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Ayer me tomé un té helado con Toñi

Ángel Sáez García 13 Ago 2026 - 14:00 CET
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AYER ME TOMÉ UN TÉ HELADO CON TOÑI

Y NOTÉ QUE EL HUMOR FLUÍA LIBRE

Ayer volvieron a alinearse los astros, porque, en el bar de la estación intermodal de Algaso, mientras me estaba tomando un té helado (desde que vi en el cine la película “Los puentes de Madison”, la película, dirigida por Clint Eastwood, que adaptó o se basó en la novela homónima de Robert James Waller, bebida casera refrescante que le ofrece Francesca, papel que borda Meryl Streep —fue nominada al Oscar por dicho trabajo, pero se lo llevó Susan Sarandon, por “Pena de muerte”—, al fotógrafo Robert Kincaid, personaje que interpreta Clint Eastwood, me apetece tomarlo en verano), advertí cómo cruzaba el quicio de la puerta de entrada y salida de dicho establecimiento Antonia, Toñi, la joven trinquetera con la que he coincidido en una o más ocasiones en el bus y recuerdo que escribí un texto, al menos, sobre uno de nuestros encuentros.

—¿Cuánto tiempo hacía, Toñi, que no nos…? —le pregunté, tras darle dos besos castos, y ella me cortó, sin darme tiempo para terminar de formular la pregunta.

—Mucho, sí, pero quiero que sepas que, aunque no nos veamos, te sigo leyendo, si no a diario, casi.

—¿Qué te apetece? —le invité.

—¿Qué estás tomando tú?

—Un té helado.

—Pues, otro.

—Todas las jóvenes de las que me enamoro en el bus coinciden contigo en el parecer; me dicen que me leen, pero ninguna me escribe, como lo propio le sucedía al coronel de “Gabo”. Y, al cabo del tiempo, me termino desenamorando de todas vosotras, por inconstantes. Echo de menos recibir correos de las personas que he querido y quiero, a pesar de que es lógico, y acepto de buen grado que no haya correspondencia entre mis sentimientos y los vuestros, pues nuestras situaciones son distintas. Y, por eso, para recordaros, redacto sobre las conexiones habidas. De ti, me consta, lo hice otrora; recuerdo que tú te comparaste con Mae West, en lo tocante a que ninguna de las dos teníais parangón, cuando os comportabais o interpretabais a una fémina perversa, una femme fatale.

—Cierto, Otramotro, lo leí. Y el grueso de mis amigas me envidian por ello, por haber salido mi nombre de pila y el hipocorístico en tus papeles.

—¿Tanto te cuesta escribir y mandarme un “emilio” o email, contándome que te ha gustado, o no, lo último que has leído mío?

—No te he escrito nunca, pero te confirmo (sin ser obispa; leí también tu encuentro con sor Ángela, la hermana de Lourdes, tu vecina en Rosales) que me chifla, encanta o flipa leerte. ¿Sabes por qué?

—No; escupe, Guadalupe.

—Porque me relajas.

—¿Incluso la misma…?

—Burdo, soez.

—No he llegado a pronunciar la palabra que tú has intuido. Y mi apellido es Sáez, no soez.

—En serio. Creo haber averiguado la quintaesencia, el quid; lo hace o logra el humor con el que entreveras y/o asperjas tus textos. Leí un escrito tuyo sobre el amor, que no tienes, pero le echas a la vida el doble de humor, para que seguir peregrinando por este valle de lágrimas sea provechoso, y alguna de ellas tenga como causa u origen la hilaridad.

—Casi usas uno de mis sintagmas, más habitual en la dicción que en la escritura.

—Ya sé cuál es: “lacrimoso valle”.

—Así es. No se equivocó el autor de “If”, que recibió el prestigioso Premio Nobel de Literatura de 1907, el británico Rudyard Kipling, cuando adujo y dejó escrita en letras de molde esa frase suya que tantas veces he rememorado: “La intuición de una mujer es más precisa que la certeza de un hombre”.

—También la conocía, y, por supuesto, te la había leído a ti.

—El humor es fundamental, porque, según mi opinión actual, se puede vivir sin amor, pero no sin humor. Sirve para relativizar cuanto nos ocurre a nosotros y para desdramatizar cuanto les acaece a los demás El humor pone en tela de juicio y aun en peligro todas las convicciones, las ajenas y las propias, las más arraigadas y las más sueltas o deleznables. Nos viene estupendamente para restarnos dogmatismo y, por ende, para sumar flexibilidad y tolerancia, transigencia, a nuestro bagaje.

—El humor nos ayuda a reírnos de nosotros mismos y de nuestras contradicciones, que arrastramos o acarreamos unos cuantos.

—Y hasta de los que nos vejan o ultrajan.

—Como, verbigracia, tus vecinos del piso de arriba.

—Sí, donde ubico el infierno.

Y por megafonía se nos informó de que el bus con destino a Rosales estaba a punto de salir de la dársena 6. Y nos despedimos. Le di otros dos ósculos, porque esta vez nuestros destinos eran distintos.

   Nota bene

   Reconozco, sin ambages ni requilorios, que en la presente urdidura me he autocensurado. Le he dado una vuelta, o sea, he reflexionado al respecto, y he concluido que hacerlo había sido una estupidez tamaña. Así que dejo constancia aquí de las partes del diálogo que me he tachado:

—¿No tienes ahora churri?

—No, no tengo novia. No sé qué pensarán los demás, pero yo adjudico el término de novia a la fémina a la que le he comido el chichi. Si a una mujer le he chupado, bien lamido, el clítoris, y los dos hemos gozado a tope del hecho, qué asco más rico, sí, suelo llamar novia a la susodicha. ¿Te sirve, Toñi?

—Me sirve, Otramotro.

   Ángel Sáez García

   angelsaez.otramotro@gmail.com

Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza. Casado (con la literatura —en traducción libre, literaria, “si la literatura no lo es todo, no vale la pena perder una hora con ella”, Jean-Paul Sartre dixit—, solo con […]

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