Ahora que el trasgo se nos ha vuelto más serio y profesional con la incorporación de Julio Echevarría me da no sé qué volver a mis personajes fetiche como Nacho Escolar, alegría de mis páginas desde hace cosa de año y medio -LEA EL TRASGO EN LA GACETA-.
Decir que Nacho es sectario es lo que los ingleses llaman un understatement, es decir, lo contrario de una exageración, un quedarse muy corto. Pero como tengo muy claro que uno de los impagables servicios de la prensa debería ser atarle corto al poder y ahora gobiernan los otros, debo reconocer que disfruto con su acoso zurdo al partido del Gobierno.
Lo último que escribe en su Eldiario.es, “Un partido incompatible con la corrupción”, deriva su titular de una frase de la presidenta de Castilla-La Mancha: “Y esa misma sensación –la de que nos toman por niños pequeños que cantan canciones en la parte de atrás del autobús– traslada María Dolores de Cospedal al anunciar solemne que “el PP es un partido incompatible con la corrupción” y que la prueba está en lo mucho que ha combatido el caso Gürtel “ donde está personado como acusación”.“Ja”. Pues sí, ja.
Aunque algo me dice que mi carcajada es de más amplio espectro que la de Nacho porque si a Escolar le parece risible que el PP se considere “incompatible con la corrupción”, a mí me lo parece que tal disparate pueda decirse de partido alguno, especialmente de un partido que cuando no ha estado en el poder ha liderado la oposición.
Partido político y corrupción, ay, son como agua para el chocolate. El propio Nacho ha sido de antiguo palmero de un partido, el PSOE, que se lo ha llevado calentito con un descaro hasta hoy inigualado (pero, cuidado, en absoluto inigualable).
Una cosa es la izquierda y otra el pensamiento blando de izquierda, lo que dan por supuesto, y esto último, me temo, afecta también a casi toda la derecha publicada. Me refiero, en este caso, a pretender que la corrupción es una anomalía poco menos que incomprensible, cuando en realidad es una consecuencia obvia de algo tan viejo como la avaricia.
No recuerdo quién dijo aquello de “yo estoy en política para forrarme”, pero recomiendo a los lectores que repasen el historial de unos cuantos ex, de dónde vienen y dónde están ahora. No, nada ilegal. Pero feo… La izquierda no quiere ver algo tan evidente, tan eterno; se lo tiene prohibido.
En “Movilizarse contra la política business’’, María Eugenia R. Palop cree que la corrupción que vivimos viene de que la política imita al mercado. Escribe Palop que “hay dos elementos estructurales que han funcionado como un torpedo en la línea de flotación de nuestro sistema: el de la consolidación de la democracia como mercado, que convierte a los electores en simples consumidores, y el de la propia estructura interna de los partidos políticos y su funcionamiento”.
No explica bien cómo hemos llegado a esto, termina la columna sin que sepamos bien en qué debería consistir la movilización que acabe con ello (leyéndoles, se diría que los problemás más complejos e intratables se solucionan mágicamente si se reúne el número suficiente de gente en la calle coreando rimas, no digamos ya si deja de trabajar) y, algo muy típico de la izquierda, muestra un inquietante desprecio por lo que llama “democracia procedimental”: “Evidentemente, cuando hablo de un déficit de legitimidad democrática no me refiero a la democracia estrictamente procedimental, la que garantiza un mínimo de participación política, la regla de las mayorías, el pluralismo político o la protección de la esfera privada.
Este esquema democrático, vacío de contenidos, no sólo no está en decadencia sino que ha sido objeto de usos y abusos cada vez más extendidos. De hecho, ni los dictadores renuncian a utilizar el referéndum, las encuestas, las consultas populares, y hasta las “auditorías externas”, conscientes de que estas iniciativas les dotarán de la legitimidad de la que, sin duda, carecen”.
Es decir, no son las urnas ni otras zarandajas lo que dan legitimidad al poder, sino el placet de los ungidos, el visto bueno de los progresistas del carné. “¿Podemos confiar en una movilización que, como esta, también requiere algunos cambios en nuestra conciencia política? Creo que podemos y debemos, y que si alguien quiere ver algún brote verde en estos tiempos, no lo va a encontrar sino en esta dirección”.
Es decir, puede usted otorgar a cualquiera un poder como no conoció Napoleón o Luis XIV, el manejo de miles de millones, que si la movilización le ha cambiado la conciencia, voilà, no se llevará ni un lápiz de la oficina. Y seguimos así, a mil kilómetros del mundo real, que es donde se cuecen las doctrinas políticas más sabrosas.
Para no salir de la publicación de Escolar, observen el titular de una opinión de Marta Pérez y Ramón Larburu Monfort: “Cuando la sanidad se convierte en mercancía”. ¿Cuántas veces hemos oído variaciones sobre la misma cantinela? Como la salud es crucial, no debe ser una mercancía. Aunque lo sea. Aunque se trate de la gestión de recursos escasos y la compran y vendan médicos, farmacéuticas, aseguradoras, gestores de hospitales, fabricantes de material hospitalario, etcétera. No todos estamos permanentemente enfermos, pero todos tenemos hambre diariamente y, que yo sepa, nadie pide que el pan deje de ser una mercancía…




