¿Estamos llegando al final del régimen de Miguel Díaz-Canel?

¿Cuba al filo del abismo?: Trump asegura que sin el petróleo de Venezuela, Cuba podría colapsar

La captura de Maduro y la dependencia cubana del petróleo venezolano —con el ojo puesto en México— podrían abrir una etapa de incertidumbre sin precedentes.

¿Cuba al filo del abismo?: Trump asegura que sin el petróleo de Venezuela, Cuba podría colapsar
Miguel Díaz-Canel PD.

El drama cubano ya no es una historia aparte. Se ha convertido en un espejo de la fragilidad global: la economía de la isla, asfixiada por un embargo histórico, la caída de su principal aliado petrolero y una gestión que parece haber confundido la retórica con la realidad de una población que cada día se siente más cerca del borde de la intervención humanitaria y la exclusión financiera.

Trump pronostica que sin el petróleo de Venezuela, Cuba podría colapsar. No es una profecía desvaída; es una lectura de la dependencia estructural que rige la vida cotidiana en la isla.

El régimen cubano, liderado por Miguel Díaz-Canel que ha promovido la disciplina estatal como antídoto ante la crisis, se ve ahora obligado a enfrentar una realidad que advierte que “crisis” ya no es una circunstancia ocasional, sino una constante de gobernanza y subsistencia. El anuncio de un posible Estado de Guerra, adoptado por el Consejo de Defensa Nacional, parece más un mensaje fáctico que una defensa estratégica, y revela la precariedad de un sistema que confía en un flujo de recursos que se ha reducido.

La economía cubana atraviesa su peor desempeño en décadas. La contracción del PIB, la recesión energética y la caída de la producción industrial han dejado al país sin colchones de seguridad básicos: alimentos, medicamentos y servicios esenciales. El golpe no es sólo macroeconómico; es humano y cotidiano. La electricidad que se corta con frecuencia, el desabastecimiento de medicamentos, y la inflación que erosiona el poder de compra de la gente, describe una realidad en la que las promesas oficiales de recuperación suenan vacías frente al desvelo diario de millones de cubanos.

La relación con Venezuela ha sido, durante años, una columna vertebral para el sostén energético de la isla. Pero esa columna ya no aguanta igual: la producción venezolana ha caído de caudal histórico a mínimos que apenas cubren una fracción de la demanda cubana. Si esa cuerda se rompe por completo, la Cuba de 2026 se enfrentará a una oscuridad técnica y social peor que la actual, un escenario que empuja a la población hacia una supervivencia de mínimos cada vez más precarios.

La posibilidad de que México siga sosteniendo crudo sin recibir una compensación visible discurre entre la simplicidad de una narrativa oficial y la complejidad de una economía global que no perdona desequilibrios. Si Cuba —con deudas y dependencias externas— no logra transformar su modelo de desarrollo, la promesa de crecimiento modesto para 2026 parece menos una proyección que un deseo.

En este panorama, la pregunta no es si Cuba caerá, sino cómo evitar que colapse en una caída que desmantela lo poco que queda de tejido social y político.

La represión de la disidencia y la restricción de libertades, ya de por sí críticas, podrían intensificarse ante una economía que parece haber agotado sus propias herramientas para sostenerse. Y si la salida no llega desde dentro, podría llegar desde fuera, en un tablero donde Estados Unidos, México y otras potencias circulan con más detenimiento que soluciones.

El desenlace dependerá de decisiones que hoy parecen pendientes entre la urgencia de la gente y la racionalidad de los Gobiernos. España, la Unión Europea y las esperanzas de una transición pacífica permean un contexto en el que la geopolítica y la supervivencia humana están entrelazadas. Cuanta más claridad haya sobre quién paga qué para sostener qué, más cerca estaremos de una Cuba que negocia su futuro con dignidad o de una Cuba que, sin combustible ni respaldo externo confiable, quede condenada a una existencia a oscuras.

En definitiva, la historia de Cuba no es solo una crónica de un embargo prolongado; es una prueba de cantidad de presión que puede soportar una economía aislada ante un mundo que, a la hora de la verdad, exige resultados tangibles para las vidas cotidianas. ¿Qué clase de Cuba veremos en 2026: una nación que aprende a sobrevivir con menos o una que logra recuperar la estabilidad y los derechos para su gente? La respuesta no está escrita; Depende de decisiones que deben tomarse ya, con transparencia y responsabilidad.

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA

Lo más leído