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¿En Cuncurrún vivieron dos poetas?

Ángel Sáez García 20 Ene 2026 - 14:00 CET
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¿EN CUNCURRÚN VIVIERON DOS POETAS?

¿JOAQUÍN Y MANUEL FUERON SUS GRACIAS?

Mi amigo del alma y heterónimo Emilio González, “Metomentodo”, me conoce tanto como yo sé casos y cosas de él; por ende, le consta que no suelo decir que no a embarcarme con él en su velero (así llamo a su SEAT 600, de color gris plateado, que cuida como oro en paño y tiene siempre a punto); por tanto, no le extrañó que no le largara un nones cuando me propuso visitar el cementerio de Cuncurrún, el pueblo en el que nacieron, vivieron y murieron sus abuelos maternos, deshabitado desde hace más de dos décadas, a una escasa hora de Algaso en coche.

Una vez llegamos a la entrada del fantasmal lugar, me llamó poderosamente la atención que Emilio abría el maletero y sacaba de él dos machetes. Así que le solté, zumbón, que no aceptaba, ni por activa ni por pasiva, un duelo a machetazos con él sin estar presentes los padrinos de ambos, porque yo, lego en el manejo de dicha y cortante arma, llevaba las de perder, por la sencilla razón de peso de que me crezco con la presencia de público. Ergo, le propuse que las volviera a meter en el maletero. Siguiéndome el rollo hilarante, no tuvo en cuenta mi comentario y me dio a elegir. Opté y me quedé con el nuevo, para estrenarlo, en el supuesto de que eso fuera imprescindible. A renglón seguido, me convenció: seguramente, los necesitaríamos para abrirnos paso en la maleza y llegar a nuestro destino. Y estaba en lo cierto (y es que la experiencia previa siempre fue, es y será un grado). Tuvimos que usarlos para desbrozar el terreno y poder arribar al santo sitio. Cuando, tras arduo esfuerzo, llegamos al cementerio, pues tuvimos que cruzar una jungla (aunque soy adicto a la hipérbole, aquí no exagero), me di cuenta, tras encaramarme al único trozo de tapia que permanecía aún íntegra, que, una vez me puse de pie sobre ella, había riesgo de que se derruyera o viniera abajo (y yo con ella) si permanecía un minuto más en dicha posición, pero, no obstante me sobraron segundos para comprobar que lo que había barruntado llevaba todas las papeletas o trazas de devenir realidad, de ir a misa, atisbé que el camposanto estaba rodeado de matorrales, excepto por la senda que nosotros habíamos procedido a abrir, a machetazo limpio.

Metomentodo me había embarcado en dicho viaje porque sabía que yo lo aprovecharía, le sacaría el máximo partido literario. Y eso es, precisamente, lo que, mientras redacto estos renglones torcidos, estoy haciendo.

En una lápida blanca, que quedaba casi al fondo del cementerio, a la izquierda, pude leer el poema que le había mandado labrar al marmolista en ella Joaquín Ovejas Pastor, hermano de Eulalia, que murió en sus brazos, cuando este acudió a socorrerla (era su deudo preferido, el más querido), nada más ser avisado de cuanto había pasado, que el marido de su hermana melliza, su mochales cuñado Arturo, que acabó los días de su vida empalado, le había infligido sablazos sin cuento por meras imaginaciones suyas, que Eulalia, una santa, le ponía los cuernos con todos los cuncurruneses. Los diez versos del intitulado poema dicen así: “A mi esposo inolvidable, / que me mató con su sable, / le recuerdo que mi hermano / le clavará otro en el ano, / como a hacer comprometió / cuando a su hermana metió / en la tumba, donde me hallo, / y estos versos no me callo / de aducir, aunque esté muerta, / a quien arriba a mi puerta”. Los diez octosílabos llevan la firma de la finada, Eulalia. Pero su autor fue Joaquín.

Si dividimos el camposanto en dos partes iguales, aproximadamente, en el centro de la mitad derecha, leí en otra lápida del mismo color, negro sobre blanco, un soneto, asimismo sin título, que, por ahora, tras culminar las pesquisas preliminares, no he logrado saber quién lo escribió, pues dudo que fuera un cuncurrunés su hacedor. En cualquier caso, no fue un donnadie, mindundi o pelagatos: “Nada me gusta, nada, quien se encumbra; / Tampoco quienes viven en el ático, / Un dogmático a ultranza y un fanático. / Ninguno de los dos tipos deslumbra. // De modo fehaciente, el sabio alumbra, / Que suele ser modesto ente, flemático, / Sea investigador o matemático, / Que a ser como agua clara se acostumbra. // No hay nada en este mundo que más serio / Sea, de veras, que el humor, amigo. / Contra la estupidez (hoy soy testigo) // Es estupendo antídoto, Emeterio. / Ayer esto aprendí, como te digo, / Llegado a mi destino, el cementerio”. Alguien se encargó de borrar las letras iniciales del nombre, a secas, del firmante (¿fue el propio autor? ¿O quien sentía envidia de quien compuso esos catorce versos, cuando Átropos cortó su vital hilo?): XXXUEL (¿de Manuel o de Samuel?).

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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