El problema de Adif, de Renfe, es que las «traviesas mejor mantenidas» no están en las vías de ferrocarril…

Pero Grullo de Absurdistán, el que a la mano cerrada llamaba puño…

El problema de Adif, de Renfe, es que las «traviesas mejor mantenidas» no están en las vías de ferrocarril…

No son de roble ni de acero severo,
ni crujen bajo sudor ni bajo hierro;
crujen, sí, en moqueta, alfombra y despacho,
y llaman “gestión” al ardor de su propio desvelo,
que ardor no es sino cifra,
que cifra no es sino poder,
que poder no es sino escándalo legalizado
con licencia de BOE y sonrisa de alcahuete.

Son traviesas de carne y decreto,
amancebadas de piso, de enchufe y de fábula;
éticas flexibles, carné que absuelve el vicio,
multa al alambre, y besa la indulgencia
mientras el hierro descansa, solitario,
y el tren que debería pasar
se agita solo en la imaginación de los prudentes.

No pisan balasto: pisan canapé;
no saben de peralte ni de vía;
saben de parador, bufé, copa y orgía tibia,
de licitación templada y noche tardía,
de escándalo que nunca cruza el mostrador
porque el mostrador es altar
y el altar, retablo de privilegio.

Y él, que llegó a serlo con dineros
procedentes de negocios turbios,
de burdeles, muladares y cachondeo,
pregunta cada mañana frente al espejo,
como madrastra de Blanca Nieves:
“Quién es el más guapo del reino”.

Se rodea de chulos, proxenetas, alcahuetes, bufones y todólogos,
fauna de Monipodio que habita el lado oscuro
de la ciudad y de la política,
y en su corte, entre humo de puro y whisky,
coloca a las traviesas mantenidas
porque, según él, ellas lo merecen:
bien cuidadas, bien nombradas, bien blindadas,
ajenas al polvo del hierro y al sudor de la vía,
ajenas al azar, que conspira en silencio
como testigo indignado de la infamia.

Moncloa, con la luz turbia, con la oscuridad de aquellas saunas de su suegro,
tal como un vulgar puticlub,
se ha convertido en corte de milagros,
patio de Monipodio, salón de bufones,
donde alcahuetes y todólogos
proclaman con voz temblorosa y asentimiento:
“Eso ya se sabía, era vox pópuli,
era un clamor en la corte”,
y el clamor no es sino eco de la impunidad
que alimenta con su propia sombra
la risa hueca de la corte.

Y si el tren se sale, si muerde el vagón,
si la vía cede y el acero mata,
culpa del clima, del sol cabrón,
del CO₂ que afloja la contrata,
del azar, que siempre conspira
contra la eficiencia y la honradez
como un bandido estacionario disfrazado de fenómeno atmosférico.

Calentamiento global —juran—
sin precisar si el calor viene
del cielo o de sobremesa oscura
con traviesas empoderadas y licor;
y mientras juran, los muertos ya pesan,
las cunetas ya gritan y las vías se aflojan,
pero la impunidad sigue intacta,
porque aquí, en esta corte, lo justo se dobla
y lo injusto se engrasa con retórica.

Ademuz un domingo. Barcelona ayer.
Siempre azar, nunca autor ni razón.
El azar es machista, patriarcal, capitalista,
y de un cinismo tal que habría que celebrarlo
con brindis, aplauso y retórica hueca
mientras el mármol recibe homenajes
y los laureles se reparten en cóctel barato,
entre risas de vidrio y confidencias de alcoba.

¿Mérito? ¿Ingeniería? Qué grosería.
Aquí se asciende por cercanía fina:
por guiño, por cama, por cortesía,
por saber la puerta que mejor se inclina,
por cerrar los ojos cuando el acero cede,
por mirar al espejo y preguntar quién es el más guapo
y aplaudir con diplomacia al que se inclina primero.

Enchufas a putas —sí, putas— a mandar,
a comprar, a licitar, a decidir,
y luego preguntas por qué al fallar
la física se niega a aplaudir,
por qué la gravedad no entiende de proxenetismo
ni la lógica de contratos adjudicados
en la oscuridad de los Paradores.

Las traviesas reales, mudas y fieles,
sostienen toneladas sin relato;
se pudren despacio mientras los laureles
se reparten en copa, mantel y confidencia,
y cuando quiebran, cuando el duelo llama,
he aquí el remedio: homenajes de Estado,
bandera en la rama, discurso grave, lágrima atroz,
y a cambio, silencio. Que pase el telediario.
Que cambie el plano, que se olvide la vía.

Como los incendios del estío ardiente,
como la riada que anegó Valencia,
todo a archivo, todo prudente,
que el olvido es ciencia,
y la impunidad, arte de gobierno;
que la risa de Monipodio siga viva,
y que los espejos reflejen
sólo el ego del más guapo del reino.

Y a lo importante: que siga la fiesta,
orgía discreta, mantel y candil;
mejor en Paradores, por apuesta,
que siempre hay traviesas dispuestas, servil;
y que Moncloa, corte de milagros y Monipodio,
ría y aplauda mientras el país descarrila:
con duelo de mármol y vicio en esmero,
con hierro olvidado y verbo sincero,
quevedesco, mordaz,
y un cinismo de acero…

pero nunca en la vía,
siempre en el dinero,
siempre en el poder,
siempre en la boca del espejo,
y siempre bajo la risa de Monipodio
y la luz turbia de aquellas saunas de su suegro.

CONTRIBUYE CON PERIODISTA DIGITAL

QUEREMOS SEGUIR SIENDO UN MEDIO DE COMUNICACIÓN LIBRE

Buscamos personas comprometidas que nos apoyen

COLABORA

Lo más leído