Laureano Benítez Grande-Caballero

La carga de l@s polichinel@s

La carga de l@s polichinel@s
Laureano Benítez Grande-Caballero. PD

Muchas de las pretendidas «revoluciones» que se han dado en el devenir de la humanidad se han efectuado a base de estrategias conocidas en el lenguaje paramilitar como «cargas», que son movimientos de masas -más o menos multitudinarias, más o menos militarizadas-, que maniobran para conseguir un objetivo, ya sea el paso de un Rubicón, la toma de una Bastilla, o el asalto de un palacio invernal. Quizás las más famosas sean desde las del Séptimo de Caballería, pero no se puede decir propiamente que fuesen de naturaleza subversiva.

Yo, como español, siento una especial predilección por la carga de los mamelucos, pues dio origen a una de nuestras gestas más heroicas: el 2 de mayo, maravillosa carga de todo un pueblo luchando con gallardía contra el invasor. ¡Qué tiempos aquellos!

Mas, en esta España tan innovadora que es una barbaridad que tenemos hoy, hemos inventado «la carga de las polichinelas», otro alucinante copyright patentado por el universo podemita. Y, como somos muy modernos y muy LGTBI, pues también hemos inventado los «polichinelos»… Así que ahí tenemos el resultado final: l@s polichinel@s.
Según la tradición popular, el nombre de «polichinela» deriva del italiano «pullicinello» -«pollito»-, y se aplica a uno de los personajes de la «Comedia del Arte» napolitana, perteneciente al elenco de los «zanni», es decir, de lo criados o siervos. Pero probablemente el término también puede expresar el hecho que los polichinelas se mueven por el escenario con la patosidad de los pollos, hasta el punto de que, más que declamar, parece que están cacareando.

¿A qué les recuerda todo esto?

Pues a mí esto me recordó sobremanera el espectáculo que montó el Turrión y algun@s de su «gang» el otro día en el Kongreso, pues automáticamente se me vino a la mente uno de esos «pollitos» napolitanos, tal fue la sobreactuación de est@s polichinel@s que, con tal de acaparar portadas y salir en la foto, montan histriónicos «shows» en todas partes donde haya un foco y una cámara, una tribuna de prensa o una tertulia.

Como no se comen un rosco debido a su posición marginal en el actual momento político español; y como, por otra parte, son incapaces de presentar propuestas concretas y alternativas para la gobernabilidad de España -ya que su único programa es copar titulares a cualquier precio-, se dedican a «montar pollos», a alzar barrikadas, a organizar follones, a protagonizar montoneras y «barras bravas», sabedores de que los escándalos venden, de que la rutina de las comisiones en el Congreso no les van a dar los titulares que tan desesperadamente necesitan para incendiar las redes sociales y seguir en el candelero.

La sobreactuación del Turrión y la Montero -Bonnie and Clyde redivivos- buscando ser noticia fue de película. El papel del Turrión -alias «Pulcinella escarlata»- fue para oscarizarlo: rostro avinagrado y cejijunto, enseñando dientes, gesticulando grotescamente, amenazando… y, ¿qué decir de la Montero, como «Pulcinella del Toboso»?
Realmente, tampoco tienen que esforzarse mucho en sus actuaciones est@s polichinel@s antisistema, pues para mostrar su agresividad y su brusquedad matonil sólo tienen que dejar expresarse libremente sus malos modales, su deficiente educación, su falta de compostura, su macarra chulería, su grotesca prepotencia.

Lo peor es que escenitas como la del otro día serán el pan de cada día en esta legislatura, hasta el punto de que convertirán en el Congreso en una ópera bufa, en una permanente astrakanada, en un circo donde sus payasadas arrasarán en redes, portadas, y titulares de telenoticias. Con tanto «pollito», el templo de la democracia acabará convirtiéndose en «O.K. Corral».

Son los representantes de la generación más maleducada de nuestra historia, cuyos ejemplares -bien conocidos por cualquier educador- pastan en España como búfalos cafres por sabanas y estepas, incapaces de aceptar un mínimo de autoridad, ineptos e ignorantes, pero patética y narcisistamente engreídos, creyéndose con patente de corso para burlarse de las más elementales normas de comportamiento civilizado, que por algo son los reyes de la casa.

Además, la mala educación es también una perversa expresión de la envidia que les corroe, ya que la agresividad que se traduce en sus malos modos es un fiel reflejo de la rabia y el rencor que les producen «los de arriba», es decir, los que han triunfado a base de trabajo y sacrificio.
Decía Quevedo que «la envidia va tan flaca y amarilla porque muerde y no come». Pues va a ser que no: la envidia es roja de toda la vida, y ésa es la pólvora con la que se enciende la mecha de la mayoría de las cargas «revolucionarias» que en el mundo han sido.

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