a la hora de comportarse mal, quien estaba predestinado a ejercer, velis nolis, de tal? Como leemos en el Evangelio de san Lucas 24, 42: “Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz. Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”. ¿Cabe colegir de tales palabras, pronunciadas por Dios Hijo, que Dios Padre es cruel, sádico, sanguinario? Unamuno puede que fuera el autor que más y mejor provecho le sacó a este concreto episodio, pues uno de los personajes de su novela “Niebla” (1914) es agonista, lucha contra la muerte y la disolución o el fin de su personalidad. En dicha obra, Augusto Pérez, personaje ficticio, se enfrenta con el hacedor de su ser, Miguel de Unamuno, que incluso le dice que lo puede matar y Augusto le espeta, a voz en cuello: “—Quiero vivir, vivir… y quiero ser yo, yo, yo” (como ignoro si entonces ya se jugaba con el yoyó, acudo al “espabilaburros”, así llamo, cariñosamente, a Google, y, tras realizar la consulta pertinente, me peta y place jugar con el argumento de que esa puede ser la razón por la que Unamuno echó mano del triple yo, para evitar malentendidos con el objeto lúdico). Al final, tras la Nota bene, en el Anexo aparecerá parte del diálogo que mantiene Augusto, ente de ficción, y Miguel de Unamuno, otro ente de ficción, en su nivola “Niebla”.

Nota bene

   Son tantas y tan pesadas las dudas que porteaba el abajo firmante, y que he descargado en el correspondiente platillo de la balanza, el de “no creer”, que a nadie extraña que me confiese a menudo ateo. Pero me consta que en mi mente buscan por conseguir un rincón donde cobijarse mi “sed de eternidad”, semejante a la unamuniana (parafraseando el imperativo categórico de Kant, Unamuno escribió: “Obra de modo que merezcas a tu propio juicio y a juicio de los demás la eternidad, que te hagas insustituible, que no merezcas morir”, imperativo moral que tiene su razón de ser fuera del ámbito religioso, al menos, para este menda) y la duda pascaliana, agónica o polémica (no la cartesiana o metódica), unamuniana, asimismo, de la que don Miguel diserta en “La agonía del cristianismo” (1925).

Anexo

—Bueno, pues no se incomode tanto si yo a mi vez dudo de la existencia de usted y no de la mía propia. Vamos a cuentas: ¿no ha sido usted el que no una sino varias veces ha dicho que don Quijote y Sancho son no ya tan reales, sino más reales que Cervantes? (…)

—Pero ¡por Dios!… —exclamó Augusto, ya suplicante y de miedo tembloroso y pálido.

—No hay Dios que valga. ¡Te morirás!

—Es que yo quiero vivir, don Miguel, quiero vivir, quiero vivir…

—¿No pensabas matarte?

—¡Oh, si es por eso, yo le juro, señor de Unamuno, que no me mataré, que no me quitaré esta vida que Dios o usted me han dado; se lo juro… Ahora que usted quiere matarme quiero yo vivir, vivir, vivir…

—¡Vaya una vida! —exclamé.

—Sí, la que sea. Quiero vivir, aunque vuelva a ser burlado, aunque otra Eugenia y otro Mauricio me desgarren el corazón. Quiero vivir, vivir, vivir…

—No puede ser ya… no puede ser…

—Quiero vivir, vivir… y ser yo, yo, yo…

—Pero si tú no eres sino lo que yo quiera…

—¡Quiero ser yo, ser yo!, ¡quiero vivir! —y le lloraba la voz.

—No puede ser… no puede ser…

—Mire usted, don Miguel, por sus hijos, por su mujer, por lo que más quiera… Mire que usted no será usted… que se morirá.

Cayó a mis pies de hinojos, suplicante y exclamando:

—¡Don Miguel, por Dios, quiero vivir, quiero ser yo!

—¡No puede ser, pobre Augusto —le dije cogiéndole una mano y levantándole—, no puede ser! Lo tengo ya escrito y es irrevocable; no puedes vivir más. No sé qué hacer ya de ti. Dios, cuando no sabe qué hacer de nosotros, nos mata. Y no se me olvida que pasó por tu mente la idea de matarme…

—Pero si yo, don Miguel…

—No importa; sé lo que me digo. Y me temo que, en efecto, si no te mato pronto acabes por matarme tú.

 

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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