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«El perseguidor» sigue aleccionando

Ángel Sáez García 06 Mar 2025 - 14:00 CET
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“EL PERSEGUIDOR” SIGUE ALECCIONANDO

A veces, dependiendo de la perspectiva, es posible que un mismo hecho sea susceptible de tener visiones, versiones e interpretaciones distintas y contradictorias, pero que no son excluyentes entre sí, pues devienen complementarias, si son alejadas o distantes en el tiempo. Verbigracia, un cliente que se halla dentro de una pastelería de postín puede ver cómo un muchacho, que está en el exterior del citado local, y mira a través del amplio cristal lo que hay dentro, junto al escaparate, tal cantidad y variedad de tartas y un surtido sinfín de pasteles, que no puede mantener la mirada fija en una/o de ellas/os, porque quiere ver todos los artículos expuesto allí, todos, sin excepción, si es posible. Y otro observador, un transeúnte de la calle, puede contemplar, desde su prisma, cómo quien percibe, a través del cristal, idénticas tartas y pasteles es un anciano. Esos dos puntos de vista son compatibles, si han pasado cincuenta años, medio siglo, por ejemplo.

El mocete se relame de gusto y no medita o recapacita. El de provecta edad, sin embargo, que, al parecer, se apoya en un tercer pie, un bastón, para caminar, piensa: Menos mal que, salvo por una bala u otro proyectil disparado por un arma, la que sea, o, debido a un golpe seco dado con fuerza con un objeto contundente, un adoquín o un martillo, que quiebre el cristal, este es una barrera infranqueable, porque, en el caso contrario y, si la lengua pudiera traspasarlo y estirarse como un chicle o goma, me apostaría con quien fuera, doble contra sencillo, a que no quedaba en el escaparate una sola tarta o pastel que no fuera lamida/o y aun relamida/o por una legión de lamineras/os o morrudas/os.

Tenía y tiene razón Oscar Wilde; la mejor manera de vencer una tentación es caer en sus garras, en sus fauces. El autor irlandés, en su novela “El retrato de Dorian Gray”, lo dejó escrito en letras de molde, negro sobre blanco, así: “La única manera de librarse de la tentación es ceder ante ella. Si se resiste, el alma enferma, anhelando lo que ella misma se ha prohibido, deseando lo que sus leyes monstruosas han hecho monstruoso e ilegal. Se ha dicho que los grandes acontecimientos del mundo suceden en el cerebro. Es también en el cerebro, y solo en el cerebro, donde se cometen los grandes pecados”. Así que, tras mantener el muchacho varios minutos la punta de su aguda nariz pegada al cristal del escaparate, decidió entrar a preguntar el precio de un pastel.

—Buenas tardes. ¿Cuánto vale el pastel de merengue que parece estar rodeado de una corona de oro y contiene siete fresas, formando un corazón?

—¡Muy caro!

El anciano dio un respingo, nada más escuchar la respuesta desabrida, una réspice, del dueño de la pastelería, que, por el atuendo del añoso, manchado de sangre en su codera izquierda, dedujo (mal) o sospechó (peor) que no tenía dinero bastante en sus bolsillos para abonarlo a tocateja.

—Insisto en preguntar —adujo, tozudo, el viejo—: ¿Cuánto vale?

—Itero mi respuesta: Muy caro.

Entró, en ese preciso instante, en el establecimiento Socorro, vecina del anciano, dueña del piso Segundo D en el edificio común, que saludó al cliente y al dueño:

—Buenos tardes a ambos. Por cierto, ¿cómo se encuentra, tras la caída, don Agustín?

—Bien. Me acaban de dar el alta en el hospital y, para celebrarlo, me ha apetecido comerme el pastel que siempre quise degustar y, por unas razones o por otras, no he podido culminar jamás. Hoy he entrado aquí para darme ese homenaje o demorado capricho.

—Hace bien. Además, no se gana todas las semanas un premio Nobel de Química.

Y Samuel, hijo de Samuel y nieto de Samuel Romero Rodríguez, maestro pastelero, quien abrió el local, que no conocía al anciano, pasados unos segundos, cuando reaccionó, contestó:

—Veinte euros, don Agustín.

Y el bioquímico, recién galardonado con el prestigioso premio, le recordó, de memoria, al dueño de la pastelería, nieto del fundador de la misma, cuanto a él, a su vez, le rememoró quien le dio otrora la benéfica y crucial lección de humildad, y cabe leer en “El perseguidor”, inolvidable cuento de Julio Cortázar: “(…) Algunos eran modestos y no se creían infalibles. Pero hasta el más modesto se sentía seguro. Eso era lo que me crispaba, Bruno, que se sintieran seguros. Seguros de qué, dime un poco, cuando yo, un pobre diablo con más pestes que el demonio debajo de la piel, tenía bastante conciencia para sentir que todo era como una jalea, que todo temblaba alrededor, que no había más que fijarse un poco, sentirse un poco, callarse un poco para descubrir los agujeros. En la puerta, en la cama: agujeros. En la mano, en el diario, en el tiempo, en el aire: todo lleno de agujeros, todo esponja, todo como un colador colándose a sí mismo…”.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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