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Bastante más absuelvo que condeno

Ángel Sáez García 03 Feb 2026 - 14:00 CET
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BASTANTE MÁS ABSUELVO QUE CONDENO

LOS DESMANES DE TRUMP, SUS TROPELÍAS,

O LAS REPRUEBAS TODAS O LA LÍAS

Desconozco si tú, atento y desocupado lector (ora seas o te sientas ella, él o no binario) de estos renglones torcidos, eres, además de un ducho lector, perito escritor profesional o diletante, aficionado. Seas hacedor o no, me gustaría conocer tu criterio sobre algunas ideas (si continúas leyendo podrás leerlas aquí, en la presente pieza literaria) que abrigo, acarreo, atesoro y tengo por verdades apodícticas, incontrovertibles, pero acaso este menda esté equivocado (extremo que no conviene descartar de antemano, pues “errare humanum est”, errar es humano, y “nihil humani a me alienum puto”, es decir, considero que nada de lo humano me es ajeno) y tú puedas abrirme los ojos, sacarme del error y, por ende, ser mi fautor. Tu opinión o parecer sobre ellas quizá me sea de gran ayuda y utilidad. Les saque el debido partido o provecho o no, te agradeceré sobremanera, eviternamente, que me la/o hagas llegar a mi dirección más usada de correo electrónico.

Considero que quien cuenta una experiencia, sea esta ajena o propia, en prosa o verso, amplía las miradas del autor y del lector, ensancha los horizontes de ambos y flexibiliza los esquemas mentales de los dos. La curiosidad por conocer nuevos comportamientos e ideas de los personajes, reales o ficticios, que he creado a partir de modelos naturales, imaginados o fantaseados, favorece que el listado de actitudes catalogadas por servidor se alargue hasta límites insospechados.

Desde que escribo cuanto me ocurre (en mi realidad del día a día, ya sea estando despierto, en estado de vigilia, ya sea estando dormido, en el ámbito onírico) o les acaece a los personajes que pueblan mis narraciones, noto que soy más empático y solidario, y más detractor (censurador) de las injusticias (de las que tengo conocimiento) y defensor de principios y valores. Me consta, de manera fehaciente, que en una misma persona podemos hallar a un ángel que convive con un demonio. Otro tanto me pasa con muchos personajes literarios de Fiódor Dostoievski, que viven en una contradicción permanente hasta que perecen. Cada tipo es un mundo aparte, un poliedro. No hay buenos sin tacha ni malos en los que no quepa advertir un ápice o pizca de bondad, el reflejo del brillo de la estela de un fulgor de rayo celestial. Tengo la sensación refractaria, difícil de cepillar, de que soy más abogado defensor que fiscal; de que me limito a absorber realidades, como si fuera una esponja, y a no fungir, salvo esporádicas ocasiones, de juez. Y, cuando me coloco, motu proprio, encima de la ropa la toga, prefiero absolver a condenar en mis fallos o sentencias (todas ellas apelables). Seguir la senda que fue inaugurada otrora por José Ortega y Gasset (“Yo soy yo y mi circunstancia; y si no la salvo a ella, no me salvo yo”) entraña o tiene ciertos inconvenientes (palabra que aparece tachada en el borrador, pero no recuerdo ahora mismo la razón por la que la borré o barrí de él) y ventajas.

Quien logra desarrollar su benéfica y exuberante afición de narrar a diario goza el aval de estar bien acompañado por el plausible y posible lector, que es quien cierra el círculo o proceso, quien completa el hecho literario, pues una obra sin lector/es no es propiamente una tal hasta que no es leída, releída, recitada, representada. Todo autor, en su fuero interno, prefiere que lectores avezados lean sus obras, para que estos les extraigan todo el jugo o zumo que portan en su interior, toda la enjundia y miga que contienen. Pero me temo que en el campo de la literatura también se dan las mismas injusticias que acaecen en el campo de la vida normal. Hay lectores curtidos que leen obras mediocres y lectores manifiestamente mejorables que pasan sus ojos por obras clásicas (que, si aún no lo son, pronto lo serán) sin sacarles ni el “delectando” ni el “monendo”, esto es, el “utile dulci”, promocionados por Horacio en los versos 343 y 344 de su “Epístola a los Pisones” o “Arte poética”. Todo literato quiere escribir una obra que nunca termine de decir a sus lectores lo que tiene que decirles, como sostuvo Italo Calvino, pero qué difícil es hacerse digno acreedor de dicho puesto en el escalafón y de recibir tan apreciado y prestigioso galardón.

Quien escribe a diario goza de un estupendo estado de salud física y mental. “Si escribo, jornada tras jornada, es que estoy cuerdo y sano”, ese es uno de los asertos de los que suelo (no sueño, como había escrito al principio) echar mano para dar cuenta de mi realidad creativa; tal vez sea el que más acostumbro a iterar. Quien lee a diario disfruta del mismo privilegio. Quienes escribimos y leemos a diario no dejamos de hablar con otro/s, lector/es o autor/es. Acaso baste con recordar los cuatro versos endecasílabos del cuarteto inicial de ese soneto célebre que compuso Francisco de Quevedo y Villegas, que lleva por título el verso que lo arranca: “Retirado en la paz de estos desiertos, / con pocos, pero doctos libros juntos, / vivo en conversación con los difuntos / y escucho con mis ojos a los muertos”. Mediante esos coloquios, conversaciones o debates, tanto autores como lectores se percatan de que los deseos, frustraciones, inquietudes, logros, pensamientos y sentimientos son parecidos, similares a los del resto de congéneres o semejantes.

La literatura nace, ocurre, cuando aparece la réplica (por eso le pido al hipotético lector que colabore conmigo). Esto lo advirtió pronto Cervantes en su obra cumbre, “El Quijote”. El hecho literario sucede cuando brota el compañero que abunda o refuta, que complementa y hasta completa; llámese Sancho Panza o lector (sin nombre y apellidos o con ellos; aunque acaso basten los adjetivos calificativos proverbiales de atento y desocupado, que completan el círculo creativo o proceso literario).

Nota bene

   Juzgo que absuelvo más de lo que culpo, pero admito que a Trump condeno siempre. Reputo al “Elemento Zanahoria” dechado de egoísmo y de soberbia; y tras mirarlo y remirarlo mucho, no cato cara buena en su poliedro.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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